Tantra y Yoga

Poemas de Amor del Sexto Dalai Lama

Recuerdo haber leído hace tiempo la anécdota de un Dalai Lama al que su ministro reprochó, mientras ambos paseaban por una terraza de palacio, su afición por las mujeres, tan contradictoria con los votos exigibles al cabeza de la religión y gobierno tibetanos. El Dalai orinó entonces desde la alta terraza palaciega y, en cuanto acabó de hacerlo, ante el pasmo de su ministro, reabsorbió todo el líquido por el mismo canal que lo expulsara. Parece que le dijo luego a su funcionario, que aún no habría cerrado su ortodoxa bocaza, que no le volviese con reproches hasta que no fuese capaz él mismo de tan procaz hazaña.

Potala

Al tener entre mis manos de nuevo las versiones catalana y castellana de Los Poemas de Amor del Sexto Dalai Lama del Tíbet, publicadas respectivamente por Edicions 62 y Península hace ya veinticinco años, no puedo dejar de pensar en esta historia que ilustra de un modo entre humorístico y engañosamente banal la tensión entre un budismo ortodoxo de vocación acosmista y un budismo tántrico, iniciático, que abraza y legitima el mundo fenoménico. Al reabsorber la orina, el Dalai le está mostrando a su ministro lo que, durante el acto amoroso, es capaz de hacer con su fluido seminal. Fluido que, de acuerdo con la doctrina tántrica, es la decantación física y final de la consciencia germinativa —o del germen consciente— del universo; fluido que, movilizado por medio del acto amoroso y reciclado internamente sin llegar a verterlo, podría utilizarse de acuerdo con la seductiva psicofisiología tántrica como energía de recreación espiritual y como materia prima de un cuerpo inmortal, el vajrakaya o cuerpo de diamante. Éste es el vehículo invulnerable de un espíritu unido para siempre a lo Permanente: ante él, el mundo fenoménico en todas sus dimensiones se extiende, no ya como una tierra baldía en la que acechan sólo peligros y dolores, sino como Elíseos Inmortales llamándolo a una conquista gozosa e inexhaustible. El adepto tántrico posee el yoga (la unión con el Absoluto) y el bhoga (el goce de la Creación) y ha resuelto, mediante esta síntesis audaz, los graves problemas para la vida que plantean el nihilismo acosmista o el monismo ilusionista profesados por el budismo e hinduismo en algunas de sus manifestaciones.

Ed62
EdPen

El Dalai Lama de la anécdota podría ser o no Tshang Yang Guiamtso, el sexto de los teócratas tibetanos, pero su acto provocativo nos invita a una lectura cuando menos suspicaz del poemario de este último, una lectura no fácilmente satisfecha con el sentido de superficie, de manera que no caigamos, como el bocazas del ministro, en simplezas morales... o lo que sería casi peor: simplezas poéticas. Si tal lectura da unidad al poemario, estimula su disfrute y enriquece su sentido, resultará legítima aunque el libro no nos proporcione las claves histórico-culturales necesarias para poder atribuir nuestra interpretación a la intencionalidad del autor de las piezas poéticas. Así que sigamos el rastro dejado por el heterodoxo Dalai cuando escribe:

Al vespre vaig trobar-me amb l’estimada,
a l’alba va nevar.
Marcadas a la neu, les mevas passes
revelan el secret.

Busqué a mi amada al atardecer,
pero al alba se puso a nevar.
No he podido esconder el secreto:
mis pisadas están en la nieve.

Sigamos ese rastro dejado por el adepto en campos de pureza porque señala un camino, que al mismo tiempo se oculta y se revela (del vulgar; al aspirante), hacia secretos de amor protegidos por las penumbras del atardecer... o hacia los misterios de la inmortalidad disimulados por un decir falazmente trivial.

Nieve

Desde una lógica de la secuencia de las ideas, quizás el primer poema que deba contemplarse es el que aparece con el nº 24 de la colección, porque es éste el que expone descarnadamente la dicotomía a la que se enfrenta —y que trata de resolver— el tántrico:

Si m’acordo al cor de la bella noia
perdo la doctrina en aquesta vida.
Si em retiro en canvi dalt, en una ermita,
ella se m’allunya: vaig contra el seu cor.

Si sigo el corazón de mi hermosa amada
abandono la doctrina en esta vida.
Si me encamino a la ermita del retiro
me muevo contra el corazón de mi amada.

Esta pieza debe considerarse el punto de partida del poemario porque, si es cierto que a éste lo recorre el hilo de una lógica doctrinal, tales versos constituyen la enunciación del problema metafísico y experiencial que llama a la síntesis tántrica. La amada es por eso aquí muchas cosas: es la mujer individual, pero es la Madre cósmica, la energía creadora y creativa universal; en cuanto tal, es la energía creativa primordial individualizada en el adepto, la muy citada kundalini; es su energía seminal que, a la vez, es una particularización del germen cósmico y una especial decantación de la consciencia absoluta; la amada es pues, al mismo tiempo, el elixir de inmortalidad y el grial que lo contiene; la belleza del mundo fenoménico, el amor que lo hace real y permanente, y el principio existencial que lo legitima y justifica... Y la amada es todas esas cosas no al modo del símbolo, esto es, como una figura a la que corresponde un conjunto de significados conceptuales heteróclitos, sino como encarnación personal y verdadera de todas esas realidades: cosas que, si bien pueden parecer inconexas, están íntimamente vinculadas como por la lógica de una proyección holográfica.

Tantric Beloved

Si el poema 24 enuncia el problema y denuncia la dicotomía, el 25 lo resuelve con una elegante y económica exposición de la síntesis:

La ment dels joves nens de Kongbo
és com l’abella dins la trampa.
Tot i dormint tres nits amb ella
recordo sempre la doctrina.

La mente de los muchachos de Kongbo
es como abeja encerrada en la trampa.
Aun durmiendo tres noches con mi amada
recordaré la sagrada doctrina.

Porque, sea lo que sea lo que representen los muchachos de Kongbo (y las notas nos proporcionan en este caso como en tantos otros una banal información geográfica pero no poética), lo importante aquí es que la mente del amante no zumba inquieta como el molesto insecto en su trampa sino que, a pesar de las tres noches de amor, o quizás gracias a ellas, se mantiene fija en su centro, inmutable. Esa inmutabilidad que constituye el objetivo de la doctrina —y que el ortodoxo persigue sustrayéndose a los sentidos inconstantes— el tántrico la reencuentra precisamente en un objeto de sus sentidos que, por su propia naturaleza y por su proyección trascendente, tiene el poder de incitarlo a una espontánea, completa y duradera concentración, un estado de meditación natural y permanente que no requiere el esfuerzo de los característicos ejercicios contemplativos... como cuando el poeta establece con versos contundentes:

El rostre del meu lama, en qui medito:
la seva visió no em ve a la ment.
No havent-hi meditat, el rostre d’ella
ve i torna a la ment, omnipresent.

En mi mente no surgía la visión
del rostro del lama, en quien meditaba.
Sin meditar en el rostro de mi amada
ella ocupa mi mente una y otra vez.

 

Amada

Desde una mayor audacia interpretativa, quizás debamos entender también como bella expresión de esa síntesis que representa la amada el entrevelado poema 36, cuando con engañosa ironía el vate sagrado escribe:

L’estimada d’infantesa
és o no filla dels llops?
Carn i pell nostres mesclats,
es deleix per les muntanyes.

¿No será mi amada de infancia
de la misma especie de los lobos?
Pese a que mezclamos carne y piel
suspira siempre por las montañas.

Porque ser de la especie de los lobos bien podría significar aquí profesar una doctrina secreta ignorada o rechazada por la mayoría, mientras que la montaña es un símbolo consagrado de realización espiritual; de manera que, cuando los amantes unen sus cuerpos en el acto amoroso (mezclan carne y piel), ella puja hacia las alturas para transportar al adepto a las cimas del bhoga (el rapto) que es yoga (unión mística) sin dejar de ser éxtasis sensual.

En esto consiste la grandeza de la amada. Sólo ella puede proporcionar ese arrobamiento que no es autoanulación sino visión y experiencia climáticas del mundo fenoménico. Ella es el licor inebriante, la copa en que se ofrece y la embriaguez trascendente. Comparada con ella, la doctrina ortodoxa, vocacionalmente reduccionista y exclusivista, retraída hacia nirvánicas alturas de autoaniquilación por su confesado pánico a un mundo impermanente y doloroso, no es más que un vino licuado:

Bevent el primer txhang no em vaig embriagar.
Bevent el segon txhang no em vaig embriagar.
Però quan va oferir-me’n l’estimada d’infans
només amb una copa vaig caure embriagat.

Bebiendo el primer chang yo no me embriagué.
Con el segundo chang yo no me embriagué.
Cuando me lo ofreció mi amada de infancia
sólo con una copa caí embriagado.

Panchamakara

Ella hace reales las cosas (Esa muchacha, mi mayor amor,/ vuelve, tan real, incluso a mis sueños –poema 33); ella es la belleza del mundo natural y el pensamiento natural al que devuelve la belleza de toda manifestación fenoménica (De la cima de la montaña del este/ surge la luna blanca y resplandeciente./ El semblante de la madre no nacida/ una y otra vez aparece en mi mente –poema 1). Ella es la madre no nacida y sus misterios trascienden los cielos:

Malgrat haver mesclat els nostres cossos
no entenc de l’estimada els pensaments.
Després de dibuixar ratlles a terra
jo vaig endevinar els estels del cel.

Aunque mezclamos nuestros cuerpos carnales
no entiendo los pensamientos de mi amada.
Después de trazar dibujos en el suelo
puedo adivinar las estrellas del cielo.

Porque, si es cierto que entendidos de una manera vulgar estos versos sugieren la inconstancia y volubilidad de la mujer, leídos simbólicamente sitúan a la amada por encima del mecanicismo celeste: Ella es la inefable, la ininteligible, la fuente de incesante e inexhaustible creatividad de la existencia fenoménica. Es impenetrable e inconquistable: aun cuando parece haber sido poseída, sigue más allá de toda posibilidad de posesión. Comparados con sus misterios, los cielos son todavía demasiado predecibles: no hay astrología que prediga a la Mujer Primordial, la Madre del universo, en sus fértiles, inspiradas y siempre cambiantes manifestaciones. Desde el punto de vista tántrico ni siquiera hay gran diferencia entre los sentidos externo e interno de estos versos, porque la mujer ignorante y voluble, inaccesible en la inconstancia e incongruencia de su carácter, sigue siendo Ella, la amada trascendente, expresándose en los términos de unas circunstancias y una personalidad que le permitan regenerar a su manera el ser emocional del iniciado en su camino de transformación espiritual...

Aunque otros poemas parecen más cerca de los juegos de un amor cortesano y algunos resultan declaradamente oscuros, son muchas las piezas de esta colección que podrían seguir interpretándose, si tuviéramos espacio para hacerlo, de acuerdo con este doble sentido inherente al lenguaje e ideología tántricos. En cualquier caso, no es esta lectura la que sostiene el poemario. Es su belleza literaria desnuda la que lo sostiene ya contenga o no, se perciba o deje de percibirse, el significado doctrinal que aquí nos hemos atrevido a conferirle. Tal significado, no obstante, enriquece la lectura porque trasciende el marco del budismo y remite a una dicotomía que afecta también al pensamiento occidental en lo que éste ha tenido de oscilación, desde su mismo nacimiento en Grecia, entre atribuir el ser a lo Inmutable parmenideano o al devenir heracliteano.

Esa belleza literaria por su parte, independientemente del valor de los inaccesibles poemas originales, debe agradecérsele sobre todo al adaptador de la versión catalana, Jaume Subirana, que ha logrado piezas de compacta felicidad y evocadoras al tiempo que económicas y austeras, cualidades mucho menos presentes en la versión castellana. En cuanto al traductor, prologuista y anotador, el señor Alay, se percibe en él la ausencia de metodología filológica, carencia que deja a los poemas prácticamente desnudos del aparato crítico necesario para contextualizarlos proveyéndolos, por el contrario, de notas que o bien son del todo inútiles o aportan sólo una información superficial. Debe agradecérsele, eso sí, y mucho, la iniciativa de la doble edición.
 

 

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