Crónicas del Ecce Homo

Gastroética

Hace un tiempo, una ex-amiga me sorprendió ofreciéndome una cena preparada por ella cuando llegué a su casa a buscarla para un viaje que iniciábamos juntos aquella noche. La cena, me dijo, era su manera de corresponder a dicho viaje, que consistía en una semana en Mallorca, yendo a la isla y volviendo de ella en barco, a todo lo cual mi amiga estaba invitada. La cena era inoportuna por muchas razones: primero, porque yo no tengo —y ella lo sabía— costumbre de cenar; segundo, porque íbamos muy justos de tiempo para coger el barco; y, finalmente, porque si yo hubiese esperado remotamente una contrapartida a mi invitación, digamos que una cena improvisada en su casa a deshoras no compensaba ni de lejos una semana en Mallorca con todos los gastos pagados. Pero lo que hace notable este episodio en mi memoria no es su triple inoportunidad, sino el hecho de que, sin venir a cuento, mi amiga me soltó de golpe un sermón en favor de la dieta vegana. Lo hizo con agresiva pasión, proclamando en voz más alta de lo necesario que la dieta vegana es, ni más ni menos, que una posición política comprometida. Habló como si me estuviese reprochando algo... Y así era, en realidad, al igual que esas ocasiones en las que, en lugar de decirle a nuestro interlocutor lo que nos molesta de él, buscamos un tema controvertido, adoptamos una posición que sabemos opuesta a su manera de ver las cosas y descargamos tangencialmente en nuestro discurso toda la irritación que llevamos dentro contra aquél por la peregrina razón que sea. Dejando aparte que ella nunca ha sido vegetariana, lo más surrealista del asunto es que el plato que había preparado para ella y para mí aquella noche era pollo al curry... No me gusta discutir con idiotas para ver quién grita más o quién suelta el improperio más acéfalo. Estas bullshiterías no son para mí más que materia literaria, tal como las estoy usando ahora. La dejé perorar todo lo que quiso, pensando que esta nueva paranoia le duraría el tiempo que persistiese en su memoria el efecto del último vídeo de YouTube que hubiese deglutido sobre este tema. Y así fue en realidad. (Se comprende ahora, imagino, por qué la amiga trascendió a la condición de ex.)

Deva

Personalmente no tengo nada contra los vegetarianos, veganos, pescatarianos, frugívoros o cualquier otro tipo de estrafaloide churrigueresco. Por ser carnívoro y comer de todo no me siento en absoluto mejor ni peor persona que el que se alimenta de rábanos, hamburguesas de tofu, pan sin gluten, leche sin lactosa, café con sacarina, vino sin alcohol o cualquier otro facsímil trófico. (Y, por cierto, carnívoro, estrictamente hablando, no lo soy: soy carroñero. El carnívoro come la carne cazada por él y bien fresca y cruda tras abatir la presa; el carroñero come la carne matada por otro y cocinada al fuego o al sol.) Lo que sí me fastidia de verdad es el fariseísmo de algunos: esa necesidad que tiene la gente de encaramarse a una plataforma moral, sea del tipo que sea —religiosa, política, médica, gastrointestinal...—, para contemplar al resto de los mortales desde lo alto, decirles lo miserables que son porque no hacen lo mismo que ellos y sentirse tan gloriosamente en el lado correcto (el único correcto) de las cosas, de la historia, de la humanidad... Y es que hay tanto sujeto mental, emocional y físicamente incapaz del laissez-faire.

Preacher

Tabúes alimenticios los ha habido desde que el hombre se sentaba a la entrada de su cueva para asarse el jamoncillo que le había arrancado al tapir del prado vecino a dentelladas, a falta de instrumentos menos íntimos. En la religión judía, que es hija bastarda de la egipcia, se hace el intento de elevar los viejos tabúes a la categoría moral, es decir, se resignifica la abstención de ciertos alimentos de manera que ésta, de profiláctico contra desgracias personales y catástrofes tribales, pase a ser cumplimiento de la voluntad divina. El cristianismo, hijo bastardo del judaísmo, es mucho menos quisquilloso que este último en cuestiones gastroéticas... ¡gracias a Dios! Sí, estaba todo aquello de no comer carne los viernes de cuaresma, pero al fin y al cabo Cristo (dicen que) dijo aquello de que no es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella (Mateo 15:11). Y con lo que “sale de ella” se refería, claro, a la maledicencia, no a lo que sacas después de comerte un estofado de lagartijas, caracoles y calçots bañado en abundante orujo gallego. Sea como sea, está claro que Jesús no había tenido que tomarse nunca un omeprazol para el dolor de barriga ni un tanagel para la diarrea.

Tabúes 2

El cristianismo ha hecho aguas (y no precisamente bautismales) en tiempos recientes por aquello de la “muerte de Dios” que profetizó el sifilítico Nietzsche, con lo que, por cierto, atinó más que un millar de meteorólogos, nostradamus, tarotistas y astrólogos tratando de poner fecha a la caída de pedro sánchez (minúsculas a escala del sujeto, el infraser de la Moncloa, no el personaje de Pereda). Y el resultado de esas “aguas” es que el fariseo de hoy en día —salvo en pequeñas ínsulas de trogloditismo superviviente— se ha quedado sin la vieja plataforma moral desde la que reprochar sus pecados y carencias al prójimo. Pero no pasa nada: donde falta una, se erigen ciento... y una de estas ciento es la plataforma gastrointestinal o gastroética.

Hace unos días, un conocido mío de estos que ven cosas que nadie puede ver me dijo que a un vegetariano se le reconoce enseguida porque su cuerpo energético no presenta fisuras, mientras que el de los carnívoros sí. Con cara de fascinado interés, le pregunté por qué creía que ocurría esto. Me respondió: “¡Sencillo! La Ley Cósmica más importante es ‘no matarás’. El vegetariano la cumple, el carnívoro no.” 

Cuerpo Energético

Es curioso: este mismo argumento, aunque formulado de muy distintos modos, lo oigo a menudo en boca de herbívoros. Vestido de racionalidad, apela al derecho a existir de todo ser viviente... cosa que contradice la propia Naturaleza. Acorazado de pasión reivindicativa, implica que los que comen carne animal son unos asesinos... ditto. Envuelto en un halo de misticismo, sugiere que la angustia del animal en sus últimos instantes de vida genera unas vibraciones hipertóxicas que persisten de algún modo en el jugoso filete... Esta última versión, por cierto, siempre me hace pensar en aquel personaje de Matrix, Cypher, llevándose un pedazo de substancioso solomillo a la boca y diciendo “Ignorance is bliss!”

Cypher

Sea como sea, yo me pregunto si los que defienden este argumento se han parado a reflexionar esta cuestión en términos biológicos. La vida tiene dos dominios, procariotas y eucariotas, y de éstos salen (en la más generalizada de las estimaciones) seis reinos: bacterias y arqueobacterias de los primeros y protistas, hongos, vegetales y animales de los segundos. ¿En qué concepción del mundo cabe que comerse un vegetal o un hongo no es matarlo? Incluso si uno se alimenta sólo de frutos y semillas está matando plantas por nacer, en lo que supone una especie de aborto inducido. ¿Cómo se justifica moralmente este favoritismo por el reino animal que deja fuera a las plantas y a los hongos, incluso a los peces en el caso de los pescatarianos? Y no hablemos ya de bacterias, arqueobacterias y protistas, a las que matamos por el sólo hecho de existir... cuando no nos matan ellas. Incluso los jainas las matan, a pesar de sus mascarillas preventivas contra el vil asesinato de gérmenes atmosféricos.

Al final, para mí toda esta polémica se resuelve en aquel delicioso diálogo entre Louis y Lestat en Interview with the Vampire cuando el primero, con grandes reparos y remordimientos por ser lo que es, le chupa la sangre a un caniche en vez de a un humano y el segundo, aceptando absolutamente su condición, drena con placer a una muchacha. “Échale la culpa al que nos ha hecho así”, viene a decirle Lestat a Louis. Y la cuestión es ni más ni menos que ésta: Dios o el Destino o la Naturaleza o la pura biología nos ha hecho de manera que vivimos por lo que muere para nutrirnos. Por esta misma razón, las culturas tradicionales hicieron del acto de alimentarse un sacramento, es decir, un modo de recordarse a sí mismos que lo que tenían para su ingesta encima de la mesa —cordero, pan ácimo, uvas, carne de elefante...— constituía un sacrificio de la Vida para la prolongación de los días terrenales del hombre y que esto conllevaba una responsabilidad respecto de la cantidad ingerida, la materia externa incorporada al propio cuerpo y el empleo del tiempo que ésta, generosamente, nos regala. 

Vampire

De este sacramento persiste un eco en el rito vampírico y caníbal de la misa cristiana. Y digo vampírico y caníbal con todo el respeto y homenaje y excelencia que merece la promesa (imaginaria o no) de ingerir la carne y la sangre del hombre-dios.  Y hay que admirar la valentía de Jesús con aquello de “Ésta es mi sangre” cuando se recuerda que el tabú alimenticio más severo en el judaísmo —después de la dichosa manzana edénica, que ni siquiera era manzana hebraicamente hablando— está en la hematofagia: la sangre es la esencia de la vida y pertenece sólo a Dios (Génesis 9:4 ss; Levítico 17:10 ss. & Deuteronomio 12:23 ss.). 

En última instancia, todo es el cuerpo de Dios y lo fundamental en cuestiones de gastroética no son las estupideces arrojadas desde la plataforma farisaica fingiendo ser un gandhi dietológico, sino la consciencia y la responsabilidad de seguir viviendo por lo que, en nuestra condición de criaturas metabólicas, no dejamos de matar.

Da Vinci