Wilhelm Reich, Preludio del Neotantra
La obra de Wilhelm Reich (1897-1957) del año 1936, Die Sexualität im Kulturkampf —La Sexualidad en la Lucha Cultural: traducida al inglés como The Sexual Revolution y al español en consonancia con este último título—es una obra lúcida y valiente que merece ser tenida en cuenta por cualquier persona interesada en el Tantra. Es especialmente valiosa, sobre todo, en lo que respecta a los ataques contra el matrimonio coercitivo, la moral monogámica tradicional, la familia autoritaria, el Estado totalitario y la contrarrevolución sexual en Rusia. Es, además, una obra visionaria, en la medida en que ya en los años 30 vislumbra reformas sociales necesarias que sólo a finales del siglo xx empezaron a consolidarse.
Hay, sin embargo, una serie de puntos insatisfactorios:
En primer lugar, da la impresión, a lo largo de todo el libro, de que el hombre sea una criatura monodimensional. De acuerdo con Reich, toda su salud psíquica depende, sólo, del buen y frecuente ejercicio de su potencia orgástica; si esto funciona, todo funciona: la energía, el estímulo en el trabajo, la alegría de vivir y su consecuencia natural: el deseo de tener hijos... Si esto fuera así, el hombre sería en verdad bien poca cosa y el paraíso estaría muy cerca. Pero no lo es y está claro que seres con todas las posibilidades de satisfacción sexual plenaria siguen siendo víctimas del sufrimiento psíquico. Sin embargo, en la teoría de Reich, el que sigue presa del sufrimiento es porque no ejercita correctamente su potencia orgástica; así que de la presencia del supuesto efecto se deduce necesariamente la hipotética causa, estableciéndose de este modo un carcelario círculo vicioso. Más esencial al hombre que su deseo de satisfacción sexual es su impulso al infinito, del que surge todo su sentir místico y religioso... pero esto en Reich sería una especie de sobrecompensación en individuos cuya falta de salud psíquica impide desarrollar un correcto sentido de la realidad. Entre estas dos premisas, nos queda el hombre convertido en un ser trivial.
Segundo, en sus ataques contra la religión, Reich incluye, con total falta de discernimiento y notoria falta de conocimiento, a todo el misticismo sin percartarse de lo que éste tiene de empirismo trascendental o de ciencia traspersonal. Quizás ese énfasis excesivo en destruir toda pulsión trascendente fuese necesario en un momento en que había que cargar poderosamente las tintas contra la ancilar sujeción a las instituciones religiosas... pero a la larga es falaz y reduccionista. En su crítica indiscriminada, a Reich le puede más su ideología comunista que su condición de científico. Y, por cierto, menuda ironía llamarse Reich siendo comunista, especialmente en tiempos del Tercer Ídem.
Además, al atacar la moral monogámica y presentar las ventajas y desventajas de una pareja duradera, se advierten contradicciones: por una parte, coherentemente con el principio de un frecuente y satisfactorio ejercicio de la potencia orgástica, se admite que en las épocas de decrecimiento del mutuo estímulo sensual en la pareja estable los copartícipes se ven invitados a buscar satisfacción en terceras personas; esos nuevos compañeros podrían llegar a resultar más estimulantes sexualmente que los anteriores y se establece entonces una fase de competencia solucionable por la disolución benthaminítica (supuestamente sin dolor) de la unión menos satisfactoria y prosiguiendo con la más estimulante. Pero, si no ha de regir el principio monogámico, ¿por qué ha de haber una sola relación?, ¿por qué no seguir con las dos?, ¿cuánto tiempo transcurrirá antes de que aparezca otra persona más estimulante, sexualmente hablando?, ¿es mejor, más productiva, más ética, menos dolorosa esta poligamia sucesiva que una simultánea? Por otra parte, se sugiere que entre las ventajas de una pareja duradera están las de ahorrar energía y tiempo para buscar alternativas: ¿no se parece esto demasiado a la idea de la sublimación freudiana tan criticada por Reich?
Es reduccionista, además, que no se haga ninguna alusión a que las personas puedan, independientemente de lo sexual, gozar de una insustituible relación afectiva, intelectual o espiritual, que merezca ser salvada incluso a expensas de lo sexual. De ¿qué modo se resolvería entonces el conflicto afectivo, si se dice que los celos son naturales? Pero... ¿son naturales realmente? El concepto de “natural” satura toda la obra, aunque no se percibe ahí otro significado más allá de aquello que al hombre del tiempo y la cultura de Reich le parece espontáneo, no condicionado. No se plantea en ningún momento la idea de ir más allá de ese gesto espontáneo, esa reacción refleja, para llegar a un comportamiento consciente, fundado en una dimensión superior a la presuntamente “natural”.
Por último, con su idea de que la vida sexual es una cuestión de Estado, Reich apunta a un sistema excesivamente totalitario, con poco respeto por el individuo, aunque la excusa original, como en todos estos casos de Estados omnímodos, sea hacerlo libre.
Como el Moisés al que sólo se le permitió observar la Tierra Prometida desde lejos, Reich se quedó a las puertas de la década de los 60 y no llegó a ver la revolución sexual para la que él fue una no modesta inspiración, a pesar de la vergonzosa e inquisitorial incineración de sus libros en el año 56 por la Administración Americana. Sin embargo, su concepto de potencia orgástica unida a los ejercicios pélvicos y respiratorios recomendados para cultivarla; su estudio de la energía orgónica, desacreditado por la ortodoxia médica y psicológica de su tiempo pero, por otra parte, tan digno de ser tenido en cuenta y de que se profundice en él si se piensa en las similitudes entre esa energía y la pránica, empíricamente utilizada en el yoga; su énfasis en la cuestión sexual en un tiempo tan hipócritamente puritano como el que le tocó vivir... todo ello, expurgado de los elementos más conservadores de sus teorías y, sobre todo, de la mórbida irracionalidad del personaje durante su última década de vida, hacen de la psicosexualidad reichiana un interesante preludio para el neotantra.





