Tao a la Española: Down Memory Lane
Hay un momento hacia el final de Raiders of the Lost Ark en que Indiana Jones, bazuca al hombro, amenaza a su némesis Belloq con volar el Arca de Yahveh, si el grupo de nazis que lo escolta no suelta inmediatamente a Marion, la inexcusable amante del héroe y galán de la historia. Belloq, que sabe a la perfección que para un arqueólogo como Jones o como él mismo la única chica irremplazable no es la que uno se lleva a la cama una noche de épicos licores o de líricos amores bajo la luna llena, sino la momia de cinco mil años, prona bajo tórridas arenas, que uno transfiere al museo y pone bajo la lupa y el microscopio, le muestra un reloj ordinario y le hace una reflexión que no por simple deja de tener su trascendencia: “Esta pieza” —viene a decirle— “no vale nada, pero si la entierras durante diez mil años, el valor que adquiere es incalculable. ¿Quieres disparale al Arca? Tú mismo...”
Algo similar ocurre con los recuerdos, aunque bastan quizá un par de décadas o poco más sepultados en los subterráneos de la memoria para que surjan de ahí extraña y extraordinariamente revalorizados.
Ahora que retorno al Tao en el curso de una investigación para un ensayo sobre —por así llamarlo— los Yogas de Oriente y Occidente, me viene con fuerza el recuerdo de la primera vez que oí a alguien hablar de este tema y se despierta en mí la memoria de todas las pequeñas cosas y los personajes que rodean este evento.
Para entonces —debía de correr el año 86 u 87— yo había leído ya algunas cosas de taoísmo tiempo atrás. La segunda mitad de los 70 había sido una época de destape, no sólo erótico sino también espiritual, y entre los desencantados de la iglesia católica, como yo mismo, se propagó una hambruna voraz de esoterismo y orientalismo. Ediciones en español peninsular y americano, indeciblemente mediocres, llenaron las librerías... y no sólo las esotéricas, como el Hogar del Hermetista en la Calle Vallirana de Barcelona y la Librería Santo Domingo, en Sto. Domingo del Call, sino incluso kioscos como el del Drugstore Tusset, adonde un grupo de amigos íbamos a menudo por la noche a tomar algo y buscar lecturas que nos iluminasen algún insospechado camino, el que fuese, proporcionándonos nuevas etiquetas identificativas: budista, taoísta, teosofista, hare-krishna, aurobindiano... A veces incluso nos deteníamos a mirar discos en la tienda del Drugstore donde trabajada Paco Mir, más tarde famoso por sus tricíclicas payasadas, con quien compartíamos entrenos de karate en la playa de Sitges y la afición a los Hermanos Marx y Woody Allen.
En aquel Drugstore compré mi primer Tao Te King, un librito tamaño Le Petit Prince, de tapas amarillas, blandas y abrillantadas, que leí muy rápido y me dejó perplejo. “¿Qué es eso de que el hombre de virtud superior no tiene virtud y quien carece de ella la posee?”, le preguntaba yo una noche a mi amigo Jaime Riera, sentados los dos en el escalón de entrada a la portería de su casa en la Calle Calvet. Jaime tenía una mente intuitiva y flexible; yo era —y sigo siendo— cerebralmente teutónico. Él era paciente donde yo impetuoso y tenía flema suficiente para tratar de explicarme lo inexplicable o, cuando menos, conseguir que dejase de darme migrañosos cabezazos contra aquella insultante aporía china.
Aparte del Tao Te King, recuerdo haber leído también por aquella época la publicación de Carmelo Elordui en Editora Nacional de Lao Tse y Chuang Tzu, Dos Grandes Maestros del Taoísmo, un libro de tapas azules que compré en Ancora & Delfín por consejo de María Chuang, la dueña de los tres restaurantes La Gran Muralla de Barcelona, que por aquella época había dejado de cantar a la guitarra por las noches en su primer local del Pasaje Pellicer y, amante de la ópera como era, ambicionaba hacerlo en el Liceo como prima donna... No creo que llegase a ello.
Así que alguna lejana e imprecisa idea tenía acerca del Tao, pero nunca había escuchado a un conferenciante hablar del tema. Y éste no era otro que Salvador Pániker, un personaje de quien lo poco que yo sabía provenía de su hermano Raymundo y del círculo de este último... es decir, nada particularmente seductor ni grato. Salvador iba a hablarnos a un grupo heterogéneo de intelectuales en el contexto de unas cenas temáticas que estaba organizando Paco Marhuenda en el Círculo Ecuestre, si no recuerdo mal. Paco era por entonces un jovencillo arribista y oportunista que, entre otras cosas, trataba de seducir con flores a chicas que ya tenían ocupado el corazón. Lo sé porque lo intentó con mi novia y con la de mi mejor amigo. Quizá no era malicia, sino sólo torpeza y pensaba que las chicas que le llamaban la atención estaban obligatoriamente libres. Otra de sus gracias era invitarte a su despacho para un tema que en principio interesaba a los dos y tenerte un buen rato sentado allí mientras él se paseaba arriba y abajo del cuarto fumando un puro y hablando por teléfono con alguien presuntamente substancial de cosas que transformarían el mundo entero, que por supuesto había estado esperando la presente encarnación de Paco para organizarse como debía. Estaba convencido de darse importancia de este modo y no comprendía lo patético que resultaba a ojos del que, sufriéndolo, acababa de decidir el límite concreto de la esfera del reloj en que, si seguía el espectáculo, se levantaría y se iría de allí con un portazo.
A Paco lo había conocido en la Jove Cambra (JCI) por aquellos años. Mi gran amigo Xavier Roig estaba muy implicado con esta organización y, elegido presidente, me pidió que colaborase con Marhuenda para publicar o impulsar una revista del grupo. Sergio Gaspar, que más tarde fundaría DVD Ediciones, una empresa excepcional que merecía mejor destino que el que tuvo, se apuntó a la idea. Sergio y yo nos propusimos escribir un artículo para la revista sobre la trifulca en que por entonces se habían enzarzado Günter Grass y Vargas Llosa a causa del simio de García Márquez y su payasil adulación del régimen cubano. Otro que fumaba puros en el despacho... de Castro. Sergio y yo éramos por entonces un tándem indisoluble en cualquier proyecto literario que surgiese. Y surgieron varios... no culminó ninguno.
Tampoco el de las cenas temáticas en el Círculo Ecuestre habría de prosperar, pero al menos la primera y única ha dejado en mí este recuerdo iluminador. No éramos muchos y no debimos de ocupar más de seis u ocho mesas como mucho. Si la memoria no me falla, en la nuestra estaba Sergio con Marisa, su mujer, yo con Iris, mi compañera, creo que también Paco y quizá alguien más. Salvador se sentaba dos mesas más allá, justo en frente de mí, y a mi derecha y algo más atrás había una mesa con dos o tres personas: una de ellas era Rafael Borrás, de Editorial Planeta; otra era una mujer de cabello largo, oscuro, cortado a lo Cleopatra, que observada de pasada hasta parecía atractiva, easy on the eyes. Terminados los postres, Paco presentó a Salvador y éste, puesto en pie, empezó a desarrollar su tema. Si no recuerdo mal, contextualizó el taoísmo histórica y culturalmente, habló del yin y el yang (¡cómo no!), explicaría el célebre símbolo blanquinegro, y soltaría alguna cita del Tao Te King que viniese a cuento.
En la mesa a mi derecha, Rafael, como con el compromiso de castigar un hígado insubordinado, iba incrementando copa tras copa, aplicada y metódicamente, su grado de alcoholemia. Observaba a Salvador de forma ominosa, pendiente de algo que no tenía nada que ver con el taoísmo y, de tanto en tanto, se giraba hacia la Cleopatra y murmuraba por lo bajo sin dejar de contemplar torcidamente al orador. Lo recuerdo con gafas oscuras, casi negras... pero quizá esto sea la hiperbolización que se ha operado en mi memoria de lo lóbrego de aquella mirada.
Salvador habló de Alan Watts, de quien la Editorial Kairós, del propio Pániker, había publicado El Camino del Tao al menos diez años antes. Comentó el cómo y elucubró sobre el porqué de la irrupción del Tao en Occidente. Expuso la necesidad de su absorción por parte de nuestra extraviada cultura y se dispuso a enumerar sus valores, que él visiblemente suscribía. Los murmurios de Rafael, mientras tanto, habían aumentado de volumen. Ebrio como estaba, su lengua y sus labios derrapaban en las palabras, desdibujaban sus contornos, las hacían curvilíneas y resbaladizas como si tuviese una peladilla en la boca. Algunos comensales alrededor nos volvíamos hacia él para mirarlo, preocupados unos, guasones los otros.
Salvador ensalzó la fluidez del Tao, su acratismo, la mística locura de los iluminados, su amor a la naturaleza... Los balbuceos de Rafael se oían ahora en toda la sala. Eran el ruido de fondo del discurso, como si alguien se hubiese dejado una ventana abierta y se colase por ella el sonido indistinto de la calle.
A medida que la charla se iba adentrando en los principios espirituales del taoísmo, Salvador parecía crecer en estatura, su mirada se hacía distante, su rostro se volvía venerable, un ausa de gravitas lo envolvía... Era un Moisés guiándonos a lo indescriptible, al Yo-Soy-El-Que-Soy, pero estaba claro que algo le roía en lo más hondo. “Que me devuelva los libros”, farfullaba Rafael con voz de barítono en formol. “Este tío... se queda mis libros... menudo tío... tío...” Cleopatra trataba de acallar al de Planeta, lo que resultaba una labor tan ingrata como imposible.
Al orador, próximo ya al arrobo, se le escapaba de tanto en tanto una mirada de soslayo hacia la mesa oscura. Su halo de trascendencia tenía una fisura en alguna parte. Tocaba ocuparse ahora de la paz a la que conduce el camino del Tao: no una paz extramundana, no una paz de renuncia, no ese nirvana con el que te das de baja de toda la chapuza fenoménica, sino la paz del que es uno con lo Uno y lo es todo con todos, viva en medio de la naturaleza, incluso del caos ciudadano... “Tío... mis libros... que me los endebuvuelvas...”, seguía el achispado Borrás con voz cada vez más distorsionada. Sinceramente no recuerdo cuánto tiempo más aguantó Salvador intentando cruzar aquel umbral taoísta hacia el Más Allá del ego sin conseguirlo merced al maldito tábano, pero sí sé que de pronto se volvió hacia Rafael con mirada iracunda y mano amenazadora. “¡¡Se quiere callar ese hombre ahí!!”, gritó con la sangre fluyéndole al rostro y enrojeciendo.
Tao a la española, pensé yo... o, para ser más justos, a la occidental. Qué fácil es conceptualizar algo, pero qué irrelevante cuando de lo que se trata es de encarnarlo. Rafael me pareció entonces uno de esos maestros Zen que responde girando la cara de un cachete al discípulo que le pregunta por la naturaleza de Buda. Alguno cae de bruces en el satori, en efecto; otros, en las duras losas a la entrada del templo. Sin ser consciente de ello siquiera, Rafael había estado invitando a Salvador a dar una muestra viva del Tao, una de esas respuestas de espontaneidad creativa y conciliadora que en el Ch’an y en el Zen, metamorfosis ambos de aquél, sellan la comprensión de ese enigma imposible, destinado a cortocircuitar la razón, que es el kōan. Y Salvador, al igual que los aspirantes mediocres, había acabado tirado en las duras y frías losas a la entrada del templo.
Helmuth von Glasenapp, en su libro sobre las doctrinas hindúes, dice que la diferencia entre la India y Occidente en términos de filosofía es que en la primera un pensador como Rousseau, que por una parte escribe Émile ou de l’éducation y, por la otra, abandona en el orfanato a cada uno de sus cinco hijos, habría sido llanamente ignorado. Supongo que por mucho que lo oigamos y lo repitamos, aún no hemos integrado verdaderamente aquello de Por sus obras los conoceréis.







