Tantra y Yoga

Tantra de Simeón el Nuevo Teólogo

Voy a usar Tantra aquí en un sentido muy muy amplio, referido no sólo al cuerpo de doctrinas hindúes y budistas que se reconocen por este nombre, sino también a todas aquellas otras que presentan una analogía, por pequeña que sea, con las anteriores en el sentido de otorgar un valor espiritual a la sexualidad y genitalidad humanas. Simeón el Nuevo Teólogo (Συμεὼν ὁ Νέος Θεολόγος), por su parte, es una figura fascinante dentro de la tradición cristiana oriental, un monje bizantino a caballo de los siglos x y xi (949-1022) cuyas experiencias místicas, profundas y transformadoras, quedaron plasmadas por él en 58 poemas de muy distinta longitud que se conocen como Hymnos del Divino Amor y que, más literalmente, él tituló Amor de los Divinos Himnos (Τῶν θείων ὕμνων οἱ ἔρωτες).

Hymns
Simeón NT2

A diferencia de la tradición cristiana occidental, la oriental ha concedido al misticismo, especialmente en su corriente hesicasta, un lugar destacado. El misticismo ortodoxo, sin embargo, corre paralelo a la teología ortodoxa y es ancilar a ella. Místicos como Juan Clímaco, Gregorio de Nisa y Gregorio Palamas, entre muchos otros, hablaron con la voz de la Escritura y de la teología, no de un modo tan personal e individualista como el Nuevo Teólogo, evitando así el choque frontal con la institución eclesiástica y pudiendo torear los inevitables roces con ella derivados de envidias personales tanto como de avatares políticos. Simeón, por el contrario, es la oveja negra de este rebaño. Su forma... llamémosla profética... de entender la religión, esto es, su convencimiento de que sólo los que estaban en posesión del Espíritu Santo gracias a la intensidad y calibre de su experiencia mística, podían hablar de Dios le llevó a constantes conflictos con la iglesia de Constantinopla y finalmente al exilio.

Klimacus
Nyssa
Palamas

En toda tradición religiosa acaban dándose dos corrientes principales que, por simplificar mucho el panorama, podríamos denominar sacerdotal y profética, institucional y mística, popular e iluminada. Para la primera, lo imprescindible son los ritos, los actos simbólicos o sacramentos que únicamente los sacerdotes consagrados como tales están legitimados para administrar. Es una corriente de gestos, más que de actos verdaderos; de fe ciega, más que de libre indagación; de sumisión al clero que se erige en mediador entre el rebaño y Dios, y se declara el único intérprete autorizado de la Verdad Revelada. Así, por ejemplo, en el catolicismo, el bautismo, la confesión unida a la penitencia y la extremaunción tienen efectos soteriológicos definitivos: limpian el alma de pecados y la salvan, por tanto, de la condenación. Un equivalente hindú de esta higiene espiritual es la creencia popular en el hecho de que bañarse en la aguas del Ganges, particularmente en los lugares sagrados como Haridwar, Rishikesh o Benarés, otorga el moksha o liberación del ciclo de reencarnaciones. 

Ganga
Bautismo

Pero la corriente profética, por otra parte, va mucho más allá de lo ritual: exige un esfuerzo capaz de transformar al individuo en profundidad, proyectándolo a niveles superiores de consciencia. Aquí no basta la tutela moral del mero sacerdote; hace falta un guía que tenga experiencia directa de los mundos superiores, un verdadero guru o geronte o starets, por llamar de modo exótico al padre espiritual genuino. Aquí no basta con “salvar el alma de la condenación”; lo que se busca es la perfecta unión con la Suprema Consciencia, la Teosis —se conciba ésta como se conciba en las distintas tradiciones religiosas— la transfiguración, la ultrahumanidad. Aquí no hay una Verdad Revelada de una vez para siempre con un único intérprete posible; hay una búsqueda incesante de las verdades, cualesquiera que éstas sean, más allá de la limitación humana.

La corriente sacerdotal resulta análoga a la astrología, cuando la profética equivale a la exploración del espacio estelar.
 

Outer Space

Simeón el Nuevo Teólogo representa de un modo un tanto radical esta corriente profética en un terreno, el del mundo bizantino, que por mucho que acogiese el misticismo, seguía siendo institucionalista, precisaba la unidad ideológica que sólo podía darle una iglesia homogénea y abominaba, por tanto, de subjetivismos capaces de derivar en alguna forma de heterodoxia. No vamos a hablar aquí, sin embargo, de la doctrina de Simeón en general ni de sus encontronazos con las autoridades políticas y religiosas de su tiempo, sino de una cuestión muy particular, algo que quizá por mera deformación intelectual me siento empujado a llamar “sus ecos tántricos”.

Sophia

En su Himno 15, el Nuevo Teólogo habla de la cristificación del cuerpo físico que tiene lugar como consecuencia de la teosis, la unio mystica. De acuerdo con la excelente edición inglesa de Daniel Griggs (Divine Eros. Hymns of St Simeon the New Theologian), el bizantino escribe:

Nos hacemos miembros de Cristo y Cristo se hace nuestros miembros
y Cristo se hace la mano y el pie de mi miserable yo,
y el miserable yo se hace la mano de Cristo y el pie de Cristo.
Muevo mi mano y mi mano es Cristo entero.
Pues, entiéndeme, ¡la divina divinidad es indivisible!
Pongo mi pie en movimiento y, mira, resplandece como él mismo.
No digas que blasfemo, sino acepta estas cosas
¡y cae al suelo y adora a Cristo, que te hace así!
Porque si lo deseas, te harás su miembro,
y así, cada miembro de cada uno de nosotros
se convertirá en un miembro de Cristo, y Cristo en nuestros miembros,
y él hará decentes todas las cosas vergonzosas
por la belleza de su divinidad y por su gloria las adornará
y cuando estemos unidos a Dios al mismo tiempo nos haremos dioses,
no mirando la indignidad del cuerpo en absoluto,
sino hechos completamente como Cristo en todo el cuerpo,
y cada uno de nuestros miembros será todo él Cristo.
Pues, mientras nosotros devenimos muchos miembros, él sigue siendo uno e indivisible,
y cada parte es todo el Cristo mismo.
Y así pues bien sabes que mi dedo y mi pene son Cristo.
¿Tiemblas acaso o te sientes avergonzado?
Pero Dios no se avergonzó de hacerse como tú,
¿y tú te avergüenzas de hacerte como él?
“Yo no me avergüenzo de hacerme como él.
Pero al decir que él es como un miembro vergonzoso
sospecho que dices blasfemia.”

Lo sorprendente en la tradición ortodoxa no es tanto que Simeón encuentre un lugar para la fisicalidad en la realización espiritual, que vea el cuerpo capaz de cristificación, sino que se refiera explícitamente al pene, el “miembro vergonzoso” que la religión en general ha ignorado en el mejor de los casos, cuando no lo ha negado o encadenado. Y continúa acentuando todavía más la relevancia crística del pene y las “partes obscenas”:

Así pues, sospechas mal, porque no hay miembros vergonzosos.
Son miembros ocultos de Cristo, pues están cubiertos,
y precisamente por esto son más reverenciados que el resto,
como miembros ocultos de aquel que está oculto, invisibles para todos,
de quien semilla es dada en la divina comunión,
tremendamente deificada en la divina forma,
de la completa divinidad misma, pues él es Dios enteramente,
el que está unido a nosotros, ¡oh escalofriante misterio!

Simeón hace aquí con la palabra algo análogo a lo que el pintor holandés Maarten van Heemskerck (1498-1574) hace con el pincel cuando pinta su Cristo itifálico en sus cuadros del "Varón de los Dolores" con una erección perfectamente perceptible bajo la sábana que le cubre los muslos. Pero el Nuevo Teólogo va todavía más allá: no solamente nos dice que Cristo es enteramente el pene —como Shiva es el lingam— porque en Él no hay división posible, sino que formula la comunión como una emisión de la “semilla” de ese pene crístico.
 

Christos
Christos2

Más adelante, siguiendo una tradición que se remonta a la interpretación espiritual del Cantar de los Cantares veterotestamentario, el monje bizantino describe el encuentro del alma y Cristo como un matrimonio en el que aquélla es inseminada por la Divinidad:

Además él se hace novio —¿oyes?— cada día
y las almas de todos se hacen novias, a las que el Creador está unido,
y ellas a él, y espiritualmente esto se hace matrimonio,
a estas almas se une como es propio de un dios.
Él no las menoscaba por completo, Dios lo impida, pero incluso si ya arruinadas,
él las recibe y se une a ellas y las hace inmediatamente incorruptas,
y ellas ven todas las cosas previamente profanadas por la corrupción
como sagradas, incorruptas, completamente sanadas.
Ellas glorifican al compasivo, anhelan al hermoso,
y están todas unidas a la totalidad de su amor,
y más aún, adquieren la semilla sagrada, como hemos dicho,
recibiendo el completo Dios transformado dentro de sí mismas.
...

Lo que he llamado el Tantra de Simeón no es, obviamente, ni el Tantra sexual indio de la mano izquierda (vāmamārga), ni el neotantra occidental con su vocación de sanar la sexualidad y afectividad entumecidas, víctimas de las contradicciones de nuestra cultura. Comparte con ambos, eso sí, la voluntad de dar espacio a la genitalidad —no un espacio avergonzado y culpable, sino sano, abierto, legítimo, luminoso—, de asignarle un sentido y un valor espirituales y, en última instancia, de sacralizarla. Comparte con ellos también la idea de que la unión del principio masculino (Cristo, Shiva...) y el femenino (el alma) es una hierogamia, un matrimonio sagrado entre lo divino y lo humano por el que este último es fecundado con semilla inmortal e incorruptible. No, no es un Tantra sexual el de Simeón, pero los símbolos trascendentes están ahí, en lenguaje crístico, en su impactante y provocador Himno 15.
 

Klimt