Permiso para Sentir
Y en aquel día de premoniciones, así le dijo el Peregrino al Perplejo:
“Tantra y neotantra son dos mundos distintos. Si has leído los libros de Avalon o de Das Gupta, si has meditado por la noche en un campo crematorio en la India o te has enfrentado a las fuerzas elementales sublevadas dentro y fuera de ti cuando tu contemplación se vuelve un peligro para ellas, lo sabrás... Sin ningún género de duda lo sabrás. El primero es un camino peligroso, apenas posible para personas inmersas en una sociedad como la nuestra... y quien te diga lo contrario no sabe de qué habla. El segundo es un camino terapéutico y lo que te ofrece es la sanación de todo aquello que está encorsetado en ti por causa de la educación, de la indoctrinación, de tu carácter, de un desarrollo discordante, de un medioambiente patológico como es la sociedad y a menudo la familia... No es poco lo que ofrece, en absoluto. Y casi te diría que, sin esta sanación previa, el fracaso en el Tantra clásico está garantizado. Y un fracaso ahí no es como un fracaso aquí: es una muerte física o espiritual o ambas juntas.
“Todo el quid del neotantra está en encontrar la persona adecuada: el terapeuta, la guía, el referente, la sanadora, la shakti... llámala como quieras. Y no es fácil porque en un extremo de la oferta hay un puñado de ángeles; en el otro, una horda de manipuladores y aprovechados que, si no te succionan toda la sangre, es porque no tienen la afilada colmillería transilvana imprescindible para eso; y en medio está el circo... enanos y enanas y payasos y camellos y dromedarios que no saben que lo son pero que no pueden evitar actuar como tales. Yo he vivido los dos extremos (el medio es demasiado obvio) y el hecho de haber pasado al comienzo por una de la horda me hace apreciar mejor la naturaleza angélica de la shakti que me inspira ahora.
“Y te diré en confesión todo aquello que me ha inspirado y cómo he pasado de una sensibilidad encadenada, hipoestésica, limitada por la vergüenza y el sentido de lo impropio o del pecado, a un sentir intenso y emancipado. Pues todo el secreto está en el permiso que uno se da para sentir... para sentir placer físico, epidérmico, genital. Y he aquí lo inesperado: mientras no aprendes a darte ese permiso no sabes que te lo estás negando.
“Piensa que, cuanto más invisible para ti mismo o los demás sea tu cuerpo o partes de él, mayor será tu desconexión con el cuerpo o partes suyas. Y del mismo modo, cuanto mayor sea tu contención en la expresión del placer, mayor será la desconexión contigo mismo y con el otro. Así, el permitir que el cuerpo se mueva inspirado por lo que siente, que se haga sinuoso danzando casi con las vibraciones que surgen desde dentro, que se haga plástico como la arcilla bajo las manos que lo recorren, que se haga fluido como agua que adopta la forma de las vasijas que va ocupando; el hecho de que sonidos inspirados por el gozo emerjan a la garganta en forma de gemidos, de pequeños gritos, exhalaciones, dando una voz no verbal ni mental, sino puramente existencial, biológica, celular, a lo que se siente... dando voz al deleite, an anhelo de más, sí más, más, hasta que se desdibujen tus contornos porque ya no puedan dar cabida a la exultación que irradia de tus tejidos, hasta que dejes de ser sólido y te hagas nube de pura energía, sí, más..., desnudo junto a quien te recorre, desnudándote más profundamente con tu expresión del sentir, reconociéndote a ti y a aquella con la que estás que sí, que gozas gracias a ella, que gozas de una manera libre, no pecaminosa, no culpable, y que en ese gozo le haces entrega de ti, exponiéndote en toda tu vulnerabilidad, en toda tu capacidad de sentir, desnudo más allá de la desnudez corporal.
“Pues el permiso para sentir placer, cuando el permiso viene de ti, amplifica las sensaciones; pero cuando sientes que viene del otro, libera la expresividad. Y sensorialidad y expresividad retroalimentan el placer, que aumenta la sensibilidad y expresión en un bucle de desinhibición y liberación creciente. Sientes entonces que la desinhibición y liberación de la expresión del placer es una forma de entrega al propio placer, a la persona que te está llevando a ese placer, a la sacerdotisa que está orquestando el sacramento de tus sensaciones, de tu liberación y entrega. Y en esa entrega, te disuelves en pura energía sacramental. Y, paradójicamente, sientes que esa entrega te hace estar presente en ti mismo de un modo superlativo: estás en ti precisamente porque te das al placer y a la fuente del placer y a la sacerdotisa de tu placer... y puedes ofrecerte a todo ello justamente porque estás en ti.
“Y todo esto es indeciblemente liberador, es sentir caer los muros de la prisión corporal, de las cadenas de la vergüenza, de los grilletes del pecado.
“Permiso, Sensibilidad, Expresividad, Desinhibición, Entrega, Presencia... en esta correlación descubres el vórtex de un placer que, en un bucle de intensidad creciente, trasciende lo material y corporal para hacerse luminoso, trasciende lo genital para hacerse gloria.”
...
Y en aquel día de premoniciones, el Peregrino siguió adelante en busca de su Grial repitiendo en voz alta su plegaria incesante como siempre hacía en sus peregrinaciones:
“Señor, tú eres la Verdad de mi ser,
la Verdad viva, profunda, absoluta, de todo lo que soy,
el Centro real de todas las cosas, el Eje primario y viviente de todo lo que existe.
Oh Abismo, Tú que estás más allá de apariencias, máscaras y espejismos,
Tú que estás más allá de engranajes, andamios y artificios,
si es Tu Voluntad, muéstrame el Camino,
enséñame a anidar en Tu Paz,
enséñame a anegarme en Tu Luz, a fulgurar con Ella,
enséñame a amarTe y amar luminosa, verdadera y divinamente.”
Y el Perplejo lo escuchó un instante y enseguida partió con perplejidad acrecentada...





