Tantra y Yoga

Meditación II: El Yo y sus Reflejos

Existe una deliciosa fábula vedántica, de raigambre —parece— adwaita (monista) y referida comúnmente como Dashama (“El Décimo”). Se narra de distintos modos, según lo requiera la ocasión, pero lo esencial en ella viene a ser esto: un grupo de diez hombres sale de un pueblo para ir a trabajar a los campos de una villa vecina. Un río de aguas crecidas los separa de su destino y se lanzan a cruzarlo con no poco esfuerzo y peligro. Llegados a la otra orilla, deciden contar los presentes por si la corriente se ha tragado a alguno de los compañeros. Cuenta primero el último en salir del río y, de los diez originales, sólo es capaz de confirmar nueve. Cuenta después el penúltimo en ganar tierra firme y de nuevo sólo constata nueve. Cuentan a continuación los demás y todos coinciden en nueve. Mientras lloran la pérdida del desaparecido, llega hasta ellos un peregrino e inquiere por la causa de sus lamentos. Al escuchar la razón, les asegura que enseguida va a encontrarles el décimo hombre. Pregunta quién ha sido el primero en contar el grupo y, cuando uno de ellos se destaca, le toma la mano, la coloca sobre el corazón del desconsolado con el índice apuntando hacia el interior del pecho y le dice: Dashamastvamasi! (दशमस्त्वमसि: “¡Tú eres el décimo!”).

Esta pequeña historia no es un chiste malo, como lo sería contada por cualquiera de nuestros cómicos; es una parábola que evidencia y ejemplifica el modo en que el Yo, ignorándose a sí mismo, esencialmente, se cuenta y encuentra en sus reflejos. Es un relato del tipo de aquellos célebres cuentos sufíes: el del hombre que se lanza a recorrer el mundo en busca de un tesoro que, al final de todas sus peripecias, descubre enterrado en su propio jardín... O el de aquel otro personaje que al llamar insistentemente a una puerta le preguntan desde el interior quién es y, tantas veces como el hombre responde ‘Soy yo’, la puerta permanece cerrada, abriéndose sólo cuando el sujeto tiene su momento epifánico y contesta ‘¡Soy Tú!’...

Meditation

Uno de los místicos indios que gustaba de evocar la parábola del Dashama era Ramana Maharshi (1879-1950), el santo de Tiruvanamalai. Ramana es el caso insólito de un místico que se “iluminó” de golpe, casi sin buscarlo. Recuerdo que en cuarto de bachillerato (hablo de un plan de estudios poco menos que prehistórico), el profe de literatura, el ínclito Señor Vidal, nos explicó la diferencia entre el místico y el asceta de un modo muy vívido, dando gesto a sus palabras con mímicas difíciles de olvidar. El místico, dijo, era aquel al que Dios llamaba por teléfono un día cualquiera, el tipo cogía el aparato y decía con toda tranquilidad: ‘Hola, ¿qué tal?’ El asceta, en cambio, era el que intentaba telefonear a Dios y cada vez que descolgaba el auricular sufría violentas descargas eléctricas... y aquí el Señor Vidal se sacudía de cuerpo entero como si estuviese en pleno trance epiléptico mientras simulaba agarrar dolorosa y convulsivamente el comunicador. Pero el asceta, de acuerdo con él, no renunciaba, seguía intentándolo, a veces durante toda una vida sin éxito, ofreciéndole su dolor a un Dios que nunca estaba en casa, nunca aceptaba la llamada.

Aunque esta sabrosa ilustración, en última instancia, no se sostiene, sí es cierto que Ramana es el místico del ‘Hola, ¿qué tal?’ La “iluminación” le cayó como un mazazo a los dieciséis años, mientras reflexionaba sobre la muerte. Dejó los estudios, dejó la casa paterna, huyó al sur, a Tiruvanamalai, y vivió durante mucho tiempo en la calle, en estado de trance, olvidado del cuerpo hasta perder incluso la capacidad de hablar, alimentado únicamente por buenos samaritanos que lo tomaban por un sadhu o santo errante (Sarma 1984, pp. 4 ss.).
 

Ramana Young
Ramana

Más allá de sus múltiples contradicciones y limitaciones, lo que me interesa ahora de Ramana es su énfasis en la búsqueda del Yo-Esencia. El método de meditación popularizado por él se denomina Ātma-Vichāra (आत्मविचार), lo que se ha traducido al inglés como Self-Inquiry, esto es, Autoindagación, y consiste en focalizar la atención en la pregunta ¿Quién soy yo?, mientras el contemplativo trata de percibir la presencia del Yo nuclear en lo que Ramana llama el Corazón Espiritual, situado en el pecho a unas dos pulgadas del centro a la derecha. La razón de localizarlo ahí, según Ramana, es que en todas las culturas los individuos señalan ese punto con el dedo cuando se refieren a sí mismos... Presuposición, por cierto, que dista mucho de ser verdad —los chinos y japoneses se tocan la nariz, los yucatecos la barbilla, los pirahãs amazónicos los genitales...— y pone en evidencia que uno no puede decir lo que ocurre “en todas las culturas” a menos que sea omnisciente. Y Ramana no lo era. El asiento del corazón espiritual ramánico, por tanto, es controvertido.

Cuando en una ocasión se le preguntó a Ramana si las antiguas Escrituras indias citan este centro o ponen énfasis en su importancia, repuso que sólo había visto hablar de él en un viejo texto de medicina malayalam, esto es, en la lengua de Kerala (Osborne 1988, pp. 151-2). Poco más adelante, sin embargo, asevera que éste es el centro al que se refieren las Escrituras cuando hablan del “corazón” (Osborne 1988, p. 153). Hasta qué punto estas dos afirmaciones son contradictorias es difícil dilucidarlo: quizá en la segunda ocasión Ramana se refiere únicamente a la terminología, no a la localización precisa del corazón sutil. Sea como sea, algo más adelante asegura que “éste es el centro de la experiencia espiritual de acuerdo con el testimonio de los Sabios” (Osborne 1988, p. 180). Según Ramana, el sahasrāra (सहस्रार) y el corazón espiritual estarían conectados por el jīvanāḍī (जीवनाड़ी), un canal sutil que sería la continuación del suṣumnā (सुषुम्ना) o canal central y que, en forma de cayado, descendería desde el vértice de la cabeza —donde se sitúa el chakra sahasrāra— hasta el asiento del Yo-Esencia, a la derecha del esternón. Semejante configuración no aparece, sin embargo, en ninguno de los tratados de Tantra que yo haya tenido la oportunidad de consultar.

La localización puntual de este Yo nuclear en relación al cuerpo físico quizá no sea tan fundamental como el instrumento contemplativo en sí, la pregunta ¿Quién soy yo? Todo lo que pasa por la cabeza durante el esfuerzo meditativo puede ser referido de inmediato, de manera detersiva, al Quién: “¿Quién piensa esto?, ¿quién siente esto?, ¿quién espera esto?, ¿quién siente este dolor?: —Yo: —¿Y yo quién soy?” El ¿Quién soy yo? es una pregunta que no admite respuesta intelectual alguna, sino sólo existencial. Si, por ejemplo, respondemos “Yo soy el que está sentado aquí meditando”, la pregunta original deriva en: “¿Quién se responde de este modo: —Yo: —¿Y quién soy yo?” En última instancia, esta pregunta sólo acepta como respuesta que el Yo-Esencia se manifieste, se revele, se haga presente en la consciencia como Centro Absoluto de lo que uno es: HIC EGO SUM.

Es curioso que Paul Brunton (1898-1981), el escritor e inquieto buscador inglés que visitó y hasta cierto punto puede decirse que siguió a Ramana por algún tiempo, decidiese en su último periodo que la cuestión ¿Qué soy yo? era más avanzada, oportuna y útil que el ¿Quién soy yo? Brunton escribe con no poca dosis de arrogancia:

I deemed it advisable some years ago to alter this formula, which I did when writing my more recent books, where I offered this seed for analytic meditation with the new variation, What Am I? The difference between the two short initial words was a difference of only two letters on paper but of a most important divergence of outlook in thought. The word “who” was a personal pronoun and formed fit inquiry for the mystic who was preoccupied with himself as an individual and separate entity, whereas the word “what” was an impersonal interrogative pronoun  whose reference rose to a higher level. “Who Am I?” was a question which emotionally presupposed that the ultimate “I” of man would be a personal being, whereas “What Am I?” rationally lifted the issue to scientific impersonal inquiry into the nature of the ultimate “I” [...] Not that the first formula need to be abandoned. It was necessary and excellent in its place, but that place was for novices, while the further formula was for the use of those on a higher level. (The Hidden Teaching Beyond Yoga 2015, p. 10).
 

Brunton1
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Lo cierto es que Brunton aquí —perspicaz pensador como es habitualmente— se equivoca de medio a medio. Para empezar, “quién” (who) no es un pronombre personal, sino interrogativo; el pronombre personal es “yo” (I) y éste se halla tan presente en el ¿Qué soy yo? como en el ¿Quién soy yo? En segundo lugar, el Yo al que apela la pregunta de Ramana no es la entidad individual y separada a la que se refiere Brunton, sino el Yo-Esencia... de otro modo, poco sentido tendría la inquisición. Y por último, la respuesta al ¿Qué soy yo? seguiría remitiendo a la pregunta ulterior de ¿Quién es esto que yo soy?, cuya respuesta definitiva es la Presencia.

Sri Aurobindo (1872-1950), a mi modo de ver el filósofo, místico y poeta más grande que ha dado la India y cuya propuesta espiritual es la más audaz y completa que pueda concebirse, trata la cuestión del Yo-Esencia en términos muy distintos. De acuerdo con él este Yo tiene dos manifestaciones: por un lado, el Ātman (आत्मन्), eternamente unido a Dios y sosteniendo la evolución pero sin formar parte de ella; por el otro, lo que Sri Aurobindo denomina el psíquico, esa porción del Ser Esencial sumida en la evolución y transmigrando de vida en vida. En términos de topografía somática, el psíquico se sitúa en el chakra del corazón, el anāhata (अनाहत), que sería un centro doble, con el ser emocional en la parte externa y el Yo Esencial en el núcleo profundo de este centro de consciencia. El anāhata, por su lado, es uno de los chakras tradicionales, en línea con los seis restantes sobre la vía energética del suṣumnā, el canal central a través de la espina dorsal, con lo que el jīvanāḍī en forma de cayado y el corazón espiritual a la derecha del pecho no aparecen en esta configuración, como no aparecen en los tratados tántricos que exploran la fisiología sutil del ser humano. 
 

anahata

Otra diferencia importante entre Ramana y Sri Aurobindo es que para el primero el instrumento contemplativo más útil para aproximarse al Yo-Esencia es la pregunta ¿Quién soy yo?; el segundo, en cambio, sugiere meditar en alguna de las cualidades fundamentales del psíquico para fundirse con él: su calma trascendental o su inextinguible aspiración a lo Divino. Más definitivo aún es que para Ramana el camino de realización espiritual acaba en el despertar del Yo Esencial, el Sujeto Absoluto, Self, Ātman, Ipseidad..., mientras que para Sri Aurobindo ahí es precisamente donde empieza el verdadero camino. Esta última divergencia tiene consecuencias cardinales para la vida del sādhaka o buscador espiritual en el mundo: en la vía de Ramana, el Ātman es la puerta de salida de un universo ilusorio, mientras que en la de Aurobindo es la puerta de entrada a la glorificación de un mundo que sólo mientras se contempla ilusoriamente parece no ser divino.

Estas diferencias técnicas entre dos maestros que se hallan en los extremos opuestos del espectro místico repercuten de un modo muy definitivo en la práctica yóguica del buscador espiritual: ¿en qué punto de su geografía corporal concentrará la mente durante la meditación?, ¿cómo meditará?, ¿con qué objetivo lo hará, con el de abandonar un mundo apócrifo o con el de conquistar para la Consciencia Suprema un mundo engañoso?... A estas preguntas, en última instancia, quizá sólo pueda responder el Yo-Esencia o Yo-Presencia. Pero, por otra parte, el camino del autoconocimiento no empieza en la contemplación, sino de un modo mucho más prosaico, en la vida cotidiana.

El yo, en su falta de consciencia primigenia, empieza por buscarse y conocerse en sus reflejos... al igual que el décimo hombre de la parábola vedántica que cuenta a sus nueve compañeros, pero al que no se le ocurre contarse a sí mismo. Todo alrededor en el mundo le devuelve un reflejo al yo en la medida en que elicita en este último una reacción y esta reacción es el signo y el síntoma de un modo de ser, de percibir la realidad, de estar en ella. Este modo reactivo de ser, iniciado desde el mismo nacimiento o quizá incluso antes, acaba generando una identidad, una personalidad tanto más individualizada y compleja cuanto más numerosas y reflexivas son las interacciones del sujeto con el medio. En el caso de los seres humanos más inquisitivos, llega el momento en que éstos se buscan conscientemente en las actividades que realizan, las personas que tratan, los conocimientos que persiguen... despiertos al hecho de que en cada una de estas ocasiones encuentran una manifestación de sí mismos que aún no conocían o que aún no conocían tan profundamente. ¿Qué yo me encuentro cuando monto a caballo, cuando tiro con arco, cuando escribo, cuando escucho una sinfonía, cuando paseo junto al mar, cuando barro mi patio, cuando hago el amor...? ¿Cómo es este yo, qué quiere, cómo gestiona la frustración cuando no hace las cosas bien, cómo gestiona el triunfo...?, ¿cómo reacciona cuando se decepciona a sí mismo, cuando le decepcionan los demás, cuando le irritan las circunstancias, cuando recibe críticas, cuando escucha alabanzas...?, ¿a qué estado anímico le llevan la pérdida, el dolor, el placer, la enfermedad, el éxito...? Para esta tipología humana, todo acontecimiento en la vida es una oportunidad para el γνωθι σεαυτόν (“Conócete a ti mismo”) délfico.
 

Conócete1
Delfos
Conócete2

En el caso de las personas menos reflexivas, las que no buscan otra cosa que satisfacer sus deseos y se desesperan cuando no lo consiguen sin preguntarse qué obtienen de obstáculos y contradicciones, es la propia vida la que se encarga de cuestionarlos golpe tras golpe hasta que les llega ese momento epifánico en que se dicen a sí mismos: '¿Qué puedo aprender yo de todo esto?, ¿qué yo seré yo cuando lo aprenda?'

Sea como sea, el autoconocimiento que proporciona el tránsito reflexivo o irreflexivo por la vida, incluso utilizando métodos más autoinvasivos como la psicoterapia o el psicoanálisis, es el de la personalidad que hemos ido generando y que las circunstancias externas e internas han contribuido a plasmar. Pero esta personalidad no es más que un mecano psicosomático, un artificio, un recurso expresivo, un habitáculo... Incluso sus pilares fundamentales —género, nacionalidad, cultura, lengua, valores irrenunciables...— no son más que el andamiaje de todo el edificio identitario, que no constituye el ser del individuo, sino una amalgama de arraigados impulsos identificativos. Y este constructo primario, este yo-espejismo, este primer reflejo del Yo-Esencia en el juego de espejos que es la existencia terrenal está ligado al mundo externo por diversos vínculos de atracción y repulsión. 

Yo Espejo

Estos vínculos —auténticas ligaduras, en realidad— son, desde luego, de distinta intensidad, pero por todos ellos fluye, de ida y de vuelta, la consciencia-energía del individuo dispersándose en la multiplicidad de afectos y desafectos, apegos y rechazos que conforman su burbuja anímica. Y en cada uno de los objetos, entidades o procesos así vinculados al sujeto, éste encuentra un nuevo reflejo de sí mismo como en el fragmento de un espejo roto. A este flujo de dispersión los individuos más reflexivos opondrán un reflujo de re-unificación tratando de recomponer el espejo secundario roto a partir de sus fragmentos. Y esto lo harán creando la narrativa necesaria —la autobiografía— que dé coherencia a la discordante —a menudo contradictoria, siempre confusa— complejidad que cada uno es.

Espejo Roto

Nada de esto, sin embargo, nos devuelve al Yo-Esencia. Hacer el yo-espejismo más coherente que discordante será una ayuda, si la personalidad formada es plástica, flexible, y resultará un obstáculo si esa personalidad se cristaliza y enamora de sí misma. Pero el camino de vuelta al Sujeto Absoluto pasa, primero, por substituir los vínculos de atracción y repulsión que nos ligan al mundo externo por una ecuánime aceptación de la totalidad; segundo, por el desarrollo de una consciencia observadora capaz de discriminar entre el Yo-Esencia y sus reflejos, entre la inmutabilidad, inmovilidad e impasibilidad del primero y la incesante actividad y mutabilidad de lo fenoménico; tercero, por la re-unión de la consciencia-energía dispersa en un único haz de luz coherente dirigido al interior, al asiento del Yo; y, finalmente, por la fusión de ese haz de consciencia con la Esencia de lo que somos. Nada de esto es fácil ni inmediato... salvo para místicos del 'Hola, ¿qué tal?' Pero éste es el Camino en el que el "Conócete a ti mismo délfico" da paso al "Conoce al Ser Verdadero" ramánico.

Sri Aurobindo ha descrito este Yo y el proceso que lleva a él en uno de sus poemas místicos, The Witness and the Wheel, que considero un apropiado final para estas líneas:

Who are thou in the heart comrade of man who sitst
August, watching his works, watching his joys and griefs,
Unmoved, careless of pain, careless of death and fate?
Witness, what has thou seen watching this great blind world
Moving helpless in Time, whirled on the Wheel in Space,
That yet thou with thy vast Will biddest toil our hearts,
Mystic,  —for without thee nothing can last in Time?
We too, when from the urge ceaseless of Nature turn
Our souls, far from the breast casting her tool, desire,
Grow like thee. In the front Nature still drives in vain
The blind trail of our acts, passions and thoughts and hopes;
Unmoved, calm, we look on, careless of death and fate,
Of grief careless and joy,  —signs of a surface script
Without value or sense, steps of an aimless world.
Something watches behind, Spirit or Self or Soul,
Viewing Space and its toil, waiting the end of Time.
Witness, who then art thou, one with thee who am I,
Nameless, watching the Wheel whirl across Time and Space?

En traducción española:

¿Quién eres tú, íntimo amigo del hombre holgando
Augusto, contemplando sus obras, sus gozos y penas,
Inmóvil, inmune al dolor, inmune a la muerte y destino?
Testigo, ¿qué has visto al mirar este grande, ciego mundo 
Que indefenso en el Tiempo deriva, rodando en Espacio habita,
Que aun así tu vasto Tesón al corazón impone labores,
Oh Místico,  —pues sin ti nada perdura en el Tiempo?
Así nosotros también, cuando del perenne clamor de la Tierra se aparta
el alma, desterrando su herramienta del pecho, el deseo, 
Iguales a ti nos hacemos. Afuera, en vano traza aún Natura
La ciega estela de actos, pensares, pasiones y anhelos; 
Quietos, calmos entonces, miramos de frente, inmunes a muerte y destino,
Al dolor inmunes y al gozo —signos de un texto baldío
Sin valor o sentido, pasos de un mundo sin meta.
Algo detrás contempla, Espíritu o Alma o Esencia,
Viendo el Espacio y su obrar, el fin el Tiempo aguardando.
Testigo, ¿quién, pues, eres tú con quien yo soy uno,
Ignoto, contemplando la Rueda girar a través del Espacio y el Tiempo?
 

SA