Lenguas, Mis Lenguas - 5
Mi primer contacto con el holandés tuvo lugar durante el último curso de filología. A lo largo de todo aquel año, entre otras cosas, estuve preparándome para realizar la tesina, que aún era obligatoria para obtener la licenciatura. Gregorio del Olmo, mi mentor, me había propuesto hacerla sobre los orígenes del alfabeto. Seleccioné la bibliografía recomendable y, en aquella época en que Internet y Amazon eran, todo lo más, las imaginaciones cienciaficcionales de un puñado de autores visionarios, me dediqué a pedir por carta a las universidades extranjeras que los tenían publicados los artículos que me interesaban y que no se hallaban en la biblioteca de mi departamento. La mayoría estaban en lenguas que yo conocía, pero había uno en holandés y otro en checo que yo esperaba poder leer desde el alemán y desde el ruso respectivamente. Al fin y al cabo, eso es lo que se espera de un filólogo de lenguas poco menos que estrafalarias, que eche mano de todos sus conocimientos lingüísticos y metalingüísticos para decodificar cualquier texto que le caiga entre las manos. Un mes después de pedirlo, me llegó el artículo en holandés, cortesía de la Universidad de Leiden (si no recuerdo mal) con una nota del remitente deseándome éxito en mi trabajo. Tales eran aquellos tiempos... Con paciencia y un diccionario de alemán descifré el texto que, en realidad —y tratando de una materia conocida para mí—, no presentaba una dificultad excesiva.
Un estudio más formal del holandés habría de esperar, sin embargo, otros veinte años y, cuando finalmente lo emprendí con el manual y los CDs correspondientes de la serie Teach Yourself, el recuerdo de la relativa facilidad con la que había podido leer el viejo artículo sin haber estudiado nunca la lengua me daba esperanzas de un aprendizaje rápido. Entre otras lecturas, el holandés me ha permitido acceder recientemente a la novela Mary, de Anne Eekhout, acerca de Mary Shelley y las experiencias que le inspiraron su Frankenstein, sobre todo las del famoso verano junto al lago Leman en 1816, con Shelley, Byron y Polidori... un tema especialmente querido para mí.
Junto con el holandés inicié el estudio del afrikaans, que viene a ser algo así como un holandés simplificado, barbarizado de hecho, con innumerables incrustaciones del inglés y unas cuantas de las lenguas nativas sudafricanas. En multitud de ocasiones me han preguntado si estudiar simultáneamente lenguas tan parecidas no acaba por confundirme. Y sí, es verdad, la confusión ocurre cuando es cuestión de hablarlas; pero, en lo que hace a entenderlas, leerlas o comprender su mecanismo, esto es, en todo lo que afecta a su conocimiento pasivo, el estudio en paralelo de lenguas estrechamente emparentadas, al contrario de lo que podría suponerse, ayuda a su asimilación. Por lo menos en lo que a mí respecta...
El afrikaans es una lengua joven, de poco más de doscientos años, fermentada en Sudáfrica a partir de un holandés criollizado y convertida posteriormente en signo de identidad de los descendientes de los colonos holandeses, los afrikáner, frente al colectivo anglosajón dominante. Es relativamente simple de aprender, en especial conociendo inglés, alemán y holandés, como era mi caso. La conjugación de los verbos es sencillísima, limitada a lo esencial; prácticamente no existen declinaciones y la sintaxis es de lo más transparente. Tiene una peculiaridad, sin embargo, que me llama la atención y que no recuerdo haber encontrado en ninguna de las otras lenguas estudiadas: y es que en afrikaans el adjetivo presenta flexión para distinguir su uso literal del figurativo: arm (“pobre”, en sentido literal) se diferencia de arme (“pobre”, en sentido figurado): por ejemplo, Die arm man het niks kos nie (“el hombre pobre no tiene comida”) vs. Die arme man se huis het afgebrand (“la casa del pobre hombre se ha quemado”). Este adjetivo en concreto nosotros lo desambiguamos posicionalmente —el hombre pobre vs. el pobre hombre—, lo que constituye una estrategia que no nos sirve en otros casos: frío, negro, rico, brillante... Pero, a su vez, la posibilidad de desambiguar un término morfológicamente, si bien ayuda a la precisión de un mensaje ordinario, es algo que opera en contra de la generación de dobles sentidos en mensajes más deliberados o textos más literarios.
Se ha debatido interminablemente hasta qué punto el afrikaans es una lengua opresiva, demasiado identificada con el régimen del apartheid sudafricano característico de la segunda mitad del siglo xx hasta la presidencia de Frederik W. de Klerk (1989-1994), o bien es algo más, parte también de la identidad de diversos colectivos oprimidos. De hecho, el afrikaans empieza escribiéndose con caracteres arábigos vocalizados y la primera literatura conocida en esta lengua es la producida en el segundo tercio del siglo xix por la comunidad musulmana del Cabo —importada de Asia desde el xvii— para instrucción religiosa de fieles y conversos. Así que tan, tan apartheid está claro que no lo es.
Leyendo la traducción de la Biblia al afrikaans —In die begin het God die hemel en die aarde geskep. Die aarde was heeltemal onbewoonbaar, dit was donker op die diep waters, maar die Gees van God het oor die waters gesweef...—, a uno le llega algo de la sensibilidad de aquellos ásperos boers voortrekkers de die Groot Trek (la Gran Migración) que en la primera mitad del xix abandonaron la colonia británica del Cabo en busca de tierras al norte donde poder seguir con su estilo de vida tradicionalista y aislacionista. El mío es, desde luego, un sentimiento anacrónico y probablemente autoinducido porque la Biblia —Die Bybel— no se tradujo al afrikaans por primera vez hasta 1933, pero aun así...
Die Bybel contribuyó lo suyo a la consolidación y estandarización del afrikaans, como ha ocurrido con otras muchas lenguas, y hoy en día éste es un idioma que nutre una estupenda literatura. En lo que a mí respecta, leí con sumo placer Triomf, la novela de Marlene van Niekerk de 1994 sobre una familia disfuncional de los suburbios de Johannesburgo hacia el fin de la era del apartheid. Es una obra que se ha calificado a menudo como tragicomedia... Yo he de reconocer que no consigo verle la comedia por ningún lado. Por el contrario, siempre me ha parecido una narración muy bien construida, y hasta cierto punto escalofriante, acerca de la sordidez humana.
Mi siguiente aventura en este terreno de aprendizaje fueron las lenguas escandinavas. Empecé por el noruego —cuya melódica tonalidad me tenía seducido desde tiempo atrás—, seguí con el danés, el sueco, el islandés y terminé con el noruego antiguo (vikingo) y el anglosajón (Old English). Esta última, aunque geográficamente hablando no es escandinava, no difiere mucho de todo el conjunto. Tenía mucho interés también en el faroese, pero no hallé modo de acceder a él. Las tres primeras lenguas mencionadas, por otra parte, son muy similares y pasé de un manual a otro sin solución de continuidad. El Teach Yourself de noruego es uno de los mejores que he encontrado. El de danés, no tanto; en especial, las grabaciones parecen hechas por aficionados que, más que entonar, distonan cuando hablan, como alumnos de colegio al leer con inseguridad un texto que no conocen.
Además de los manuales, y a fin de entrenar el oído, me pertreché de series de televisión escandinavas en DVDs de la colección Nordic Noir: Dag (2010), Okkkupert (Occupied, 2015), Nobel (2016) y Valkyrien (2017) para el noruego; Rejseholdet (Unit One, 200), Livvagterne (The Protectors, 2009) y Bedrag (Follow The Money, 2016) para el danés; Bron/ Broen (The Bridge, 2011) y Arne Dahl (2011) para el sueco; y finalmente Ófærð (Trapped, 2015) para el islandés. Todas ellas son excelentes, pero pocas veces me he reído tanto como con los episodios de Dag, una comedia en la que Atle Antonsen interpreta al psicólogo de parejas obeso y baconófilo Dag Refsnes en las sesiones de terapia más surrealistas que uno pueda imaginar.
Es curioso cómo suenan en mi oído las tres primeras de estas lenguas: el noruego, musical; el danés, como en boca de alguien un poco bebido, sobre todo al pronunciar esas ds resbaladizas que nunca llegaré a saber articular bien; y el sueco, enfático y pomposo. Cuando en uno de los episodios de esas series aparecía un personaje hablando una lengua distinta del resto —por ejemplo, en sueco o danés en una serie noruega—, tardaba un tiempo en darme cuenta de la diferencia de código y sólo acababa percibiéndola por la tonalidad del discurso. En cuanto a los personajes, no tenían ninguna necesidad de cambiar de lengua para entenderse entre ellos perfectamente. Convertir el lenguaje en una excusa para no entenderse, como ocurre en esos ámbitos idiomáticamente reivindicativos, es algo que, a juzgar por las mencionadas series, no parece muy extendido en el área escandinava.
No llegué a leer nada en danés, pero en noruego leí Politi, de Jo Nesbø y sigo leyendo la Biblia (Bibelen) regularmente. Pero mi gran aventura en estas lenguas fue el poema sueco de Harry Martinson (1904-1978) Aniara. En nuestra tradición literaria europea, ésta es una obra singular en la que convergen poesía de extrema calidad y ciencia ficción. Narra las aventuras y desventuras (más bien lo segundo) de la nave espacial Aniara que, por impacto de un meteorito, pierde el sistema de navegación y acaba flotando interminablemente a la deriva con su pasaje y su tripulación. En cierto sentido, puede decirse que Aniara explora la búsqueda de sentido —y de lo frágiles que resultan los sentidos encontrados— en medio del despropósito y la pérdida de destino. Publicada en 1956, Aniara dio lugar a una ópera en 1959 y a la excelente película sueca de Pella Kagerman y Hugo Lilja en 2018. Harry Martinson, que recibió el Nobel de Literatura en 1974, se hizo el hara-kiri con unas tijeras cuatro años después, presuntamente por no encajar bien las críticas que siguieron a su galardón.
Dentro de este grupo de lenguas, el vikingo es un caso aparte, más complejo que noruego, sueco y danés, pero de una dificultad similar al islandés. Declina nombres, adjetivos y pronombres según cuatro casos, como el alemán, y las conjugaciones son morfológicamente más ricas que en sus descendientes lingüísticos. La necesidad de asimilar el alfabeto rúnico o futhark en sus diversas versiones —antiguo, nuevo, de rama corta y de rama larga— complica pero enriquece la experiencia. Los libros de Jesse L. Byock (Viking Language 1 & 2) constituyen una ayuda inapreciable. Espero algún día llegar a saber lo suficiente como para leer las Sagas en su lengua original y, sobre todo, la Edda Poética, de la que acabo de recibir una extraordinaria edición dual (noruego antiguo/ inglés) de Edward Pettit.
Después de la aventura escandinava tuve pocos e intrascendentes escarceos con nuevas lenguas. En el 2018, quince días antes de un curso de tiro táctico cerca de Poznan, me atreví con el polaco. Ingenuamente pensaba que, teniendo la base del ruso, no me resultaría complicado. Pero el manual —nuevamente un Teach Yourself— es quizá el peor de todos los de la serie que he tenido entre mis manos y perdí pronto el interés. Aprendí, eso sí, a saludar, a dar las gracias y a pedir por favor cuatro cosas de primera necesidad... muy poco para una región polaca donde la gente no quería saber nada ni del alemán ni del ruso, lenguas ampliamente habladas allí en otros tiempos y en las que sí me habría podido entender.
Después de mi efímera incursión en el polaco, llegó el yiddish, con el manual de Assimil, que constituye una buena introducción a esta lengua. Expresado en términos muy simplistas, el yiddish viene a ser un dialecto del alemán escrito alternativamente con caracteres hebreos vocalizados leídos de derecha a izquierda, o bien con caracteres latinos leídos en la dirección habitual. Sabiendo alemán y habiendo estudiado hebreo clásico, el yiddish no presentaba gran dificultad para mí. Me interesaba sobre todo ver las estrategias utilizadas para escribir alemán con el alefato hebreo y analizar la respuesta psicolingüística de mi cerebro al tropezar con palabras representadas mediante caracteres distintos de aquellos con las que yo las tenía tradicionalmente asociadas. Por ejemplo, sabiendo que Schirm es (entre otras cosas) “paraguas” en alemán, ¿reconozco el “paraguas” al verlo escrito שירעם, con pronunciación shirem? En mi caso, al leer yiddish en letras hebreas experimento un desfase, en términos de reconocimiento, entre lo que inmediatamente podría entender y lo que acabo entendiendo, lo que me sugiere que parte de la comprensión de un texto escrito con caracteres alfabéticos es también puramente visual, o formal, como ocurre —aunque de modo distinto y más definitivo— en la decodificación de sinogramas.
Al tiempo de escribir mi Kanjirama se hizo oportuno adquirir cierta familiaridad con el manchú. Ésta es una lengua tungús que, de acuerdo con la hipótesis del grupo altaico extendido, habría sido algo así como prima hermana del japonés. Sea como sea, el manchú forma parte del Sprachbund al que pertenecen el chino y el japonés, pero en lugar de adoptar los sinogramas, como hicieron los pueblos de la esfera de influencia china, optaron por un alfabeto derivado del mongol (que, a su vez, deriva del uyghur) en la segunda mitad del xvi. Se trata de un sistema de escritura muy bello, muy artístico, trazado en columnas de arriba abajo y de izquierda a derecha, que no me pareció particularmente eficiente cuando lo estudié, pero que (sospecho) ha ayudado a que el manchú no se sature de homófonos como le ha ocurrido al japonés a causa de los kanjis.
Las últimas lenguas a las que me he atrevido a lanzarme son el egipcio jeroglífico y el copto... pero la aventura es todavía muy reciente para explicar algo. Por otro lado, mi contacto con el árabe, el hitita y el maya fue muy breve y superficial para prestarles atención aquí.
¿Qué es lo que queda, finalmente, después de todo este viaje filológico de más de seis décadas? Unas cuantas lenguas de uso habitual —inglés, francés, alemán, italiano, portugués y noruego— que puedo leer fluidamente; otras de uso menos habitual —holandés, afrikaans, sueco, noruego, ruso, hebreo clásico, anglosajón e inglés medieval— que me obligan en mayor o menor medida, según la dificultad de los textos, a emplear el diccionario, lo que en esta época de la inmediatez del clic es mucho menos trabajoso que en tiempos de aquellos robustos (y maravillosos) diccionarios en que había que cazar la palabra en alguna de sus centenares de páginas... si es que estaba recogida en ellas; por supuesto las nacionales —castellano, catalán y gallego—; otras que visito raramente —yiddish, provenzal— pero que puedo leer sin demasiado problema; otras cuyo estudio continúo —vikingo, latín, japonés—; una, el sánscrito, cuya gramática y sistema de escritura conozco bien, y de la que conservo aún cierto vocabulario; muchas de las que he olvidado lo poco o lo mucho que aprendí en su momento —tibetano, hindi, tamil, acadio, asirio, arameo, ugarítico, fenicio, coreano, islandés, manchú, polaco...—; y muchísimas todavía que me gustaría llegar a aprender: el maltés porque es la única lengua semítica europea, el lituano porque es la más cercana al indoerupeo, el tocario por su contacto ancestral con el chino, el rumano porque parece fácil...
Sin embargo, incluso de las lenguas olvidadas queda cierto “aroma”, cierta sensación de familiaridad, como de viejas amistades a las que no has visto en mucho tiempo pero cuyo contacto te gustaría recuperar. Y queda, por supuesto, cierto conocimiento de su mecanismo que, en cualquier caso, enriquece la experiencia como filólogo. Si pensamos que, en realidad, inglés, alemán, francés, ruso... son abstracciones de los muchos ingleses, alemanes, franceses, rusos... regionales, sectoriales e históricos que existen... ¡bendita sea la Torre de Babel!








