Lenguas, Mis Lenguas - 4
Mi esfuerzo por aprender tamil no sobrevivió a mi último viaje a la India. Otro de los idiomas que iba a quedar empaquetado y embalado en el trastero de la memoria... Durante los ocho años siguientes no me lancé a ninguna lengua nueva, pero en el 2004 me atreví por fin con el extragaláctico japonés. Para entonces, hacía muchos años ya que sentía interés por él. De hecho, pensándolo bien, mi interés era de siempre y venía acrecentado por mi estudio del karate con profesores nipones desde el 73 y por mi viaje a Japón en el 76, a nuestra escuela madre de artes marciales, la Shingi Kai (心技会, “Academia de la Técnica del Corazón”). Si no recuerdo mal, fue a la vuelta de mi breve periplo por Asia cuando compré mi primer manual —Gramática Teórico-Práctica de la Lengua Japonesa para Uso de los Estudiantes de Habla Española, del Reverendo Padre Fray Vicente González— un domingo por la mañana en el mercado de libros de San Antonio. La verdad es que me pareció imposible aprender nada con esta obrita publicada en Tokio en 1972 y la empresa quedó en suspenso durante casi treinta años.
En el 2004, sin embargo, volví al ataque con una profesora japonesa y un rimero de manuales nuevos. El japonés es la lengua a la que he dedicado más tiempo en mi vida y de la que he cosechado los frutos más escasos. Sólo el hecho de poder leer en japonés es una tarea interminable... literalmente. Aun con los 2042 kanjis oficiales aprendidos de memoria y aun habiendo asimilado los dos silabarios (hiragana y katakana) más el alfabeto (roomaji) adicionales, sigue uno sin ser capaz de leer al cien por cien: siempre hay un grupo de kanjis extraoficiales que no conoces y que se cuelan en el texto y, de las palabras escritas con sinogramas, uno no sabe cómo pronunciarlas a menos que las conozca de antemano. Sin embargo, la semiótica de los kanjis es fascinante y ello me llevó a estudiarla en detalle en lo que acabó siendo mi libro Kanjirama: Reflexiones de un Alfabetano sobre el Uso de la Escritura Sinográfica en la Lengua Japonesa, del 2023.
La escritura japonesa, con sus cuatro subsistemas en caprichosa simbiosis, es muy probablemente la más artística que existe... y la más ineficiente. Todas las reformas implementadas desde el gobierno no hacen más que complicar las cosas porque los textos del pasado no desaparecen ni se transforman por decreto administrativo, de modo que para acceder a ellos uno sigue necesitando el sistema o sistemas preteridos... y así, un sistema se va sumando —no substituyendo— a otro, con todas las variantes. Libros escritos antes de la 2ª Guerra Mundial contienen kanjis relegados y otros cuya forma se ha simplificado con el tiempo, así que para poder leerlos uno tiene que conocer más del doble de los sinogramas oficiales (digamos unos 5.000, para ser modestos) más la versión clásica de kanjis que siguen en uso.
Todo este sistema es, además, un callejón sin salida porque el empleo de sinogramas para crear nueva terminología ha generado tal cantidad de homófonos que son numerosísimas las palabras que uno no puede entender hasta verlas representadas por ellos. Si uno escribe, por ejemplo, kaisō en uno de los dos silabarios, hiragana o katakana —cualquiera de los cuales sería en sí mismo suficiente, en principio, para transcribir el idioma japonés—, puede estar significando casi una docena de cosas distintas y no relacionadas: “clase”, “alga”, “recuerdo”, “reorganización”, “reenvío”, “asistencia a un funeral”, “algo que se mueve o navega rápido”, “nivel inferior”, “entierro en el mar” u “orden de la marina imperial”. Y cada uno de estos conceptos se escribe con una combinación distinta de kanjis que, si hace explícito en última instancia el significado, no es auditiva sino visualmente: 階層, 海草, 回想, 改装, 回送, 会葬, 快走, 下位層, 海葬 y 海総 respectivamente.
Pero, por otra parte, a la hora de construir nuevo contenido intelectivo ya sea para filosofía, tecnología, poesía o cualquier otra cosa, los sinogramas resultan una herramienta excelente porque funcionan como “ladrillos” o quanta noéticos de cuya combinación surgen creativas construcciones conceptuales que son más que la suma de sus partes. La palabra orquesta, por ejemplo, kangengakudan (管弦楽団), está formada por los conceptos “tubo” (管), “cuerda” (弦), “música” (楽) y “grupo” (団), de manera que quien “vea” esta palabra por primera vez, aun sin saber pronunciarla, sabrá que refiere “un grupo [que hace o interpreta] música de tubo (esto es, viento) y de cuerda”. Al final el significante sonará un tanto artificioso, cierto, compuesto como está por tres monosilabos (kan, gen y dan) más un bisílabo (gaku) que reproducen en los términos de la fonética japonesa los sonidos de las sílabas chinas originales escritas con estos sinogramas; pero al mismo tiempo esta estrategia permite una expresión más condensada que si se sumasen cuatro polisílabos japoneses para decir lo mismo.
En mi caso, que tengo mayor facilidad para aprender por los ojos que con el oído, esta dimensión visual del japonés me ha generado una especie de reflejo cerebral que hace que cuando escucho este idioma necesite “ver” mentalmente los kanjis de que están compuestas las palabras que oigo. Por supuesto, de este modo mi comprensión va siempre muy por detrás del flujo verbal y pierdo el sentido de lo expresado. No sé qué le ocurre a otros estudiantes de japonés pero, en lo que a mí se refiere, necesitaría dos cursos de aprendizaje independientes: uno ocular y otro auditivo. Sea como sea, a esta primera dificultad lectora añade la complicación gramatical de una lengua aglutinante y la marcada deixis social del japonés, que transforma ostensiblemente el discurso en función de las diferencias de clase entre los interlocutores, y tendrás entre tus manos una aventura filológica como pocas... y una fuente de frustración incesante.
Frustrado o no, en el 2006 me embarqué en el estudio del chino con la idea de añadir un punto de novedad y variación al japonés por la incorporación de una lengua cercana. Es una estrategia de remotivación que funciona sólo durante un breve periodo, hasta que te das cuenta de que lo que has hecho ha sido duplicar la carga de trabajo. Pero entonces siempre puedes triplicarla, como hice yo algo después con el coreano.
He llamado al chino una lengua “cercana” al japonés, pero esto es sólo una verdad geográfica. Dejando aparte la escritura, que tras la simplificación maoista de los caracteres tradicionales, ni siquiera coincide, chino y japonés no pueden ser más distintos: el chino es monosilábico, fonéticamente rico y tonal; el japonés es polisilábico, atonal y con una fonética tan austera y monótona como la del castellano. Gramaticalmente hablando, el chino es sencillísimo; el japonés, inasequible. Tuve la suerte de encontrar una profesora de mandarín encantadora. Lina Sun era bonita, metódica, inteligente y divertida. Estaba realizando un máster en la universidad, no recuerdo de qué, y vivía junto a la Plaza de Cataluña en casa de una familia española. Avancé en esta lengua mientras ella pudo darme clase, después traté por un tiempo de conservar lo aprendido...
El coreano lo estudié con mi querida Dong Shil. Dong Shil era bella, explosiva, dramática, caótica, festiva. Estaba permanentemente sumergida en algún drama, ya fuese laboral o de convivencia, y pasaba de las lágrimas a las risas con la vertiginosidad del clima tropical. Su mascota era un conejo blanco enorme al que llamaba Bomboni y que me recordaba al de Alicia en el País de las Maravillas, sin reloj y sin prisas, pero siempre en un estado de alarma y amedrentada tensión. Estudié coreano con Dong Shil hasta que dejó España por Alemania y luego Bulgaria y finalmente retornó a su Corea del Sur. Aún la echo de menos.
El coreano sí es una lengua cercana al japonés y no sólo en lo geográfico. Estructuralmente son muy similares; fonéticamente no tienen nada que ver. La relación entre ambas sigue sin estar clara y es una cuestión polémica entre lingüistas. Décadas atrás, ambas lenguas se incluían en el grupo de familias altaicas, junto a las turco-mongolas y las tunguses, pero este enfoque tiene escaso consenso hoy en día, si es que le queda alguno. Como el japonés, el coreano se escribía originalmente con sinogramas; después con un sistema mixto de sinogramas y alfabeto hangul; y por último en hangul sin caracteres chinos, que fueron descartados en Corea del Norte por decreto y en Corea del Sur han ido cayendo progresivamente en desuso. Dong Shil, por ejemplo, nacida en los 80, no conocía casi ninguno y me decía que esto era habitual entre las personas de su generación.
“Sinograma” es la traducción literal de lo que en japonés se dice kanji, en chino hanzi, en coreano hanja y se escribe siempre del mismo modo: 漢字, esto es, “carácter chino”. Los sinogramas en coreano son distintos de los chinos simplificados, pero iguales a los que se usan en Japón. Cambia, eso sí, el modo de pronunciarlos. Yo los estudié con el utilísimo libro de Bruce K. Grant, A Guide to Korean Characters, una publicación de 1979 que todavía encuadra el coreano en la familia de lenguas altaicas. No me hacía falta estudiarlos porque con el hangul me sobraba para leer coreano, pero ya los conocía visualmente y tenía curiosidad por saber si había habido cierto desplazamiento de significado entre coreano y japonés. El hangul, por otra parte, una invención de principios del siglo xv promovida por el monarca Sejong el Grande, es muy probablemente el alfabeto más científico, eficiente y asimilable que existe. Sus caracteres, formados por líneas rectas y círculos, son de trazo fácil y existe una correlación formal entre las vocales, así como entre las versiones aspiradas y no aspiradas de una misma consonante. Se escribe habitualmente de izquierda a derecha, pero la impronta dejada por el uso de los hanjas ha hecho que las unidades silábicas conserven cierta autonomía formal, con letras superescritas o subscritas, como en la siguiente secuencia:
주말 잘 보내고 수요일날 네시 반에 봐요!
동실
La última palabra, en la segunda línea, es Dong Shil, escrita:






