Logos

Lenguas, Mis Lenguas - 3

Otro puñado de lenguas despertó mi interés durante la carrera, en especial el sumerio, el hitita y el amhárico, cuya escritura ge’ez inspiró el término “abúgida” a Peter T. Daniels en los años 90... pero acabó resultando imposible prosperar en ellas si quería seguir avanzando en las que vertebraban mi programa de estudios. Tampoco en el griego homérico, que afronté en verano del 82 con la gramática de Clyde Pharr, Homeric Greek: A Book for Beginners, pasé más allá de los preliminares. Sí llegué a leer, sin embargo, parte del primer libro de la Iliada, de cuyos primeros versos tomé el nombre de Atreides, seducido por su fonética y todavía más por lo que para mí era su simbología: el primer gran salto de Europa a Asia, con espíritu guerrero y para recobrar la suprema belleza encarnada en Helena:

Μῆνιν ἄειδε θεὰ Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος 
οὐλομένην, ἣ μυρίʼ Ἀχαιοῖς ἄλγεʼ ἔθηκε, 
πολλὰς δʼ ἰφθίμους ψυχὰς Ἄϊδι προΐαψεν 
ἡρώων, αὐτοὺς δὲ ἑλώρια τεῦχε κύνεσσιν  
οἰωνοῖσί τε πᾶσι, Διὸς δʼ ἐτελείετο βουλή, 
ἐξ οὗ δὴ τὰ πρῶτα διαστήτην ἐρίσαντε 
Ἀτρεΐδης τε ἄναξ ἀνδρῶν καὶ δῖος Ἀχιλλεύς.

En traducción de Alexander Pope

Achilles’ wrath, to Greece the direful spring
Of woes unnumber’d, heavenly goddess, sing!
That wrath which hurl’d to Pluto’s gloomy reign
The souls of mighty chiefs untimely slain;
Whose limbs unburied on the naked shore,
Devouring dogs and hungry vultures tore.   
Since great Achilles and Atrides strove,
Such was the sovereign doom, and such the will of Jove!

Más de uno cree que el nombre de Atreides lo descubrí en Dune, pero lo cierto es que Frank Herbert lo encontró también en la Iliada e hizo descender a los Duques de Atreides de los Atreides griegos, los hijos de Atreo, Menelao y Agamenón. Éste es un dato que, curiosamente, acostumbran a pasar por alto los fans de la saga.
 

Iliada

Durante unos años conseguí refrenar mi curiosidad... más aún, mi voracidad por las lenguas, pero en verano del 86 viajé a la India con unos amigos americanos. Tuve apenas quince días para planear el viaje y, como una buena parte de las tres semanas allí íbamos a estar en el Himalaya, cerca de una zona de refugiados tibetanos llamada Happy Valley, no pude resistir la tentación de estudiar algo de su lengua. Tenía desde hacía años en mi biblioteca el manual de Charles Bell, Grammar of Colloquial Tibetan, y tenía además una buena dosis de ingenuidad para pensar que con sólo el texto, sin entrenar el oído, sería capaz de establecer un diálogo, por elemental que fuese, en tibetano. Pero durante aquellos quince días previos al viaje me volqué en la gramática de Bell, asimilé en seguida el sistema de escritura, derivado del devanagari, memoricé unos cientos de palabras, estudié todas las lecciones e hice todos los ejercicios del libro... Y todo lo que llegué a conseguir aquel estío con mi tibetano fue cruzar una única frase con un monje del templo de Happy Valley. 

Happy Valley 1

¿Desproporcionado... el esfuerzo respecto del resultado? El recuerdo de aquel instante, tan vívido en mí todavía, vale todas las horas que dediqué a esta lengua incluso multiplicadas por diez. Encontré al monje en la amplia terraza del templo, mirando por encima de la barandilla a un horizonte himalayo que parecía extenderse hasta el infinito. Era media tarde. Lloviznaba y el día era más bien frío, pero el monje vestía una sencilla túnica de rojo apagado, sin mangas. Aparentaba entre cuarenta y cincuenta años. Cuando me acerqué a él me observó desde un sosiego tan inalterable que parecía indiferencia. Nos sonreímos. Me preguntó de dónde era en un tibetano que pude (o creí) entender. No sabía cómo decir España en su lengua, así que lo dije en la mía. Me preguntó dónde estaba mi país. Le respondí en tibetano: “Lejos al oeste de aquí.” Asintió con la cabeza como si me entendiese... quizá lo hizo, no lo sé. Nos quedamos los dos mirando el horizonte y no nos dijimos nada más pero, de algún modo, aquel momento fue perfecto. Todo alrededor, la humedad del aire, los olores, la compañía, el paisaje de montes colosales y valles primigenios, las nubes en lo alto, los jirones de niebla empujados hasta allí desde el camino de Mussorie en cuya desembocadura había decenas de tenderetes tibetanos con todo tipo de baratijas... todo se confabuló para contagiarme la serena imperturbabilidad del monje y esculpir en mi memoria un recuerdo indeleble.

Happy Valley 2

Tres años después estaba en la India de nuevo, pero esta vez en el sur, en Pondicherry, la excolonia francesa en territorio tamil. Había ido a conocer el ashram de Sri Aurobindo y entre mi bagaje lingüístico llevaba un buen equipamiento de sánscrito y un hindi incipiente. Enseguida descubrí que intentar hablar a los tamiles en hindi era poco menos que insultarlos. Por poco que te entendiesen, preferían que les hablases en francés o en inglés. Algo les sonaba... y lo que no entendían lo imaginaban. En el ashram, sin embargo, conocí a Lata, la profesora de español en el instituto Sri Aurobindo: una púnjabi que hablaba más de una docena de lenguas y todas bien, entre ellas español (obvio), italiano, portugués, alemán, francés, inglés, hindi y tamil. Cuando se me ocurrió contarle que estaba estudiando hindi pero que nadie en la calle parecía dispuesto a querer entablar conversación conmigo en este idioma, se empeñó en que los domingos por la mañana fuese a su casa a ver una serie de televisión en hindi célebre en aquella época, ni más ni menos que el Mahabharata.

Lata era una persona a la que no había modo de decirle que no. No había excusa que valiese: siempre encontraba el modo de contraatacarla, superarla y neutralizarla. Era incapaz de comprender o de aceptar lo retóricas que son las excusas a menudo y simplemente quedarse con la idea de Bueno, al pobre tipo no le apetece el plan, qué le vamos a hacer... Así que mis domingos matinales se transformaron en aquel rito televisivo, como una reedición de la misa de otros tiempos. La cosa tenía no poco de surrealista. Lata no se hablaba con su madre y la buena señora, que si entendía hindi no lo chapurreaba en absoluto y mucho menos el inglés, estaba siempre —y siempre es siempre— delante del televisor. Yo entraba, saludaba a la matriarca con propiciatoria gestualidad y acababa sentado entre aquellas dos mujeres que se miraban con ojeriza y que podían insultarse escandalosamente sin decirse una sola palabra. Era chocante, incomprensible para mí porque Lata, en aquel ashram, venía a ser a todos los efectos una monja.

Cada capítulo del Mahabharata duraba eternamente y era de una lentitud apabullante, explorando todos y cada uno de los matices de la vida interior de los personajes a través de una pintoresca variedad de gestos faciales y de diálogos interminables de los que yo entendía, como mucho, el 5%. Por el contexto, tenía una idea aproximada de lo que estaba ocurriendo en la pantalla, porque había leído la obra en traducción inglesa, pero a partir de cierto punto sólo podía pensar en el momento en que aquella logorrea incomprensible terminaría y yo podría por fin salir de allí, libre del bienintencionado despotismo de Lata.
 

Lata

Ni que decir tiene que acabé odiando el hindi, aunque la verdad es que es una lengua divertida. A través de la ventana de un sánscrito muy simplificado, uno puede apreciar varios préstamos del árabe — किताब (kitab, “libro”), आदमी (ādami, “hombre”), शुक्रिया (shukrīyā, “gracias”)...—, algunos de los cuales yo podía comprender desde el hebreo, y numerosos anglicismos. En ocasiones, escuchando a un par de personas hablando en hindi, uno oye de repente toda una secuencia en inglés, como cuando dos catalanes castellanoparlantes lanzan una frase entera en catalán por una cuestión de énfasis. El inglés parece haberse colado en el hindi casi tanto como en japonés, pero de una forma mucho menos distorsionada.

Después de aquel verano no volví a tocar mi manual de hindi, que, por cierto, es uno de los peores de la colección Teach Yourself. Creo que cada vez que iba a abrir el libro me acordaba de la tortura del Mahabharata televisivo, de las horas perdidas frente a aquellos personajes ridículamente bigotudos hablando con impostada solemnidad, y se me quitaban las ganas... O quizá fue sólo la pereza de continuar. Fuera como fuese, en mis siguientes viajes a Pondicherry puse más atención en el tamil. Sri Aurobindo, especialmente, había despertado mi curiosidad en esta lengua al escribir que la separación en la India entre lenguas indoeuropeas (a las que pertenece el sánscrito) y drávidas (entre las que se hallaría el tamil) es una espuria presunción de los filólogos occidentales. De acuerdo con él, sánscrito y tamil derivan de un mismo protolenguaje perdido. En su análisis, Sri Aurobindo tiene en cuenta, no sólo los desplazamientos fonológicos de una lengua a otra observados por la filología convencional, sino también los corrimientos de significado: sentidos de una misma raíz que pueden parecer irreconciliablemente distintos en sánscrito y en tamil llegan a resultar la transcripción simbólica uno de otro en la investigación aurobindiana. Aplicado este principio a la comparación entre el sánscrito (indoeuropeo) y el hebreo (semítico) podríamos llegar a suponer que ārya (आर्य, “noble, excelso, superior”) y ari (אר', “león”) provienen de una misma raíz que habría derivado en dos significados muy distintos, si bien vinculados simbólicamente.

A mediados del 96 volví por cuarta y última vez al sur de la India y viví unos meses en Auroville, la ciudad internacional vecina de Pondicherry y el mayor zoológico de egos espirituales que he conocido en mi vida. Sea como sea, un pequeño grupo de amigos hallamos un profesor de tamil viviendo allí y concertamos una clase semanal con él... de nuevo los domingos por la mañana. El tamil se escribe con un abúgida endiablado que me costó lo suyo aprender. Suena como si agitases un montón de guijarros en una coctelera y al dejar de sacudirlos gimieses “mááááááááááááâ!” Pero el problema fundamental que teníamos todos con esta lengua era la diglosia tan marcada que existía entre el tamil de escuela, culto, y el de la calle. Por más que nos esforzásemos no había manera de comunicarse en tamil con las mujeres de la aldea que venían a Auroville a hacer servicios de limpieza y similares. Nos dirigíamos a ellas con una sonrisa y las cuatro palabras que habíamos aprendido en clase... y nos miraban como si fuésemos subnormales balbuceando insensateces, a punto de caernos la baba. No muy estimulante, la verdad. Intenté animarme añadiendo a mi Simple Tamil, A Eurotone Course la lectura de The Tamil Alphabet and Its Mystic Aspect de Manickam Naicker, pero ni así. Tenía que haberlo supuesto, el título de este último es de lo menos auspicioso: la escritura tamil no es ni siquiera un alfabeto.
 

Tamil