Logos

Lenguas, Mis Lenguas - 2

A los diecinueve años me atreví por fin con el sánscrito, cansado de leer versiones de segunda mano del Bhagavad Gita, los Upanishads y los Vedas, y animado a ello por un ex-monje de Montserrat que por aquel tiempo estaba finalizando su tesis de indología en Lancaster (publicada posteriormente como The Sacrifice in The RigVeda: Doctrinal Aspects) y venía a ser algo así para mí como un mentor. Era la primera vez que me enfrentaba a un sistema de escritura distinto del latino y del griego, y tan complejo en relación a ellos: no un mero alfabeto como en el caso de estos últimos, sino un abúguida —o alfasilabario—, esto es, un tipo de escritura en la que las vocales tienden a representarse como apéndices de las consonantes o son incluso inherentes a ellas, como la a en el caso del sánscrito. Ésta es una lengua con una fonología rica, de 50 fonemas representandos por otros tantos grafemas que, al igual que las letras hebreas en la Cábala, se hallan sacralizados en el Tantra y simbolizados por el collar de 50 cabezas  que adorna el cuello de la diosa Kali. Los lingüistas clásicos hindúes ponen mucho énfasis en el hecho de que la fonemática sánscrita cubre todo el espectro de los sonidos que puede emitir el sistema fonador humano. La célebre sílaba AUM (OM), que comienza por una A traqueal y sigue con una U velar que acaba mutando en una M labial vibrante, recorre, se supone, todo el trayecto de lo pronunciable... de ahí que sea el mantra o cuerpo vibracional sonoro del universo, de la creación. Su representación gráfica característica es una ligadura del devanagari औम् en la que quedan representados el bindu (punto de extrema concentración vibracional), el nada (la expansión vibracional en forma de media luna bajo el punto) y los tres planos de la manifestación fenoménica en forma de un grafema de tres bucles debajo del punto y la media luna. Todo muy a lo Big Bang...

AUM

La aventura del sánscrito y el devanagari me parecía fascinante. El futuro guardaba entre sus pliegues para mí cerca de una veintena de desafíos similares, pues en un momento u otro tuve que afrontar el alfabeto cirílico, el alefato hebreo clásico y el cursivo, el sistema de escritura ugarítico, acádico, árabe, tamil, tibetano, las tres modalidades japonesas (kanji, hiragana y katakana), el chino, el hangul coreano, el manchú, el futhark nuevo y el viejo, el sistema egipcio y el alfabeto copto...   Pero, de momento, estudie con devoción los dos volúmenes del jesuita R. Antoine: A Sanskrit Manual for High Schools I & II; seguí con la edición del The Bhagavad Gita: Original Stanzas - Split up Reading - Transliteration - Word for Word Translation - a Lucid English Rendering and Commentary de Swami Chidbhavananda y acabé con A Vedic Reader for Students, de Arthur A. Macdonell... todo ello en fotocopias proporcionadas por el bendito ex-monje.

El sánscrito es filológicamente apasionante porque, entre otras cosas, intenta sistematizar y reflejar en la escritura las fluctuaciones fonéticas de partes de las palabras en contacto con otras secuencias verbales a lo largo de la frase. De ahí que el devanagari sánscrito — a diferencia del hindi— no introduzca separaciones entre palabras, sino entre segmentos de la frase que, al menos en teoría, son los que el hablante pronuncia sin solución de continuidad, como si en español escribieses: miabobadahermanaesimpresentable. A eso une las mutaciones de las letras que constituyen los nexos de unión de los diferentes segmentos al entrar en contacto entre sí (miabobadaimanaīmpresentable) y tendrás una ortografía que no sólo confunde por sí misma, sino que además enmascara las terminaciones de una lengua hiperdeclinada e hiperconjugada convirtiendo su decodificación en un gran quebradero de cabeza para el lector.

Sanskrit

Dejé el sánscrito temporalmente durante mi carrera de filología para retormarlo entre los años 86 y 92, en el periodo de mis primeros viajes a la India. En el último de ellos me sentí lo bastante seguro como para traerme una maleta con los 19 sólidos tomos de la edición crítica del Mahabharata: un esfuerzo épico (no sólo la publicación de los 300.000 versos de este clásico en sánscrito, sino el de transportar el resultado hasta la otra parte del planeta) que aún espera mi atención tras todos estos años.

Mahabharata en sánscrito

Después de un año de biología y dos de derecho, que por circunstancias distintas no consiguieron despertar mi pasión académica en aquel momento, filología fue una decisión excelente para alguien hambriento de lenguas como yo. Desde el punto de vista puramente “práctico” —del pragmatismo laboral, quiero decir— mi opción del Departamento de Hebreo y Arameo era sin duda un callejón sin salida, pero ¡qué orgía idiomática! Entre las asignaturas comunes a todas las filologías, hice algo de latín, leí en provenzal a los trobadores y empecé con el ruso, que me permitiría años después traducir uno de mis libros preferidos de Dostoyevski, Memorias del Subsuelo, publicado por DVD Ediciones en 2005.
 

Dosto

En mi especialidad, aprendí hebreo clásico, estudié con escaso interés hebreo medieval y moderno, trabajé el arameo y, gracias a mi gran mentor Gregorio del Olmo, me sumergí extracurricularmente en el ugarítico, fenicio y finalmente acádico con sus derivaciones asiria y babilónica.

No se trataba sólo de un puñado interesantísimo de lenguas indoeuropeas y semíticas, sino también de una apasionante variedad de sistemas de escritura: el cirílico, un alfabeto tan bien adaptado a las lenguas eslavas que la opción del polaco por el alfabeto latino se paga en términos de una sopa de consonantes y de signos diacríticos tal que el mero hecho de contemplar un texto da vértigo; el abyad —o alfabeto consonántico— hebreo, en el otro extremo de la riqueza grafo-fonémica glagolítica con sus 22 exclusivas y sacramentales consonantes, en pugna histórica consigo mismo por hacer explícitos los sonidos vocálicos entre las hieráticas letras legítimas; el abyad ugarítico con sus 31 signos gráficos cuneiformes, una destilación extraordinariamente simple y útil del proliferante sistema sumerio; y finalmente el silabrario acádico que, al contrario del ugarítico, lo que hace con el sistema logográfico-silábico tomado de Sumer es rizar el rizo de su complejidad, manteniendo el significado y pronunciación sumeria de muchos grafemas, pero incorporando a ellos la pronunciación acádica. Éste procedimiento, que siglos más tarde aplicarían los japoneses a los sinogramas heredados de su gigantesco vecino ultramarino añadiéndoles lecturas KUN, esto es niponas, pero sin descartar la lectura china —ON— original, es el que el profesor Jun Ikeda ha denominado kunogénesis, estudiando el paralelismo entre el japonés temprano y el acádico en su asimilación de los sistemas chino y sumerio respectivamente en un brillante artículo del 2007: “Early Japanese and Early Akkadian Writing Systems —A Contrastive Survey of Kunogenesis”.

No puedo ni llegar a describir la emoción que me invadió cuando por fin tuve en mis manos la fotocopia de una tablilla de arcilla acádica y afronté su traducción. El texto era poco más que la lista de la compra de un templo, productos que adquirir para uso y alimentación de los sacerdotes, pero era un mensaje que me llegaba desde cerca de cuatro milenios atrás y me hablaba directamente a mí, en una lengua que podía entender, diciéndome: “Mira, nosotros, tan alejados de ti en el tiempo, el espacio y la cultura, también éramos hombres y teníamos necesidades no muy distintas de las tuyas”. Esto, obviamente, era el metatexto, no lo que decía la arcilla. Y lo de que la podía entender... bueno, sí, con no poco esfuerzo y mucha ayuda del diccionario acadio-alemán de Von Soden, Akkadisches Handwörterbuch, encargado en la librería Herder por 40.000 pesetas de los años 80. Porque, tras la emoción vino la desesperación al constatar que el escriba de turno no era tan metódico con la ortografía como Von Soden en su Grundriss der Akkadischen Grammatik y las cuñas infligidas a la arcilla no estaban tan perfecta, definida y distintamente trazadas como en los libros impresos.
 

Acadio

El acadio no fue la única fuente de fascinación. El hebreo bíblico me parecía admirable. Por fin tenía la posibilidad de leer en su propia lengua todos aquellos relatos que había estado oyendo desde pequeño, en una era en que la —así llamada— “Historia Sagrada” formaba una parte esencial de nuestras vidas: Adán y Eva y la eterna pregunta de por qué tenemos que pagar todos nosotros por el capricho y la incontinencia de aquella maldita mujer; José y sus hermanos, novelizado siglos después por Thomas Mann en su tetralogía Joseph und seine Brüder; la épica de David, que tiene no poco de artúrica y a la que la reciente serie de televisión, The House of David, le ha dado un toque a lo Señor de los Anillos...

El hebreo bíblico no es una lengua particularmente difícil. Está vertebrada en torno a un sistema verbal formado por lexemas que consisten siempre en raíces triliteras — ארר,רכב ,עבר...—, de manera que, conociendo el significado de la raíz y los patrones que el hebreo sigue para formar nombres y adjetivos, uno tiene una idea muy aproximada del término al que se está enfrentando aunque no lo haya incorporado todavía a su propio vocabulario. Por ejemplo, רכב (rkb) es “cabalgar, montar”, de ahí rikbah (“el acto de montar”), rakāb (“auriga”), merkāb (“carro”, “montura”) y merkābāh (“carro, carro de combate”). En algún kabalista —no recuerdo ahora mismo dónde— leí que cada una de las letras de la raíz trilítera representa uno de los planos del mundo fenoménico: materia, vida y mente... No me siento capaz de decir hasta qué punto esto tiene sentido más allá de una mera especulación esoterizante. El sistema verbal es además muy sofisticado. Tiene siete voces —activa, pasiva, intensiva activa, intensiva pasiva, causativa, causativa pasiva y reflexiva— y en la segunda y tercera persona del singular más la segunda del plural distingue entre género masculino y femenino. Memorizar la conjugación de cualquier verbo, por tanto, no es fácil; pero reconocer su forma durante la lectura es relativamente simple, si uno tiene en la cabeza los paradigmas elementales de formación verbal.

El arameo no es complicado, una vez se conoce el hebreo. La diferencia entre estas dos lenguas viene a ser similar a la que existe entre castellano y catalán. Yo lo estudié con el profesor Díez Merino, un sacerdote católico al que, por alguna razón desconocida para mí, yo le había resultado profundamente antipático durante el curso anterior en la asignatura de “Historia de Israel”. Pero en “Arameo” cambió totalmente de actitud; si no, la verdad, habría sido un infierno para él y para mí aquel año, puesto que yo era el único alumno en clase. Hicimos arameo desde el siglo ix a.d.C. hasta el siglo iii d.C. a través de la Aramäische Chrestomatie de J. J. Koopmans y ello me abrió la puerta, entre otras cosas, a los capítulos en arameo de los libros de Daniel y Ezequiel, que están entre lo más esotérico del Antiguo Testamento.
 

Ezequiel

En la filología de aquel tiempo (1978-84), los tres primeros cursos eran de asignaturas comunes a todas las ramas —salvo una de ellas—, mientras que los dos últimos eran de especialización. En el Departamento de Hebreo y Arameo, mi especialidad, yo era el único alumno de mi promoción, aunque a algunas de las asignaturas asistían también una chica de historia, otra del Departamento de Árabe y una monja madurita que desesperaba al profesorado porque se empeñaba en leer hebreo de izquierda a derecha, esto es, al revés de como se escribe. Una de las asignaturas comunes (relativamente) de tercero obligaba a elegir una lengua adicional, distinta de aquella a la que pensabas dedicarte. La oferta no era demasiado amplia y de la media docena de opciones posibles yo escogí el ruso, que por entonces era la única desconocida para mí.

No negaré que en mi decisión había cierto deseo de tocar las narices a mis padres, que eran furiosamente anticomunistas y odiaban a los rusos. Y no es que yo tuviera ninguna simpatía por la Unión Soviética y mucho menos por sus voceros en Occidente, que no supieron dónde meterse cuando todo aquel sistema se vino abajo, pero amaba la música y la literatura rusa. Había leído ya las Obras Completas de Dostoyevski en la edición de Aguilar de 1946 —las 4.500 páginas condensadas en dos tomos bíblicos traducidas por Rafael Cansinos Asens— y me despertaba cada mañana con Los Bateleros del Volga cantada por los coros del ejército ruso. Este Cansinos Asens, por cierto, era el que una noche estrellada en Buenos Aires le dijo a su amigo Borges: “Borges, ¡puedo saludar a las ehhtreshas en catorse leeenguas!” Además de saludar ehhtreshas hacía otras muchas cosas con sus catorne lenguas, como lo demuestran sus traducciones de la obra completa de Goethe desde el alemán y de Las Mil y una Noches desde el árabe, entre otras.
 

DOSTO

Sea como sea... La profesora de ruso sí era de las tenían simpatía por los soviéticos. Quizá demasiada. Y al contrario de mí, no por tocar las narices a su padre, que era un conocido comunista. Pero, además de comunista, aquella tía era también muy señorita y lo de ir a primera hora a dar clase a un único alumno del turno de mañanas se le hacía antipático. En el fondo tiene sentido... por aquello del colectivismo soviético y su desprecio de lo individual. Pero yo no podía asistir por la tarde a sus clases colectivistas porque tenía mi trabajo como instructor de karate, así que me remitió a una amiga suya, Coral Climent, para clases particulares que me preparasen para el examen final... Nunca se lo agradeceré bastante.

Del ruso me llamaron la atención dos cosas: su sistema verbal y lo mucho que disfrutan hablando los rusoparlantes. El primero, con sus aspectos perfectivo (acción orientada a un resultado, terminada con éxito) e imperfectivo (acción incompleta, en progreso, habitual...) y la precisión de sus verbos de movimiento, es extraordinariamente eficiente. En cuanto a lo segundo, lo que puedo decir es que cada vez que he tenido la oportunidad de hablar con un ruso no me ha dado ocasión de hacerlo más allá de unas pocas interjecciones, sólo me ha dejado escuchar su incontenible monólogo. Ves a tu interlocutor paladeando (literalmente) sus fonemas en la boca, con notables movimientos de lengua, labios y mejillas como si estuviese gozando de un dulce exquisito que no quiere acabar de lengüetear... es hipnótico. Muy distinto de los pucheros cursis que hacen los franceses al hablar y en el otro extremo de la inexpresividad facil japonesa al soltar sus lacónicas y urgentes andanadas con el sonido de una canica que rueda por el asfalto.

JAPO