Lenguas, Mis Lenguas - 1
No puedo evitarlo por más que lo intente. Las lenguas son para mí causa de fascinación interminable. Ansío conocerlas todas y cada una de las que me eluden me provoca constante frustración. Siento —ilusamente, sin duda— que de la suma de todas ellas en mi cabeza emergería por fin el Lenguaje, el Logos primario, el Código Fuente de lo que nos hace seres parlantes y —porque podemos nombrar las cosas— seres, también, pensantes... (unos más que otros, sin duda). “He who would track language to its lair must indeed end as omniscient”, escribe P. Yogananda.
Porque, en definitiva, ¿qué es una lengua, si no uno de los miles de softwares (o brainwares) a nuestra disposición para nombrar, pensar y articular el mundo de nuestras percepciones y elucubraciones? Y siendo así, ¿no es cierto que cada una lo nombra, piensa y articula de acuerdo con su propio élan y peculiaridades? Uno no piensa el mundo igual en español que en inglés, alemán o japonés... aunque es bien verdad, por otra parte, que para la mayoría aprender una lengua es trasplantar de su brainware nativo al brainware foráneo parte de su capital terminológico y su propio modo de configurar la realidad.
Ejemplo: un familiar mío es —médicamente hablando, me refiero— borderline y, sin embargo, dice que “sabe” cuatro lenguas extranjeras. ¿Cómo se explica? Sencillo: su capital terminológico en español no pasa de 500 palabras; eso es todo lo que él necesita para expresar su microcefálica realidad. Si todo lo que uno tuviese que asimilar de una lengua fuesen 500 palabras, un cerebro normal podría aprender una por semana sin demasiado esfuerzo.
Pero ¿qué es realmente hablar una lengua en este mundo babelizado? La pregunta “¿cuántas lenguas hablas?” —“hablas” aquí como sinecdoque de “conoces”, la parte por el todo— no sólo es imprecisa: es colosalmente espuria. Nadie conoce una lengua, es decir, nadie domina una lengua por completo, ni siquiera la propia. Y los chinos y japoneses ni tan sólo conocen al cien por cien sus respectivos sistemas de escritura. Acostumbramos a decir que “hablamos” inglés, francés o italiano... cuando hemos convertido uno de estos códigos en un instrumento lo bastante eficaz como para expresarnos verbalmente, o comprender auditivamente, o leer, o escribir, o cualquier combinación de algunas de las cuatro funciones anteriores, de manera que interactuemos más o menos fluidamente con personas, publicaciones o culturas que usan primariamente uno de esos códigos en cuestión.
Como ávido lector, entusiasta cinéfilo y filólogo, las lenguas son primordialmente para mí herramientas básicas de acceso a la literatura artística y técnica, a la filmografía y cultura de otras naciones, así como organismos cuyo mecanismo, funcionamiento y capacidad para pensar el mundo me interesan de modo especial. Comunicarme verbalmente con el resto de mis semejantes o desemejantes es algo secundario en mi caso, cuando no un estorbo. Así que hablarlas o escribirlas queda relegado para mí a un nivel auxiliar y meramente pragmático.
Una de las poquísimas decisiones pedagógicas sanas que tomaron mis progenitores en su momento fue mandarme al colegio alemán ya en el Kindergarten. Lo bueno de aprender una lengua extranjera desde muy pequeño es que, por una parte, no necesitas un vocabulario muy extenso ni sofisticado para expresar todo tu mundo y, por la otra, tus órganos fonadores son todavía plásticos, esto es, no están anquilosadamente configurados para la pronunciación del grupo específico de fonemas de tu lengua nativa. Así que hablas sin acento, saltando de un código al otro con una facilidad que te envidiarás a ti mismo cuando tu capital terminológico haya crecido de forma desigual, desequilibrando la balanza en favor de la lengua que hablas cada día.
Por supuesto no aprecié el alemán como brainware hasta mucho más tarde. Alemanes hay muchos... y no pienso ahora en los diferentes dialectos, algunos de ellos incomprensibles entre sí, como los que se hallan en los extremos lejanos del espectro del bayerisch, por ejemplo. Me refiero aquí a los niveles de dificultad del propio alemán estándar: no es lo mismo leer la saga noir de Volker Kutscher (de la que ha salido, por cierto, la magnífica serie televisiva Babylon Berlin) que leer a Hegel.
Puede alegarse que no es lo mismo leer a Corín Tellado que a Ortega y Gasset, y es verdad. Y si metemos por medio a Góngora estamos ya en un nivel de complejidad todavía mayor. Pero, mientras en las lenguas romances la dificultad crece aritméticamente, en alemán, con sus cuatro casos de declinación, su tendencia a la proliferación de subordinadas (cada una de ellas declinada según su función sintáctica), su proclividad a crear dilatados lexemas parasintácticos y su estrategia de colocar el verbo en posición final dando por fin sentido al todo, la dificultad crece geométricamente. Dicho de otro modo (y de un modo un tanto polémico, quizá): leer en alemán te hace más inteligente. Obliga al cerebro a expandirse y coordinar sus funciones de asimilación a fin de retener los contenidos lingüísticos y metalingüísticos de un mensaje incremental cuyo desenlace llega al término de la oración, al darte de bruces con el verbo principal. Toda esta disquisición puede parecer muy esotérica, pero la pura verdad es que leyendo en alemán complejo la sensación física en mi cabeza es que el cerebro se expande del mismo modo que unas abrazaderas tienen que extremar su apertura para ceñir un objeto más grande.
Nada de esto lo aprendí en el colegio, desde luego. Si lo hubiera hecho, mis notas habrían sido mejores y no habría pasado cada curso dándome en los dientes con el canto del mero aprobado. Mientras tanto, en mi casa estaba constantemente expuesto al gallego, portugués, italiano, francés y catalán. Mi padre, que nunca pudo con el alemán, tenía facilidad para las lenguas romances y un don especial para imitar acentos: en Mallorca hablaba mallorquín; en Valencia, valenciano; en Galicia, gallego rural... Dominaba el francés, italiano y portugués, y chapurreaba decentemente el inglés. No sólo nos llegaban de forma regular periódicos de Italia, Francia y Portugal, sino que me incitaba a leerlos y no tardé demasiado en poder asimilar todas estas lenguas romances sin haberlas estudiado nunca. De ahí que, cuando oigo a un madrileño decir que no entiende catalán o a un catalán decir que no entiende gallego, no consigo hacerme a la idea... Me da que se están engañando a sí mismos por pura pereza encefálica. Puedes perderte alguna palabra, obvio, pero con un mínimo de apertura mental y predisposición inquisitiva, ¿cómo podría escapársete el mensaje?
El inglés era otra historia. Mi romance con él no empezó hasta mucho después de inscribirme en el Instituto Americano a los dieciséis. Al principio, sin las declinaciones y prolijas conjugaciones teutonas, el inglés me parecía como un alemán venido a menos. Es verdad que los verbos preposicionales me complicaban la vida y que la maleabilidad fonética y gráfica de las vocales se resistía a entrar en mis registros, pero el esfuerzo valía la pena.
Fue mucho después, gracias a mi relación con una cantante americana, algunas temporadas en la India y la inmersión en la filosofía de Aurobindo Ghose cuando empecé a apreciar el inglés de verdad. Su enorme flexibilidad expresiva gracias a la inexistencia de rígidas distinciones morfemáticas entre categorías gramaticales (“Shhhh...”/ “don’t dare you shhhhh me!”); la posibilidad de dar una dimensión gráfica, visual —jeroglífica, podría decirse— a sus expresiones (“a noble poet scratching his ideas up”, “the bird scythed toward me”, “weeds corkscrewed their way into the walls”); la coexistencia de un amplio capital terminológico monosilábico (de raíz principalmente germánica) y otro polisilábico (derivado del latín a través del francés normando); la facultad de transitivizar verbos y resignificar la acción verbal mediante preposiciones (“sleep away your ignorance”, “dance his sorrow out”); de generar formaciones parasintácticas de gran tenor visual (“knee-jerking joke”, “world-shaking discovery”, “slack-jawed tv watchers”, “Mind-Space”)... convierten el inglés en una herramienta poética y cognitiva de gran riqueza rítmica y de inmenso poder evocador, a veces incluso intraducible al castellano, si uno quiere ser fiel de verdad a la fusión de forma y contenido del mensaje original (“squirrelling away many of his philosophical books”, “a tiny piano was being jazzed upon with great ferocity”...)
Históricamente hablando, el inglés es tres lenguas distintas. El Old English, que Jorge Luis Borges estudió en su vejez, es puramente germánico y la Britania anglosajona no tendría grandes dificultades para comunicarse con los vikingos cuando éstos empezaron a invadir las islas a partir de finales del siglo viii. Yo lo estudié alrededor del 2018, cuando me lancé de cabeza a las lenguas escandinavas. No sólo leí el Beowulf, sino también una versión anglosajona de Alicia en el País de las Maravillas. Hay muchos manuales de OE, pero Learn Old English with Leofwin es una verdadera delicia, lástima que su autor, Matt Love, no haya pasado del de beginners y no haya seguido publicando la serie completa prometida.
Es una ironía del destino que cuando por fin un rey inglés, Harold II Godwinson, consiguió por fin erradicar la plaga escandinava en la Inglaterra del 1066, perdiese a continuación el reino entero a manos de los normandos, que no eran sino vikingos afrancesados. Guillermo I, llamado el Conquistador por sus halagadores y el Bastardo por sus detractores, llevó a Inglaterra el francés de Normandía, y siglos después el idioma de la corte y el anglosajón del pueblo se habían fundido en la lengua de Chaucer y de la Metrical Paraphrase of the Old Testament, mis dos lecturas favoritas en Middle English.
Geográficamente hablando, el inglés es multitud de ingleses entre esas tres destacadas versiones que son el británico, el americano y el aussi o australiano. A mí, sin embargo, me llaman sobre todo la atención las hibridaciones a que ha dado lugar, que son legión también, pero de las que me interesan especialmente cuatro: el japanglish, el spanglish, el ebónico y el dread talk de los rastafari.
El primero de ellos constituye una especie de sublenguage incorporado sin dramatismos puristas a la lengua nacional y escrito normalmente en silabario katakana, uno de los varios códigos gráficos de los que se sirve el japonés para complicarle la existencia al lector nativo y, mucho más, al estudiante de esta lengua extragaláctica. Es fascinante observar cómo de la fusión de inglés y japonés, dos lenguas tan distintas y distantes genética, fonética y estructuralmente, surgen palabros como waifu (ワイフ, “wife”), hazu (ハズ, “husband”), inferiorioritii konpurekkusu (インフェリオリティーコンプレックス, “inferiority complex”), uetto (ウェット, “wet”)... y más creativamente baajin roodo (バージンロード, “virgin road”, el pasillo por el que pasa la novia camino del altar) o sukin redii (スキンレディ, “skyn lady”, la vendedora de condones de puerta a puerta).
El spanglish tiene de atractivo que es una inseminación sin complejos del inglés estadounidense por parte del español (o españoles) latinoamericano(s). El ebónico o black english es el inglés puesto en boca de afroamericanos. Lo oímos a menudo en las películas transatlánticas y más cuando el wokismo hollywoodiense ha convertido la diversidad racial en un dogma por encima de la coherencia narrativa, hasta el punto de que el elemento caucásico casi está dejando de ser ya diversamente correcto. Para mí, lo particularmente interesante del ebónico es el debate filológico en torno a él: ¿es realmente un lenguaje independiente con su historia, gramática y vocabulario?, ¿un dialecto, una jerga, o un mero constructo ideológico? No tengo una opinión muy definitiva al respecto, pero me gusta escucharlas y leerlas todas.
El dread talk, finalmente, es un inglés jamaicano creativamente retocado vocablo a vocablo a efectos de vehicular la ideología rastafari. A mí me sorprenden en especial palabras como I-ditate (por “meditate”) o I-dure (por “endure”) en las que se hace patente la centralidad del “yo” (I) en las acciones expresadas por esos verbos. El primero de ellos tiene de sugestivo el forzarnos a observar el “me-” de “meditate” como si fuera el pronombre de primera persona en su forma acusativa o dativa, esto es, de objeto directo o indirecto... lo que es, obviamente, una observación figurada, no etimológica. En esta tipología metacodificada de lenguaje, al substituir el “me” por su forma nominativa (“I”) se le restituye al acto de meditar la subjetividad plena. Hay toda una categoría de palabras en dread talk que siguen este patrón: I-men (“amen”), I-ration (“creation”), I-rits (“spirits”), I-ssembly (“assembly”), I-nity ("unity")... El mismo dread talk ("lenguaje del terror" tal como los dreadlocks son los "rizos del terror" típicos de los rastafari pensados para amedrendar a los esclavistas) es referido a veces como I-talk.
Éstos son los brainwares ante los que el purista se lleva las manos a la cabeza. Pero para quien el lenguaje no es una entidad platónica, o normativa, acabado y cincelado de una vez por todas, custodiado por el cuerpo guardián de gerontócratas pseudoacadémicos, estas manifestaciones de creatividad lingüística son fascinantes porque permiten contemplar la lengua en el clímax de su vitalidad biológica. Todo me hace pensar que el ocurrente Leland, con sus The Breitmann Ballads, English Gypsies and their Language y Songs and Stories in the China-English Dialect compartía conmigo esta “pecaminosa” fascinación.







