| Elogio de la imaginación
Jordi
Doce
Para hacernos una idea cabal de la
naturaleza y alcance de este libro, el más alto logro de William
Wordsworth (1770-1850), basta con señalar que se publicó de manera
póstuma, al poco de su muerte. Resulta, pues, que la inmensa
reputación de Wordsworth como gran patriarca de las letras
románticas ni siquiera tuvo que recurrir a la que sin duda es la
expresión más acabada del «egotismo sublime» que caracteriza su
obra. La publicación de este largo poema autobiográfico, que motivó
cierto desconcierto entre la crítica (¿sorpresa ante aquel monumento
de vitalidad postmortem?), se reveló con el tiempo como el cierre
perfecto a una obra centrada en analizar la propia experiencia y
extraer valores universales de la relación entre el yo imaginativo y
la naturaleza. El Preludio, en la forma en que hoy llega a
nosotros, acompañó a Wordsworth a lo largo de toda su vida creadora.
Su origen está en The Recluse, el gran proyecto inconcluso que
inspiró Coleridge («un poema filosófico, con opiniones sobre el
hombre, la naturaleza y la sociedad») y del que Wordsworth sólo pudo
escribir el Libro Primero, editado en 1814 como The Excursion. Si
The Recluse se concebía formalmente a modo de «catedral», El
Preludio debía ser su pórtico, la validación ante el lector de las
vastas pretensiones intelectuales de su autor. De ahí que Wordsworth
lo subtitulara El crecimiento de la mente de un poeta y lo afincara
en el doble pilar de la autobiografía y la reflexión metapoética. El
impulso inicial responde una vez más a los deseos de Coleridge:
«Desearía que escribieras un poema... dirigido a aquellos que, como
consecuencia del fracaso total de la Revolución francesa, han
desechado toda esperanza de que la humanidad progrese, y se han
hundido en un egoísmo casi epicúreo». Wordsworth le tomó la palabra
y ese mismo otoño escribió en la villa alemana de Goslar una primera
versión del poema en dos partes. Éste es el texto que Andrés Sánchez
Robayna y Fernando Galván publicaron en su espléndida versión en
1999, convencidos de que su brevedad se acordaba mejor con los
gustos del lector moderno. Wordsworth siguió dándole vueltas al
poema y en 1805 completó una segunda versión en trece libros, que
vio la luz en 1926 gracias a los esfuerzos filológicos de Ernest de
Selincourt. El texto final, publicado en 1850, suma un libro más a
su antecesor y corrige algunas de sus torpezas expresivas, pero lo
hace con cierta merma de su vigor poético.
Intenso vuelo
lírico
Relato autobiográfico, El Preludio es
ante todo una reivindicación del poder de la imaginación creadora.
En el curso del libro, la imaginación se distancia gradualmente de
los demás modos del entendimiento (la utopía política, encarnada en
la Revolución francesa, o el pensamiento conceptual, desde el
empirismo de Locke a la teoría de la asociación de Hartley) al hilo
de las experiencias personales del sujeto y del carácter ejemplar de
su evolución intelectual. De ahí el tono moralizante y didáctico que
su autor inscribe a veces en la trama narrativa del poema, pero que
convive con otros pasajes de intenso vuelo lírico en los que
Wordsworth cifra sus imágenes epifánicas, esos famosos spots of time
que revelan las lecciones de la naturaleza y la imaginación. Bel
Atreides ha hecho una labor poco menos que heroica (empeño heroico
que comparte con su editor). Su ajustada versión se ciñe, como él
mismo aclara, «a un ritmo preponderantemente binario (yámbico y
trocaico»), y se nos ofrece fluida y elegante, atenta a los matices
y los cambios de registro del original. Lo mismo la introducción que
las notas completan un acercamiento modélico, que nos permite leer,
al fin, con plenas garantías, este libro capital de nuestra
modernidad.
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