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Durante bastantes años la crítica ha querido
diferenciar –con algo de razón y cierto equívoco– al menos dos
romanticismos. El más vistoso e influyente lo representaron
Byron y Shelley y más tarde –post mortem– Keats.
La
rama alemana –más teórica– confluiría con los ingleses
lakistas (Wordsworth, Coleridge y Robert Southe). Con
Baladas líricas (1798) firmadas por los dos primeros, y
con sus escritos poéticos y críticos fueron ellos lo más
profundo del romanticismo inglés. Coleridge pasará a la
historia como un gran poeta y un estupendo intelectual al que
el opio fue lentamente anulando. Por lo que el gran poeta
(junto a Keats y Shelley) vino a ser Wordsworth, quien no
sería reconocido como tal sino ya entrada su madurez, en los
primeros tiempos de la era victoriana. Wordsworth (1770-1850)
según Thomas de Quincey, no era un intelectual –como
Coleridge– sino un poeta en estado puro. Alguien a quien la
divinidad (fuere lo que fuere) ha ungido con su dedo,
revelándole su secreta felicidad, cuando el joven William
vivía en contacto con la naturaleza y ascendía a los montes
entendiendo que esa comunión con lo natural le
transformaba.
En ese estado de poeta en gracia, de ser
alado y platónico que encuentra la felicidad en la poesía es
como Wodsworth escribió la primera y más breve versión de
El Preludio en 1799, para algunos la genuinamente
romántica. Sin embargo junto al poeta puro, había también en
Wordsworth (como en Blake) un poeta filosófo que soñaba con
hacer un gran poema que diese cuenta de su evolución
intelectual y del sentido del mundo. El Gran Poema Filosófico,
como dice –con mayúsculas– el prologuista de esta edición. Y
ese poema (aunque hubo otros proyectos) concluyó siendo
también El Preludio, singularmente el de la tercera
versión (la de 1805, en trece libros), que muchos años después
acabaría convirtiéndose en la última obra de un hombre ya
célebre y celebrado, El Preludio de 1850, publicado
apenas unos meses después de su muerte.
No sé si ese
Preludio (el ahora cuidadosamente traducido en edición
bilingüe) gustará a todos más que la breve versión –en dos
partes– de 1799, ya traducida entre nosotros. Me parece muy
cabal y serio el trabajo realizado por Bel Atreides. El
didactismo lo deja en apéndice: abundantes notas, cronología y
hasta portales en internet sobre el gran romántico. El prólogo
es mucho más literario y muy atinada la visión de Wordsworth.
En El Preludio empieza lo mejor de la poesía moderna:
un lenguaje coloquial y antiretórico (comparado con lo
anterior) que busca entender el sentido del mundo y de la vida
desde el propio individuo. De ahí el título completo: El
Preludio o El crecimiento de la mente de un poeta.
Un poema autobiográfico. Sin embargo ¿no seguirán muchos
optando por el joven y apasionado romántico mejor que por el
victoriano conservador del final? Hay que escoger. O quizá no.
Luis
Antonio DE
VILLENA |