| Introduction |
| Works: Poetry, Essays and Anthologies |
| Translations by Moga |
| Poems Online |
| On Moga |
| Links |
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| Introduction |
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Borges once wrote that the owner of a large library always feels in debt to all the amassed books he has not yet had the time, the stamina or the mental strength to read. I feel in debt not only to the hundreds of unread books in the shelves of my library, but also to those already perused which I’ve come to realize deserve much more than just one close reading. Eduardo Moga’s works belong to this kind.
Moga (Barcelona, 1962), a Graduate in Law and in Hispanic Philology by the University of Barcelona, is a widely known poet, critic and translator. He has been included in many anthologies, like Poeti europei (Roma, Centro Italiano Arte e Cultura, 1998); Dieciocho poetas españoles de fin de milenio (Caracas, Pequeña Venecia, 2000); De la transparencia el presagio. Poesía de España (Jalisco, Mantis, 2000); Un siglo de sonetos (Madrid, Hiperión, 2000); Poesia espanhola. Anos 90 (Lisboa, Relógio d’Água, 2000); Quinta del 63 (Salamanca, C.E.L.Y.A., 2001); Por vivir aquí. Antología de poetas catalanes en castellano (1980-2003) (Madrid, Bartleby, 2003); Alfileres (Lucena, 4 estaciones, 2004); Sexta antología de «Adonáis» (Madrid, Rialp, 2004), and Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (1990-2005) (Barcelona, DVD, 2005); Poetas en blanco y negro (Madrid, Ábada, 2006); Calendario de poesía española 2008. Antología poética (Bertem, Bélgica, Alhambra Publishing, 2007); Domicilio de nadie. Muestra de nueva poesía barcelonesa (San Juan de Puerto Rico, Isla Negra, 2008); Animales distintos. Muestra de poetas argentinos, españoles y mexicanos nacidos en los sesentas (México, Arlequín, 2008).
He has published poems, translations and essays in collective volumes, reviews and newspapers such as El País, La Vanguardia, ABC, Sur, Faro de Vigo, Heraldo de Aragón, Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos and El Ciervo (España); Periplo, Fractal, Movimiento Actual, Blanco Móvil and Puente (México); Comentário i Jornal de Artes, Letras e Ideas (Portugal); El Nacional and El Salmón (Venezuela); La Ciudad (Argentina); La Nación (República Dominicana); Taller de Letras (Chile), Poeteka (Albania); and Babab, La Dama Duende, EOM, Vida Furtiva and Luke (internet), among others. As a literary critic, he habitually writes for Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de Libros, Archipiélago, Ínsula, Quimera, Turia and El Crítico; and has also done so for Lateral, Guaraguao (specialized in Spanish American Literature) and El Pou de Lletres (in Catalan), among others. Moreover, he is codirector of DVD Ediciones’s poetry series.
Moga is a great poet, a commanding critic, and an imposing man. But above all, he is the honest intellectual par excellence. He has mastered language, the materia prima of his art and reflection, to an uncommon degree of self-awareness; and has that sort of charisma which is overwhelming and fearful (there is something of Michel Angelo’s Moses in his look) without being arrogant, but endowed with kindness and humaneness.
As a poet, his word is always powerful, accurate, heart-hammering, mind-opening, tactile in its capacity to awaken even the flesh, and skin, and bones to the perturbing touch of poetry. His images are strong as fists, not fainting or squeaking before the darkest corners of human existence, nor disdaining its radiant summits. As a critic, Moga is especially concerned with language as the substance of literature, its sound, and rhythm, and coherence, the integrity of its tissue, and its qualities as a matrix for poetical ideas. As a translator, finally, he enjoys the synergy of his best poetical self and his most demanding critical self put to work together, their art, exactness and overflowing knowledge. But all this would be in fact very little if Moga were not the man he is, a permanent inspiration and an unrelenting provocation: a friend and a flame... for his reader.
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| Works: Poetry, Essays and Anthologies |
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Ángel mortal
Barcelona 1994
Ediciones del Serbal |
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La luz oída
Premio Adonáis 1995
Madrid 1996
Ediciones Rialp |
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El barro en la mirada
Barcelona, 1998
DVD Ediciones |
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El corazón, la nada Madrid, 1999
Bartleby Editores |
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Unánime fuego
Madrid, 2007
El Lotófago
Galería Luis Burgos |
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Los versos satíricos
(una antología comentada de la poesía satírica universal)
Barcelona, 2001
Robinbook |
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La montaña hendida
Vitoria, 2002
Bassarai Ediciones |
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Las horas y los labios Barcelona, 2003
DVD Ediciones |
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Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles
Zaragoza, 2004
Libros del Innombrable |
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De asuntos literarios
México, 2004
Universidad de la Ciudad de México |
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Soliloquio para dos
Barcelona, 2006
La Garúa |
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Cuerpo sin mí
Madrid, 2007
Bartleby Editores |
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Lecturas nómadas
Canet de Mar, 2007
Editorial Candaya |
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Los haikús del tren
Almería, 2007
El Gaviero Ediciones |
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| Translations by Moga |
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| Poemas a la hora de comer, Frank O’Hara (DVD Ediciones, Barcelona 1997) |
| Juglares y espectáculo. Poesía medieval de debate, edición de Lourdes Simó (DVD Ediciones, Barcelona 1999) |
| Poemas japoneses a la muerte, edición de Yoel Hoffmann (DVD Ediciones, Barcelona 2000) |
| La guerra de los dioses, Évariste Parny (Robinbook, Barcelona 2002) |
| Poemas de Chicago, Carl Sandburg (DVD Ediciones, Barcelona 2003) |
| Canciones malgaches, Évariste Parny (Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid 2004) |
| Poemas de la última noche de la Tierra, Charles Bukowski (DVD Ediciones, Barcelona 2004) |
| Un sueño en el Parque de Luxemburgo, Richard Aldington (Bartleby, Madrid 2004) |
| Libro de Amigo y Amado, Ramón Llull (DVD Ediciones, Barcelona 2006) |
| El Puente que Cruza la Luna, Tess Gallagher (Bartleby Editores, Madrid 2006) |
| Navegando a Solas por la Habitación, Billy Collins (DVD Ediciones, Barcelona 2007) |
| Obra Poética Completa, Arthur Rimbaud (con Miguel Casado, DVD Ediciones, Barcelona 2007) |
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| Poems Online |
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| Poesía para |
| La luz oída (fragmento: vs. 1 a 40) |
| Poema II de La ordenación del miedo |
| Poema IV de Unánime fuego |
| Poema I de Diez sonetos |
| Poema II de El barro en la mirada (fragmento: vs. 1 a 48) |
| Poema XIV de El corazón, la nada |
| Poema XIII de La montaña hendida |
| Poema VII de Las horas y los labios |
| Cinco haikús de Los haikús del tren |
| Poema XI de Cuerpo sin mí |
| Soliloquio para dos (fragmento) |
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| Poesía para... |
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(Letanía a modo de poética)
Poesía para desnudar la palabra.
Poesía para que se encienda la piel.
Poesía para conjurar el miedo.
Poesía para interpretar el caos.
Poesía para razonar los sueños.
Poesía para hacer exacta la alucinación.
Poesía para ver lo invisible.
Poesía inútil.
Poesía para la belleza.
Poesía contra la estupidez.
Poesía frente a la intemperie.
Poesía para llegar al día siguiente.
Poesía para tener tema de conversación.
Poesía para respirar.
Poesía para sustituir al grito.
Poesía para follarnos al lector.
Poesía para que el poema nos folle.
Poesía porque es lo único que sé hacer.
Poesía para que la oscuridad sea luz y la luz, oscuridad.
Poesía para vivir más.
Poesía para decir «te quiero».
Poesía para eyacular.
Poesía sin poéticas.
Poesía para la revolución.
Poesía para la nada.
Poesía para todas las palabras.
Poesía en silencio.
Poesía para que no nos engañen.
Poesía porque no se vende.
Poesía para el poema.
Poesía para ser libre.
Poesía para los amigos (y los enemigos).
Poesía de lo inverosímil y de lo cotidiano.
Poesía para crear otra realidad.
Poesía porque de algo hay que morir.
Poesía para no pensar en la muerte.
Poesía porque es divertido.
Poesía para llevar la contraria.
Poesía para tener razón.
Poesía porque no me da la gana escribir prosa.
Poesía porque no sé escribir prosa.
Poesía para rezar.
Poesía para que nos quieran más.
Poesía para preservar el espíritu.
Poesía por facilidad de palabra.
Poesía porque suena bien.
Poesía para que la palabra diga lo que dice.
Poesía para que la palabra diga lo que no dice.
Poesía para comprenderme.
Poesía para convivir con la contradicción.
Poesía para vencer al pudor.
Poesía para olvidar el tiempo.
Poesía para sentirnos diferentes.
Poesía para que nos pregunten: «¿Qué ha querido Ud. decir con...?»
Poesía porque no rima.
Poesía para recordar.
Poesía por imitación.
Poesía para tener algo que hacer los fines de semana.
Poesía como prótesis.
Poesía como consuelo.
Poesía para entretenar la espera.
Poesía para seguir escribiendo «poesía para...»
Poesía por vanidad.
Poesía poro.
Poesía para que se nos ocurran versos al acostarnos (y no los recordemos al despertarnos).
Poesía para que nos deseen las mujeres (o los hombres).
Poesía para que nuestro padre nos apruebe.
Poesía para que nuestro padre nos repruebe.
Poesía para cagarnos en alguien.
Poesía, siempre, para la emoción.
Poesía porque poesía.
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| La luz oída (fragmento: vs. 1 a 40) |
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Qué dentro hay un sol. Cómo grana en el ataúd
invisible del cuerpo. Cómo arraigadamente
brilla, con qué penumbra de asombrado meteoro,
con qué óptima quietud. Bosques en vilo esperan,
junto al acantilado, que se vacíe el fuego
que impregna la noche. Es la tea, cerrada,
que regresa; es el rayo inverso que revela
con su voz seminal las posibilidades
del hielo. La ceniza se desangra. El cereal,
acercándose, busca gargantas donde hurtarse
a las ardientes lluvias, cimientos para el puente
que sólo han de pisar los vivos, los inermes,
los que han sanado. Toros que respiran como arcos
tensados: aún no. Acérrimos caballos
que optan por el seísmo: no. Agua que se vertebra,
como un súbito cuello, o clavos que la hieren:
todavía no. Tierra sin sexo que ofrece
su vuelo, su lentísima energía, a los árboles
impacientes; penínsulas faltas de sol y omóplatos,
donde vertiginosos peces, inacabados
todavía, ignoran el fluir de los sudarios.
Es demasiado pronto para el tiempo. Los líquenes
crecen en las saetas disparadas. Los fetos
brotan como cardumen y esbozan fidelísimos
músculos, pero encuentran, antes de concluirse,
su cadáver exacto. Los galápagos son
jóvenes como el frío. La carne es un minúsculo
tren. El cielo se va. Los ojos, detenidos,
son jazmines sin ímpetu. Sólo un viento de huesos
que protestan agita los cuerpos indecisos
para que vean cuántas ruinas en el latido,
con qué germinación los sombras cristalinas
vuelven a su semilla. El silencio contiene
silencio de mar, pétalos de explosiones, eclipse
de volcanes, fusiles que relinchan, cerveza
inaudible; designa los sonidos, los piensa
con paciencia de miel, con terquedad de proa,
como si fueran, ay, el aire de un insólito
cadáver o las ígneas mieses en cuyas simas
se enamoran las águilas […].
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| Poema II de La ordenación del miedo |
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“¡Un bosque! ¡Un remolino subió al sol
desde los ramos de un cerezo en ascuas!”
Emilio Prados, Circuncisión del sueño. |
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Caía como los reos, sembrado, quieto en las horas,
con los pies enloquecidos. Veía ascuas silenciosas,
savias incrédulas, nortes que morían entre sombras
de cuerpo pidiendo líneas. Sólo intangibles palomas
oyen la sangre que nunca naufraga, el níveo idioma
que completa los muñones; sólo lejanas gaviotas
construyen la luz sin nombre, la madera dolorosa
que desata las pupilas; sólo el tiempo levanta olas
sagradas, piedras en flor, enamoradas leonas:
seres que niegan la arena, certidumbres que derrocan,
como una hoguera de carne, los más sólidos aromas.
Sin otra función que el beso, arroyos y areolas
impiden que el tiempo muera y, arrepentidos, lloran
como si el humo estuviese preñado de amapolas.
El mar tiene ruedas; surcos, el cielo; madres sonoras
irrumpen en las ciudades para que no queden bocas
a oscuras, para que el trigo, como un símbolo, no rompa
su intermitente sepulcro. La cristalina cebolla
posee memoria; el páramo se hace blanquísima loma
cuando se desnuda el aire; incluso el chacal y la orca,
que nunca han visto el asfalto, saben que el hombre es todo hojas,
que sus bienes, desmentidos por el viento, tienen forma
de pánico. Caminando hasta la encendida aorta,
lo creado inspira ríos iguales: se hace indolora
la hulla, cía el aire, el ave es un leve latir. Toda
la mar es centro, y la sangre, acuchillada, remonta
los peldaños de la música hasta que una aureola
de polen le da su lógica, la longitud de sus normas.
En su propio cataclismo hallan su inicio las cosas.
Los eucaliptos comprenden qué circular es su ahora.
En las naranjas hay fuego, fuego de ropas furiosas,
fuego lateral y abierto. Las larvas son una sola
herramienta, que difunde la luz del sueño. Las rocas
se transforman en crisálidas. Quienes viven ya no adoran
ni los campos homicidas ni las heces de la alondra.
La harina es celebración, estiércol vivo en la copa.
Atrás, bocas incompletas, bestias que agonizáis, hondas
como los dientes, entre urnas de bellísima ponzoña;
acabad también vosotros, indolentes hematomas.
Que las piras no procreen. Que el pulmón sólo recoja
los solitarios fractales de la vulva poderosa;
así renacerá el viento y sanará la luz rota;
así la sangre olerá a mirada y las antorchas
revivirán lentamente, como intactos axiomas,
bajo el callado metal del útero y de las rosas.
Está escrito en la hierba: es necesaria la aurora
para que no muera el cielo; son necesarias las horas
para que sobrevivamos al hierro. Los que enarbolan
agua y fuego en polémicas nupcias, leche tenebrosa,
que digan por qué nacieron, por qué jamás abandonan
su sanguíneo misterio. En el centro de una gota
está el cosmos; en el alma de una máquina, redondas
cordilleras; en el luto más blanco, ríos que imploran
un abrazo, una mirada; en una breve corola,
memoria, y montes, y sol, y clavículas absortas
en su propia oscuridad. Qué único el mundo, qué hermosa
la mujer que se divide, cómo intercambian las lobas
sus placentas vulneradas, cuántos pétalos, qué rojas,
qué precisas las cesáreas. El plástico se transforma
en un lúcido detritus. Se repliega la carcoma
hasta sus nidos aéreos. Una lengua luminosa
enseña cómo ignorar las quemaduras que asoman
entre tanta desnudez, entre tan ardua caoba.
Todo ha encontrado su rostro. La creación es una oda:
ceniza en cuyas esquinas selvas de pájaros brotan.
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| Poema IV de Unánime fuego |
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Nací porque me llenaste de bronces. El agua, de un solo gesto, se hizo ópalo. La savia se aceleró como si careciese de órganos. La materia se mezcló con el trabajo. Qué reunión de fuentes apagadas, cuánta precisión en las ingles, qué fricción de paredes solas. Me devoro con tus dientes, pero esa destrucción tiene forma de espiga. Estoy cerca de mí: con tus anclas he alcanzado mi propio cuerpo; con tu liquido he recobrado la respiración. Las encías me saben a alma. El dolor respira como las campanas. La infancia no está en venta. El tiempo no se infiltra en el sueño, sino que permanece, con sus blandos revólveres, junto a la puerta inmortal, sintiéndose más pez, más cueva enajenada. Todo el territorio está a la vista: por primera vez, el camino no concluye en la pupila. Ahí estoy, con mis verdugos y mis alfiles y mis compraventas, con los trozos de tabaco que la noche ha coloreado, con las novelas perpetuas y los pedúnculos de una flor extraterrestre y las ojivas que he robado. Soy sin fragmentos, sin aunques, desde la era hasta la cúspide, desde la ría hasta el satélite. Y en la casa que has construido con tu lengua, en las zanjas que ha abierto tu memoria, los fluidos se enderezan, yo escojo sin sangre, las arterias desembocan en tus cestas, la materia se depura como si Dios la interrogara, los ojos se disculpan, ya no quedan cosas ni catafalcos ni mesanas. Y sólo ambos. Y sólo el amor huyendo de su óvulo. Y sólo la persona que multiplica su todo, que persigue el lugar donde a las pústulas no les importa ser pústulas. Y sólo quien se construye con otros ríos, cuando las hogueras apenas murmuran. No es verdad: la lengua es mutua; un único paso basta para que crezcan más hombros, más cielos. Todo es tuyo, pero soy yo: un aislado libro entre tus cepas; una celda fugaz donde vemos las llamas como si fuéramos gatos, donde se comete el estío, donde todo ocurre, como si un cántaro nos hubiese absorbido. He recordado mi nombre. Tu incisión renueva mi tierra. Tu mar alivia mi boca rodeada de tejas. Por fin un enigma que no conduce al yermo. Por fin un hombre completo de ti que mira a la muerte interminablemente prevista.
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| Poema I de Diez sonetos |
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A Juan Luis Calbarro.
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Regresas como un pájaro de sueño,
como un fruto caído del tiempo. Hablas
desde el fin de las cosas, despoblada
de labios, grávida de labios, sexo
en el caz del teléfono, deshielo
de besos que habitaron mi garganta.
¿Por qué no permaneces en el ámbar
del silencio? ¿Por qué no sigues siendo
fuego ausente, clamor de nada, oro
muerto, oquedad donde brotó mi nombre?
De alas y oscuridad es tu retorno,
de sombras que respiran. Y yo, insomne
aún de ti, abrasado, oigo tus ojos,
tus cenizas pidiendo que te toque.
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| Poema II de El barro en la mirada (fragmento: vs. 1 a 48) |
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¿Estoy muerto? Esta cólera vacía
que recorre los túmulos del cuerpo
¿es el florecimiento de las sombras
o lodo iluminado que profana,
como un frío corcel, la pubertad
de los signos? Este oro mutilado
que se deslíe irremisiblemente
hasta alcanzar la mácula del semen,
que perfora los nombres como a nubes
prohibidas, ¿son mis ojos acercándose
al acero? ¿son légamo urgente
como el tiempo? ¿o acaso oscuridad
matinal, detenida en la serena
tempestad de los labios, impregnada
de danza y de paciencia? Realmente,
¿estoy vivo? ¿Por qué aquí, en el eclipse
de las manos, renacen las ventanas
como un tenue diluvio? ¿Por qué siento
los errores del mar taraceándome
como insectos sin amor? ¿Por qué,
pese a la juventud del viento, hay cisnes
vacíos en la orilla de mi túnica?
¿Por qué se recrudece el agua pétrea
que habita en lo invisible, si aún no
sé mi nombre, si aún no he bautizado
la materia? Estoy solo, con los perros
de la respiración, con los espejos
devastados por hombres inaudibles,
oyendo la oquedad de los martillos,
las cóncavas espumas de la carne
que ya, ahogadamente, se refuta,
viendo morir los mástiles del yo
y cómo de su muerte ni siquiera brotan
exhaustas azucenas. Árboles
inexorables en el pecho, árboles
que se desnudan tenebrosamente
en las simas diürnas, que perviven,
en su habitáculo de orina y nieve,
como un rumor de huesos ablandándose.
Las pupilas intentan encontrar
su voz; humedecidas por el fuego
más oscuro, se extienden por las sábanas
como átomos callados. Pero ¿quién
las hirió? ¿quién reanudó su lluvia
horizontal, sus dunas atacadas
por lo perecederop? Ése que duerme
a mi lado ¿soy yo? Y quien mastica
mi podredumbre, ¿es hombre o nunca? […]
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| Poema XIV de El corazón, la nada |
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Te esperaba en el alambre del día, comiendo latidos, sofocando el grito de los huesos. A veces, sin embargo, cuando las poleas levantaban relámpagos y la noche sabía a almacén, callaba. Recordaba entonces las cosas pequeñas: la luna húmeda que encendía nuestros pasos junto al muelle o las palmeras amarillas de Tozeur o aquel lento cometa, sobre los montes caudalosos, a cuyo paso imaginamos la vejez. Te esperaba, deshabitado, acariciando el tiempo.
Ahora que se ha endurecido tu imagen, no sé dónde guardas el pan, dónde los quicios, las rodillas familiares, los ídolos de tu olor; he olvidado cuándo regresarán tus manos. Aquí, mientras tanto, ascensores, transeúntes, horas que escupen lágrimas.
Te esperaba. Hablábamos de cosas sencillas. E ingería la ropa, los pezones, tu mínima tos. Después salíamos a cenar como si nos hubiera amenazado un ángel. |
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| Poema XIII de La montaña hendida |
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| La oclusión me llama, voz oscura, |
| insistencia oscura, |
irritación de insólitos hemisferios. |
| Me llaman las paredes y su voracidad, |
| y anochezco en sus flores inflexibles, |
y remonto sus prohibiciones |
| como si una mano sonriente y amarga |
me empujara hasta el otro lado de lo denso, |
y saturo el asombrado albañal, |
este ahora hembra, este sol ciego |
| en el centro, |
pero no alcanzo a traspasar su luz vacía. |
| Antes de amar tus heces |
| los cuerpos se abovedaban |
| para recibir la lluvia de los dientes, |
se despojaban de su carne |
para que fuera visible el latido. |
Ahora veo tu interjección, |
| mis manos en tu mitad total, |
| la oquedad, niebla negra, en que fracaso, |
la hedionda dulzura. |
| El dolor es un perro, el perro que soy, |
| el perro que sujeta tus pechos tumultuosos con sus patas humanas, |
| el jadeo mío y tuyo, entrelazados como palomas de barro, |
| el acto que extiende sobre nuestras soledades |
su red violenta. |
El dolor es un disparo sucísimo, un coágulo |
en forma de melena. |
| Resido, aún, en tu colon, |
en su dificultad. |
Y la piel, hostil, retrocede: |
| se ensancha en obstáculos, dilata lo invisible, |
| interminablemente complace |
| y ofende. |
Entro, salgo, también de mí, como la noche, |
deprisa, como el látigo. |
Y tú me recibes, cáliz sombrío, |
entregada a esta candente pasividad, a la plenitud minuciosa del recibir, |
hasta que una luz, dentro, justifica, con su espuma, |
la ciénaga en que nos abrazamos.
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| Poema VII de Las horas y los labios |
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Leo el silencio, a lentas masticaciones. Leo el mar que no alcanzo a ver, pero cuyo azul numeroso lame los cipreses y las palabras. Leo las palabras que gotean: nazco bajo sus escamas tajantes. (El mar se ha ido: lloro sus ascuas; leo.) Pero ¿reconozco aún los espacios abrasados por la lluvia, la última estancia de la miel? ¿Vuelan en mis ojos las gaviotas que veo o son manchas inútiles en las circunvoluciones de lo abierto?
El mar está lejos. (O cerca: en el pecho, sembrando su humo; en la retina, mojada de añil). El mar llamea, como este papel en el que me embarro, como este teléfono en el que convergen cuerpos solos, unidos por un sombrío estertor. Los pechos que amo descansan en otras manos, mientras el mundo es un jirón de fuego, el animal parsimonioso del poema.
Se ha abierto, sin embargo, la puerta. No hay nadie. Se ha abierto para que no olvide que los objetos, pesados, han visitado mi cuerpo, y que lo poseen. Mi tedio, seminal, construye entonces otro centro, otro país donde transformarse en acto. No hay nadie cuya carne sienta, nadie que me dé su sombra tensa, la humedad de su ceniza. Pero la palabra remonta la sangre y le habla al niño duro, al hombre de la desesperación.
Se ha abierto la puerta y cruzo su umbral y sigo aquí, sobre el mismo sillón agujereado por los cigarrillos de alguien que ya ha muerto, junto al mismo cajón ojeroso, frente a esta pantalla que soy yo, cuyas deposiciones soy yo, irrealidad que me transfunde realidad.
Una palabra, muchas palabras, como un caliente derrumbamiento, me indican el camino hacia el sol. Libre de mí, aparto los códigos. En los folios hay pámpanos, azoteas frutecidas en la ventana.
Y vigilia. Y pechos que regresan.
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| Cinco haikús de Los haikús del tren |
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El sol poniente
orina óxido y oro.
Un estornino.
Asperja rojos
el cielo acuchillado.
La luz se agrieta.
Bajo los álamos,
las sombras amamantan
grumos de nieve.
La tarde se hace
metacrilato y sueño
en el vagón.
Alguien bosteza
ruidosamente. Fuera,
una amapola.
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| Poema XI de Cuerpo sin mí |
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| Vuelven las hojas |
| a su quietud: |
anclan en los bajíos |
| del aire y distribuyen su oro mustio |
| como bisagras |
| que unieran |
los ángulos dispersos |
| del azul, los segmentos ácueos |
| de una transparencia impenetrable. Tosen |
| los coches, y su tos ahoga |
| el bullir gris del día, |
| la excitación de los ladrillos |
| y de la hierba, por la que transitan |
| perros sin cuerpo y árboles sin cuerpo |
| y gente convencida de saber |
| quién es o a dónde va. Las hojas alumbran |
| la sombra, |
fabrican |
| la sombra que ya mancha |
los huesos, |
| que ya se esparce, como una adherencia |
| fuerte, por la avenida |
| del tiempo. |
Y en el silencio |
| procuran selvas suaves, susurros espinosos, |
| secos silbidos de metal. |
| Ayer bebimos vino. La noche era |
| sonora. Las palabras |
| se diluían en el aire pétreo |
| del comedor: se ensortijaban |
| y ascendían, primero, como mangle; |
| después, colgadas |
| de las volutas |
| que revelaban |
| las formas escondidas en lo informe, |
| lamían las molduras |
| y el sudor, y, tensadas por su casi |
| inexistencia, se precipitaban |
| en la realidad |
| con firmeza de sueño, como témpanos |
| en ascuas. |
| Al borde de su desintegración, |
| nuestras palabras nos miraban |
| como si no |
reconocieran nuestros labios, |
| o como a prensas que las troquelaran: |
| las bocas eran eslabones |
| gelatinosos, |
lombrices que sangraban |
| y reían. La luz, expulsada del mundo, |
| pero inexplicable sin el mundo, |
| se solidificaba en las esquinas |
| y se vertía en la conversación |
| y, sutilmente, satinaba |
| los lóbulos, |
y afilaba los pezones, |
| y prosperaba entre los muslos, |
| en cuyos desniveles amelocotonados |
| adquiría matices |
| felinos; |
| la luz, más tarde, |
| se fragmentaba en instantes, |
| y llovía como ámbar doloroso, |
| y conciliaba |
los labios con los labios, |
| la voluntad de ser con el miedo a ser, |
| la permanencia con la huida. |
| Dolía el rictus del televisor: |
| su abejeo oscurecía |
| la ropa |
| y exasperaba |
| a los cuchillos, e instalaba |
| su amoratado |
| zigzag entre los brindis |
y las caricias. |
| Había terminado de comer. (El olvido |
| es lo que queda cuando ya |
no queda nada: |
| lo que hay en el plato cuando el plato |
| está vacío). |
Perseveraba |
| la nada entre los flejes de la noche: |
| bolas de sombrarebotaban |
| en el gres, y en las lenguas |
| crecían máscaras |
y calcificaciones. ¿Qué pulsión |
| a la que nunca he visto el rostro me confina |
| en este islote de metacrilato |
| y grasa, |
| en este hazde presencias |
que son envés |
| de mi presencia? ¿Qué me une a las lámparas, |
| a su tenacidad azafranada |
| y muda? ¿Qué me obliga a compartir |
| cuerpos que no comparto, cuyo fin |
| es revelarme |
| que el otro es soledad, que el hartazgo es |
| soledad, que los días son |
| soledad, y que yo soy muerte? |
| ¿Por qué respiro, pues? ¿Por qué sonrío, |
| pese a lo leve de los labios, |
| pese al mundo? ¿Por qué atiendo al crepitar |
| de las lenguas, si sé |
| que mastico insomnio y sueño, |
| si en el café se mezclan el azúcar |
| y la maldad, |
si me poseen por igual
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| el agua y las mandíbulas, la cárcel y las alas? |
| La cena no ha acabado; y las distancias |
| se agrandan, aunque roce el cuerpo |
| de quien se sienta junto a mí.
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| Soliloquio para dos (fragmento) |
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| Dime, alma, qué cincel has empleado |
| para que sea yo tu forma, |
| qué sombra subyace en mi sombra, |
| o qué memoria soy, qué invertebrada |
| conciencia. |
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¿Has moldeado el aire?
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| ¿Asientes a mis volúmenes, a mis ojos? |
| Acaso sea hijo de tu luz, |
| y acaso ese resplandor aterido |
| me rescate de lo inconcebible |
| y me alimente de lo mortal: |
| tu fiebre me unce al ser. |
| ¿Qué extraña potencia, alma, |
| constituyen mis manos? |
| ¿Son las tuyas? |
| ¿Tienes tú manos? |
|
¿Ven? |
| Dime, oh, alma, si es tuyo este silencio |
| o si son los engranajes de mi cuerpo; |
| dime si dictas tú mi sangre |
| o es mi sangre la que te articula; |
| dime si eres mortal |
| o sólo sucumbes al azar, |
| a la excitación de lo hueco. |
| ¿Existes, alma? |
|
¿Existo yo,
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| o soy un arañazo de la nada? |
| Te hablo, y no sé a quién. |
| ¿Por qué es tu transparencia |
| mi opacidad? |
|
¿Por qué desconozco tu idioma,
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| si en mí converge cuanto hay, |
| y me iluminan soles dispares, |
| y recae en mi piel el peso de lo que se aleja, |
| las esporas del miedo? |
|
¿Por qué no te veo, alma,
|
| si advierto todas las hondonadas celestes, |
| todos los remolinos de la fragilidad? |
| Me oigo anochecer, y morir, |
| y construirme; |
| te niego, alma: niego tu azul |
| y tus guadañas; |
| niego tus células, |
| en las que cunde lo incomprensible. |
| Y oigo tu levedad, |
| que me atenaza; y aquilato |
| tu soplo homicida, |
| el fluir de tu ausencia |
| por mis capilares |
| y mi ropa. |
|
¿Eres, alma?
|
| ¿Determinas mi latitud y mi penumbra? |
| ¿Coses mis latidos? |
| ¿Me acunas? |
¿Por qué no recalas
|
| en mis signos, y fotografías mis miedos, |
| y me ratificas en tu hoguera sin causa, |
| ajena al tacto, despojada de números, |
| pero que siento en el fondo de mi nombre, |
| derramada, |
| derramándose? |
| ¿Por qué no lloras? |
| ¿Qué mar es el tuyo, alma? |
| ¿Te poseo, |
| o soy yo tu objeto? |
| ¿Qué abstracciones, pájaros, |
| estragos |
| son tu carne, |
| o la mía? […]
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| On Moga |
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| Eduardo Moga o la conciencia de la exclusión (Tomás Sánchez Santiago) |
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| El ansia y la visión (José Antonio Llera) |
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