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Blog de Jesús García Calero: "Postales del cuaderno de viajes" |
ADÁN
Ahora que la lluvia se detiene
en un amanecer helado, oscuro,
bajo el cielo abrasado van mis ojos
al manantial de luz que tú me ofreces.
El fuego ya reluce tras los montes
y se oye la tormenta amoratada:
es el ángel de la negra armadura,
es el anuncio de las maldiciones.
Viene a escribir con fuego la sentencia
de la ira de Dios. Veo la espada
que va a arrancarme el miedo de las manos,
que va a sermbrar el miedo entre mis ojos,
veo su hoz de fuego y de silencio
girando, entre tinieblas, sobre el campo.
Siento el ciego latido de su filo:
oigo el rasgar de sombras en la fuente,
un manantial de sombras se vacía
en un río de sombras... Porque viene
para abrirnos las puertas de la carne,
para abrirnos las puertas de la muerte,
y siento la esperanza estremecerse
con un presentimiento de guadaña:
más dócil será al golpe que los tallos
del trigo. Y no sé por qué el castigo
en el filo feroz de la mañana,
por qué el brotar del árbol de la ruina
desde el adiós sin voz, desde los astros,
sobre el perfil de un horizonte hundido,
ni sé por qué la llama nos recorta
como sombras sobre un muro de siglos.
Y en el muro, las sombras que no somos
sufren arcadas por el tiempo. ¡Escúchame!
Emerge el sol y mi silueta apunta
a los rugientes goznes de la noche.
Seremos la resaca del Edén.
Ayer nos descubrieron embriagados,
ebrios de la curiosidad, borrachos
de contemplar la danza de los astros.
Buscábamos caminos en la noche,
el sendero de vuelta hacia los cielos,
y era un deseo el alma evaporándose,
era una alondra que al romper lo oscuro
con su voz honda y lenta sobre el río
nos condujo a la niebla, iluminándola.
Ayer vimos de nuevo la Caída:
los ángeles proscritos se perdían
en una sima abierta en la tiniebla,
en un vórtice de constelaciones,
bajo el cristal quebrado de su sueño.
Sus voces no rompieron el silencio,
sus manos se aferraban tan heridas
a la espiral de fuego... Y las alas
melladas ardían con llamas negras.
Quedó la estela de pavesas y humo
y el golpe inmenso en el portón sagrado.
Ahora que la lluvia se detuvo
en este amanecer helado, oscuro,
bajo el cielo abrasado van mis ojos
al manantial de luz que tú me ofreces.
El fuego ya reluce, sobre el monte
la espada está impaciente.
Levántate, mujer:
la mañana nos busca.
¿No sientes cómo brotan los eriales
bajo los pies de un ángel tan terrible?
¿No sientes cómo el ansia de la tierra
se amontona en la hoguera de la culpa?
Debemos olvidar el Paraíso
como un lugar, un nombre que no existe.
Tú, que eres luz, mujer, muestra el camino,
tú eres mi barca en este mar tan triste.
Una mirada tuya deshace las tormentas
y tu mano me ofrece el pan de cada día,
la misma que ahora esconde la fruta prohibida.
Dame a probar la carne, mujer, de esa manzana
sin que importe ya el peso de nuestras maldiciones.
Saber será maldito, por las generaciones
nos maldecirá el tiempo que de nosostros mana.
¿Cómo será la muerte que se anuncia?
¿Será la negra flor de un árbol libre?
¿Será un fruto tiznado y tiritante
como un sueño de azules venenosos?
¿Será la soledad lo gris, lo lejos?
¿Será la opacidad de no tenerte?
Salgamos del Jardín, ya viene el ángel
portador de la luz. Mira su espada,
fosca su llama, igual que la armadura.
En su presencia todo se oscurece,
todo calla, las horas se deshacen.
Mujer, dame tu mano y ten la mía.
Nuestras manos unidas son el único
pedazo diminuto del Jardín
que podremos llevarnos. Un regusto
de manzana, el beso del destino
nos endulza la boca. ¿No lo sientes?
El sudor ya nos moja, nuestras frentes
se afanan hoy en escrutar los siglos.
El rastro del amor aquí arranca.
Las huellas de pisadas que dejamos
son la pasión, la libertad y el sueño,
son la poesía, el vino, las canciones,
serán ciudades, la venganza, el crimen:
el principio del tiempo de los hombres.
Hay un siglo a lo lejos para grandes imperios,
hay otro de traiciones y odios desatados,
hay siglos de comercio y de surcar los mares,
hay siglos de valor y bellos trovadores.
Habrá una inquisición que quemará los sueños
de los que, como tú, arranquen las manzanas
que penden de los astros y del conocimiento.
Habrá revoluciones más terribles que el ángel
habrá guerras sin límite, y vastas explosiones.
¡Ah!, con cuánto dolor parirás a tus hijos
para la eternidad voraz de la alegría.
Demos juntos, mujer, el primer paso
y más no preguntemos. La mañana
nos busca y amanecen otros pasos.
Ya vienen, sí. ¡Qué hermoso y triste, y duro!
Ésta es la voluntad de nuestro amor.
Amargos han de ser nuestros caminos,
pero, cuando el dolor en la garganta
anide, yo recordaré tu gesto,
el cuerpo y la manzana que me ofreces,
para darle sentido a la orfandad
de Dios, al pan y al sudor de mi frente,
al dolor de perderte y a los hijos.
¡Escúchame, Señor de las tormentas!:
En este amanecer helado, oscuro,
bajo el cielo abrasado van mis ojos
al manantial de luz que tú me ofreces.
Y tú, Eva, mujer, por el amor,
déjame ya morder esa manzana
y vamos a otras islas.
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