RIG VEDA X, 129

LA ANÁBASIS DEL RISHI

 


Entonces el No Ser no existía
ni tampoco existía el Ser
RV. X, 129.I.1,2

 

 

El Rishi advierte de que la Revelación Suprema que persigue no es un Exterior
He contemplado el cielo tentado por su púrpura sabia y profunda. En él escudriñé el secreto del Mundo, del Mundo su oscuro nacimiento. Allí pretendí hallar mi nombre, urdido a la crónica de todas las cosas que aúna e historia la palabra universo.
Leí, sí, con el deseo y el miedo conjurados en un sentir doloso,
las criptografías de la Noche zodiacal, queriendo y no queriendo despertar a la Revelación.
Es el día enigma en suspenso,
una flecha solar en parábola heráclita por campo de águilas.
Mas ¿qué es la Noche? Un imperfecto borrador de versos por escandir escritos con polvo estelar y sangreluz de astros muertos, un caligrama de cintilaciones monádicas en la cóncava duda sidérea, locos ideogramas escritos con tinta de grial y péñola de ángel, oraciones de equívoca sintaxis en las que es imposible no advertir el ebrio vacilar de un milenario Autor desconocido.
Por pudor, en aquel entonces primordial, se apartaron mis ojos ante el espectáculo de una obra en obscena gestación.
Por pudor y vacíos.

 

 

El Dios-Narcótico Soma sugiere al Rishi que dirija hacia sí mismo su ojo escrutador Esto susurróme el genio cuando el licor Soma, ritualmente ingerido, llevó la mística ebriedad a la telaraña de emociones yuxtaexistiendo mi cuerpo que llamo no por mi nombre, humoso, sino por la falacia del pronombre yo:

“¡Oh sabio!, el secreto que persigues no es un espejo en que afirmarse; es la tumba de la propia negación.”

¿Qué quería significar mi oído invaginado, minucioso espía de las voces y silencios de su órfico interior? Acaso que meditar en la Creación es pensar el Todo a partir de nada, ascender contracorriente el río de la memoria no sólo hasta el meandro del yo, donde empiezan las sombras titilantes del lenguaje, o hasta el portal de la especie, sino hasta el umbral de la misma existencia, donde el Ser se reclina en el No Ser y sopla viento de oráculos...
Acaso que el Principio Cósmico no es un instante perdido para siempre en el ya nunca más de lo ocurrido, sino tiempo vivo en epicentro consciente al que es posible remontarse por la amorosa reabsorción en el
Uno
indiviso,
y gobernarlo Todo por el pasivo gesto de la omnisciente aceptación de
todo.

 

 

El Rishi se sienta en la sagrada postura del loto y se aplica con ardor de asceta a la negadora meditación
Tentado por el enigma del acaso me entrego a la sagrada profanación de perseguir lo inefable, violo la burbuja de mi memoria, frágil como la bóveda celeste, y aleteo hacia esa noche  inmóvil,  intensa,  íntima,  donde las horas se aplastan
unas  contra  otras  estigiando  olvidos.  Ahí  me  dedico con  ardiente  concentración  a la matemática profunda que reduce todo a la
Unidad.
Vórtex de aritmosofías.
Ahí vacío de imágenes el cristal del ojo, del párpado corro el velo, y hacia lo hondo, donde cesa la escala del tiempo,
hacia la hondura lo occidento.
Pentagrama de cantoensueño,
dote de los ciegos.
Vanas parecen las ataduras de lo individual. Pasados, presente y futuros se funden en el plasma del no-tiempo, gelatina visceral de sacrificio mántico. Se agrieta mi razón como el ojo que se abre gradual a la luz ultrasolar y una duda desmura el meditar. Nova de palabras rotas, bacanal de locas, fúlgidas logolatrías, rapsodia de lo inefable... y, más allá, la huella de un
no-lenguaje.
Principio Cósmico y principio del pensamiento se confunden en la nada original de la Consciencia
Una.
En el cesar del inagotable pensamiento, en su precomienzo, allí donde en autógena felicidad ser y conocer se hacen idénticos, allí está el Principio en pulsación de diamante silencio.
Todavía el temor a violar umbrales vírgenes me retiene en la superficie, flotando, como un cadáver, en bálsamo oleoso de zafiro. Entonces, con vortiginoso desespero me arrojo al portal más allá del cual ceso, saturado de
introcielo.
Y antes de trascenderme oigo aún el reclamo de mis deshijados afectos, lejanos mas tentadores, en la roca del solipsismo sirenas serenas, fatales, feroces, que preintuyen su aniquilación
en oro de Teosis.
Sin quererlo, vuélvome aún. Helos ahí, escépticos, impúdicos en su desnudez esqueletal, adementados, temblorosos... ecos de criptorrecuerdos, voces tumularias desprendidas de antiguos rostros, dulces como adolescencias.
Con la faz desdibujada, llorando de mis ojos crisollanto, vuélvome aún para mirar una última vez los rostros de voces que amé.
No los hay.
Siento el beso del embrujo, narcosis de Circe que desmaya.
No los hay y huyo, por fin negándome a besar sus bocas de oscura llama.

 

 

El tránsito Dentro, el Silencio, prólogo balsámico. Luz de océano que atraviesa sin clamor el muro hialino de un prisma, ingenio de automultiplicación. Nado en ella contra los siete colores y hacia el Uno
blanco, inagotable fuente, Hieromateria Prima y nuclear, centro de morfogénesis.
Sílaba infinita en río de luz que sobreagua.
Azul-cordura,
violeta-locura,
naranja de teurgia,
amarillo-clamor,
verde colapso,
rojo-gloria, gloria e ira,
iris de pasión...
Blanco todo y nada...
En el foso del afuera, inmóvil Nada enjaula la audaz palpitación de un verso. Ágata inconfesable. Sangre de hieródula en el cáliz de los mártires. Periferia transfigurada.
En el abismo del Adentro, voz de luz que bárdica descrea la diferencia entre ser y conocer.
Finalmente,
Noche transfija,
intemporal Deleite.

 

 

El Samadhi: unión mística

 

 

Uno
Uno Uno
Uno respirante
Uno en respiración de mismidad
Uno en ipsoespacio por propio fuero respirándose
Uno fuente en ardor interno de incombustible coribante
Uno mar y río: Luz en Él apariencias elementarias multiplicando

 

 


Fin del Samadhi: la Visión Y el Uno siente. De este primer e inagotable milagro de sentir, falto de sentidos todavía, como un sedimento del éter en  noosfera de cristal,  hálito  santo,  surge  un cuerpo en el

mismo centro de la inexistencia de toda geometría.
Arde fuego santo en la espina dorsal sembrando espalda y testa de lotos como altares.
Om. Om atómico de muerte y resurrección.
Yo soy sin duda Shiva.
Llueve en mi lengua néctar del preñado paladar
y de mis axilas oceánicas mana el oro fértil de mi primer sudor.
Marfil de aurora.
Azahar de Entimesis.

Si abriese los ojos, si tan sólo los abriese, daría lugar a las ondas hilomórficas del Noosoma en gestación y llenaría de unánime ambrosía y encarnada
Hostia,
de secreta lágrima,
Espacio y Tiempo. Si abriese los ojos que cerrase a la Visión, empujaría a la existencia todo lo que despierto sueño, mas... ¿qué me empujaría a Mí a la acción infinita?

 

 

El Deseo que no es deseo que es más que Deseo... cripterio de Teología Superlativa
Brota en mí, acaso inevitable, agradable señuelo, primer semen de la mente. Por él, lo sé, me entregaré al vértigo imprudente de crear. Oh tú, Múltiple íntimo ignorado, Divinidad  celular,   Anthropos  atómico,   Verbo  helioclasta,
Omega en heliocántico, Idea que en las girándulas galácticas te devanas hechas de visiones lácteas...
Dios-Materia deseante, deseado,
en pasión gozosa de eónico calvario.
Siembra el deseo de Ti en mis párpados su inmortal semilla venerable
y crecen en mis pestañas abedules
dilantando con runas la sabia fisura
de mis ojos álgidos.
Mis ojos no ven ni son vistos, hacen de mis sueños hosana de universos y holocaustos estelares.
Me pongo en pie y danzo, oh criaturas, derviche inscrito en la rueda del Tiempo.
Escribir un himno quiero, pues, ¿sabéis?, yo soy Shiva. ¿Cómo expresaros mi gozoso llanto?

 

 


Finalmente, siembra la duda en
los corazones para que las posibilidades de recrear el
Mundo parezcan infinitas. Y enmudece.

 


Mas todo ello pasó. No digáis ya más: “Es Shiva”, sino: “Lo fue y no lo recuerda”. Mis ojos empujarán las ondas del Tiempo, holografía de universos, y yo fluiré con ellas peregrino. Duende peregrino, eco del Om y su olvido. Siendo así, ¿quién recordará la verdad? ¿Quién podrá cantar la Criptarquía con palabras de Revelación, familiares al oído

humano? ¿Y quién, al contemplar el Pantheos celular sabrá de dónde surgió todo lo que ha surgido, todo esto que mis ojos empujan ahora a la Nada en pasional emanación de
Teopatía?

Aquel que en el cielo supremo es guardián, sólo él sabe de dónde surgió esta creación,
ya sea que él la hizo, ya sea que no
—o tal vez, ni él lo sabe.