ENTIMESIS
A Ramón Andrés, a su amistad fecunda.
O wide-seeing Fire, God who knowest all births that are, bring us the Word with its issue, the Word whose light shines in Heaven. Et ma tête surgie Solitaire vigie Dans les vols triomphaux De cette faux S. Mallarmé, Cantique de Saint Jean
PRÓLOGO
Después de los Vedas, el Simbolismo me parece el esfuerzo más poderoso del hombre para abrir el ojo de artista a la Visión trascendente. Su obscuridad no puede sorprender: es fruto, muchas veces, de la iluminación... y la iluminación es a menudo cegadora. El observador externo puede confundir fácilmente la oscuridad con la locura, así como el creador puede utilizarla para difuminar la incompetencia de su obra, tal como demuestra parte del más rabiosamente esotérico arte moderno... Permítaseme hablar de Vedas y Simbolismo, estas dos peculiares aproximaciones al Arte, en su sentido más lato posible, como arquetipos del quehacer poético, y no en el de sus estrictas definiciones técnicas. Vistos desde esta panorámica, lo que los emparenta es que tanto en uno como en otro caso la realidad explorada y cantada es transcendente; la música, extraña; los paisajes que revelan, surrealistas, inaprensibles, o evanescentes o neblinosos; y el lenguaje, en consecuencia, tiende a una frecuente erupción de terminología en alquímica criptesis. El rishi o vidente védico y el bardo simbolista tienen en común que, tras el muro de apariencias terrestres, materiales, presienten o perciben el Misterio. (Sutil, irresistible, oscuramente fúlgido, pulsa en secreto con ritmo de éxtasis.) Es más, lo sienten como la única fuente auténtica del Agua de Vida poética. Más allá de las palabras acabadas, de las sintaxis hechas, de las frases esperables, de la vulgar morfología, el Misterio es para ellos locura de creatividad infinita. Y como nuevos adanes, por Él seducidos, tienen que inventar un idioma para nombrar cosas que no se nos dieron al género humano con aquella primera y quimérica Creación bíblica. Uno y otro proclaman una Mística de la Poesía que no es, necesariamente, poesía mística. Algo los diferencia, sin embargo. Para el rishi, el muro de apariencias vulgares tiene un portillo por el que penetra en el Misterio; quizá no en cuerpo y alma, cierto, pero sí al menos con el cuerpo del alma. Su experiencia del mundo secreto es precisa y su lengua poética nace del contacto estrecho con esa metarrealidad. Cuando suspira una palabra, por más extraña que pueda parecernos, ve y oye en ella un algo tan real como puede serlo para nosotros ‘silla’ o ‘caballo’. ¿Por qué no canta entonces en el idioma universal de un San Juan de la Cruz, bello y prístino en su elocuente vulgaridad? Porque a veces no se resigna a perder la exuberancia ultraterrenal del paisaje explorado; o porque su alma para hablar, instrumenta, de sus voces, la más opaca; o porque quiere desjugar hasta el límite las posibilidades expresivas de lo Insondable y hace del rayo de un Sol Negro su cálamo. El vate simbolista, en cambio, no conoce cara a cara el Misterio. Actúa de médium para sus voces astrales y su plexo lo irradia un púlsar que no es de este universo; pero no siempre capta bien las insinuaciones y llena los lapsos de silencio con fascinación de logolatrías. Ama y rinde culto a la palabra por sí misma. Así, mientras el rishi ofrece una verdad intelectiva, aunque cifrada y oscura, el escalda simbolista arroja imágenes y ritmos en secuencia alógica proclamando como valor estético su poder de evocación emotiva. Salvando las inevitables y vastísimas distancias que separan al creador particular de su ideal, modelo y arquetipo, yo quisiera que se interpretaran bajo esta doble imagen, en la medida de lo posible, Rig Veda X.129 y Un Día para los Poemas de los Escaldas. El resto de las piezas, más modestas, son fruto de la misma a veces dolorosa, a veces perpleja, a veces incluso serena entimesis.
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