UN DÍA
PARA LOS POEMAS
DE LOS ESCALDAS

 


PRELUDIO

 

Gris-llanto, ésta es quizás la palabra de este día: llanto del cielo, llanto del pecho, gris del llanto.
Hoy es uno de esos días en que se añoran las batallas de antaño, el relinchar de los corceles antiguos y el tronar de sus cascos en la eternidad de los llanos, el vapor feroz de sus ollares, el repicar de las vainas, engastadas de tallas de marfil, contra nuestros muslos mallados y nuestras blondas melenas al viento, atentos los oídos a la música tenue del aire, portadora del susurro de las Madres, de los secretos que en los laberintos del tiempo labra el destino.
Hoy es uno de esos días en que se añora el tremolar de aquellos estandartes que nos llevaron de gesta en gesta, hace miles de años. Y la congoja abrasándonos el pecho cuando desde los lomos de los caballos contemplábamos el erial sembrado de niños muertos, descabezados, y en los ojos nos ardían las púas de las lágrimas contenidas. ¿Qué misterio es éste?, se preguntaba nuestro dolor. ¿Qué misterio hace del hombre verdugo de inocencias? “¿Misterio... hombre?”, protestaron algunos. “¡Licántropos... perversidad!”
“No”, dijimos nosotros.“Hay acciones más grandes que ningún hombre. Un dios nos asedia. Esto no es un carnaje, es un rito... y concierne al universo.”
“¿Justificaréis esta crueldad?”
“¿Justificarla? ¡Aprehenderla! ¿Qué dios es el que así golpea y qué Dios le da su derecho y el látigo?”
“¡Extirparla! ¡Es la única senda!”
“Y eso hacemos desde que cabalgamos la tierra... Cortamos ramas, el tronco prospera.”
Y muchos nos dejaron aquel día mientras nosotros alzábamos las piras y arrojábamos a la hondura mística del fuego las cabezas de los niños muertos, enjoyadas sus frentes, adiamantadas: el palor de la muerte y el último sudor convertido en cristal pánico.
Silentes junto a las lenguas doradas de la suprema extinción, colmados los ojos de ceniza y llanto, aprendíamos los ritmos de una plegaria profunda y violenta.
Y luego volvimos a los caballos y a los caminos, las vainas tañendo sones fieros en nuestras sillas de montar, las espadas temblando en sus cubiles como fuegos fatuos sanguinarios, las rimas de la noche cercándonos, las runas de los astros creando en los cielos destinos y azar, nosotros en ellos perdidos, los ojos fijos en el sable trascendente de las horas de luna, arpas distantes llamándonos, gritos apagados de augures, vuelos fastos de aves abrasándonos de esperanza, sueños nefastos persiguiéndonos con sus criptologías, y la agonía de los cíclopes, y el suspiro de los últimos dragones, y las nieblas luminantes misteriadas del informe porvenir... y el relámpago en la punta de las lanzas.
“¿Y lo hallasteis?”
“¿Qué?”
“¿El misterio del dios de los ritos? ¿El misterio de Dios, que al fuego lancinante del dios arrojaba niños impolutos?”
“Eso forma parte de la historia de mi vejez. Y hoy es un día gris-llanto. Llanto-cielo, llanto-pecho. Gris del llanto. Un día para los poemas de los Escaldas.”

 

 

 

EL POEMA Y EL DELIRIO

 

I

Vuelan los Cisnes portadores de espada. En sus picos, semillas de un fuego antiguo.
Y sangra el cielo.
Y no hay torres de marfil lo bastante altas.

Dolor... que a los pies de las torres ebúrneas empieza, incandescencia del Tiempo en los astros...
Pues la Tierra abre las bocas de sus muertos, gusano de un grito silencioso en su capullo de sueño.
Y sangra fuego el cielo, y colma el hoyo de los gritos de los muertos. Y azota la noche de luciérnagas, polen de intuición.

 

II

Llegas oh tiempo-viento de la Aurora pisando en el cielo la escarcha de ancianas huellas... estelas de noches de cristal y fuego, amaneceres de marfil y jade y hielo, que huyeron del hombre callando el secreto de sus apocalipsis,
oh llegas desplegando la página áurea de tu rayo y el decreto del porvenir escrito con encausto de arrébol.
Alza tu cuerno sobre mí y unge mi cabeza con la mirra de tus lotos.
Coróname de tundra y Muerte.
Oigo, oigo al Señor de los Pasos abrir la senda del Gran Acantilado: y la madre acompaña al suicida a la matriz de piedra de la que no volverá a nacer
oh dejadme caer por la escala de aire y nieve y música, y vacío, y los elusivos vuelos de las águilas que anillan como a novia el cielo, dejadme caer preñando de grito el círculo de las horas al que no volveré.
Zafiro.

Porque ésta es, Hijo, la gloria y el terror: el hombre es extranjero en el mundo y el Poeta en su cantar.
Sólo luz habita el cuarzo.

 

III

Y, sin embargo, flores marchitas pagan la fianza de mi alma y las tumbas gritan. Y los hombres de piedra las abandonan engañados por los viejos tambores... los yunques de los cíclopes.
Sepulturas nocturnas hay en la carne, ahítas del polvo de los sueños de los muertos, de espadas rotas.
Porque allí han rezado las Madres a dioses atentos con plañidos de mar y la loriga solar del Anciano rutilaba azur en sus lágrimas...
Allí lloraron a la estirpe muerta del hombre.

Hijo, sólo luz habita el cuarzo y el hierro fundido el corazón del hombre.

 

IV

Palmadas de tus llanos, batir de tus montes, latigar de tus glaciares.
Tierra traidora que los ángeles llamas al sacrificio; los ves impura llegar esparciendo el polen ígneo de sus alas por tus ríos de metal.
Auroras brotan del Cáliz y ¿ha de morir el Cisne en la cruz?

Hijo, extranjeros son los clavos en la cruz y el oro encarmina la sangre.

 

V

Dejad pues las iglesias muertas.
En mi mano, la piedra angular del templo vibra con cántico celular.
Y el Círculo de los míos danza estremecido.

Pues hijo, hijo... vomita mis oráculos.

 

VI

Y dos caras tiene el Otoño.
En una mano el sudario y en la otra cosechas ancianas.
He vuelto al círculo de las horas en la traílla de los suicidas y lloro, lloro las alas perdidas
y el grito póstumo preñando de humanidad el útero del Tiempo que así me daba a la Muerte
del Gran Acantilado.
Me traicionó la Nada. La Muerte vomita siempre los huesos. Tiempo y Muerte cicatrizan del Otoño ambas caras.
Y enloquece el zafiro.

Hijo, en ti renazco. Háblame ahora de sueños y esperanzas. Dime el nombre de la hembra del futuro, la Nueva Eva, Alminar del Alba.

 

VII

Pues recuerdo el tiempo
en que ceñía las cinturas de las hembras con brazos de fuego.
Y dejaba en sus mejillas mis amorosas violencias y en sus cuerpos el olor de mis paseos y en sus labios mi demencia zafiro...
Y a cambio me llevaba sus vacíos,
de sus pechos bebía la leche de los cíclopes.
Me ha hecho frío el cielo a estos encantos, o el temor de las tumbas de la Tierra, o el temor a vivir esclavo de espejismos de arena, o a morir entre los añicos del cristal de los éxtasis.
Aquel ardor es ahora el corazón de un Cisne como un fénix que vuela entre nubes de fuego lunar
y néctar.

 

VIII

Mas tú amaste también como los ríos,
cuando bañabas en almíbar seminal a los jóvenes que entre juncos se buscaban, desnudos en los juegos de su prístina ingenuidad, excitados bajo el canto de cisnes negros;
tú sabes lo que es adorar con besos el cuerpo de un varón, conoces el sabor a sal de su pecho, la aspereza de su lengua y la ingenuidad infantil de sus espasmos.

Sabes, hijo, el secreto de las Madres: en los brazos de una mujer todo hombre es un niño... pero en el cuerpo de una mujer todo hombre es extranjero.

 

IX

¿Y es que no recordáis ya cuando sentados bajo el Árbol cantábamos nuestras viejas historias y bebíamos para no vivir,
las batallas que imaginábamos y que a fuerza de soñar hicimos pasado,
el Árbol adornado de luz y nieve, y nosotros sumisos a los ancestros?
¿Caeremos pues en antiguos ritos, como si el sol no se hubiese cansado por nosotros?
¿Aturdiremos la herida de la Tierra, otra vez locura y vino hasta negarnos el llanto?
¿No somos nosotros acaso los ángeles llamados al sacrificio del hombre?

Pues hijo, el hombre es el altar donde se inmola el ángel y el hombre es la cruz donde hay un dios transfijo.

 

X

Azules son mis días, rojos los vuestros.
¿Llegarán a fundirse alguna vez en el púrpura de una nueva era?
Yo tengo sed de montes. De cimas mis camaradas. Ellos siguen el camino de las lanzas bajo soles asesinos, y monzones de arcilla y esmeralda. Yo araño la tierra de mi no-patria... y allí donde hinco desespero surgen coronas de niebla...

Hijo, nuevos bardos tañen hoy estrofas viejas. En esta tierra, lengua bárbara es el Canto y no hay horca que nos libre de futuros nacimientos. La muerte no mata para siempre: ésta es una maldición antigua.

 

XI

Es hora, hijo, de beberse la soledad,
derramar el cáliz del silencio.
El corazón del solitario rezuma el hidromiel de antaño y el meditar le colma las manos de la leche de los cíclopes;
sus palabras son leviatanes y con pies azules fatiga tierras felices;
extranjeros son los ojos en su mirar y sus cuencas cuenco son, el cobre del mendigo, lleno de la libertad y la errancia de los siglos.
Oh Sacrificio Peregrino, Nómada del Silencio, oye el tintineo de las tribus de los astros en el cuenco del mendigo:
limosnas infligen también el cielo y el destino.

 

XII

Y los cuervos aprendieron el silencio de los Cisnes,
Arrasados por el fuego negro de una informe pasión...

En el llanto de su soledad crucificada.

 

XIII

Porque, hijo, los Escaldas somos una aberración.
No hay runa ni máscara que nuestro dolor esconda.
Y sangra noche el cielo a nuestras espaldas.
Y nuestro canto es un silencio de lágrimas negras sedimentadas.

 

EPÍLOGO

 

Y silencio traían los ángeles del extremo de la Tierra.
Apocalipsis de añoranzas.
Y cómo pesaba la memoria en el silencio. En la pira del hoy ardía el pasado, llenándome los ojos de ceniza y gris y ausencia y llanto.
Sólo noches del Oriente. La Noche bruta silencial. Y las luces, lejanas, pegadas al muro del horizonte, denso de tiempo y espacio en la penumbra de su materialidad elemental. Y una malla de indiferencia emulando el cielo sobre las tierras.
Si mis camaradas cabalgaban todavía las estepas, sordo era el trueno de sus brutos, la música de sus cascos, y ellos no miraban atrás. Yo me santificaba recordándolos... su arcilla transparente, su gema de fuego en el pecho de cristal.
¿Lo hallamos?
¿Hallamos el misterio del dios, al fin y al cabo? ¿Y de Dios Santo invicto en el dios cruel?
Mas eso ¿qué verso puede evocarlo? Está escrito en la carne y es la historia de nuestra vejez...
... tenaz como los días.