DVD Ediciones
Los Cinco Elementos, 21

Barcelona 2002
183 pgs.
William Blake (1757-1827) es sin duda uno de los poetas más difíciles de la tradición occidental. Chesterton, que comparte con Swinburne y con Eliot el dudoso honor de haber rendido a Blake tanta admiración como incomprensión, dice sin embargo una cosa que es verdad y es que no pueden entenderse dos líneas de Blake sin tener en la cabeza toda su doctrina. Como, obviamente, no puede tenerse en la cabeza la doctrina de Blake sin haber leído antes cada una de sus líneas, lo que en realidad extraemos de la admonición de Chesterton es que Blake no es un autor para ser leído, sino releído, absorbido, ingerido. Los efectos de la poderosa pócima dependerán, como diría el mismo poeta, de la debilidad o entereza de cada individuo, porque no se le ha comprendido realmente mientras no somos capaces de emular su propio modo de pensar, desencadenado el intelecto de la tiranía de su proceder habitual y abriéndolo a una especie de contemplación multidimensional en la que cada objeto concebible aparece manifestado en una superposición de planos congruentes y mutuamente explicativos.
   ‘Ingerir’ a Blake ha sido siempre un peligro y una fascinación. De ahí que para las mentes más cartesianas este poeta no haya dejado de ser un orate, un habitante de la locura, un soplo demencial. Sólo que a estas alturas de la historia sabemos ya (¿lo sabemos?) que ‘locura’ es el letrero que mentes convencionales ponen al comienzo de ese páramo donde arrojan todo lo que hay que descartar para que el mundo pueda seguir teniendo apariencia racional y, así como en los mapas medievales a partir de cierta línea sobre el océano se leía “más allá sólo hay monstruos”, ahora ese cartel señala el punto donde el poder explicativo de la razón desmaya y empieza el misterio... en cuyas vastedades nuestro pequeño mundo cuadriculado flota como un islote a la deriva.
   Blake tuvo la imperdonable osadía de arrojarse de cabeza a ese misterio y de proclamar que todo lo que merecía ser dicho, pintado, musicado y poetizado está allí, no aquí: más allá de la línea que señala el habitar de los monstruos. Se declaró aborigen de “esa tierra feliz” y como el lenguaje humano no le servía para cantar su Visión creó una lengua de ángeles.
   Aquí en nuestro país, todavía a comienzos del siglo xxi, tenemos una policía del lenguaje que, con decrépita mentalidad de la Ilustración -convencida de que todo lo que debía ser nombrado fue nombrado ya por Adán- y con actitud inquisitorial -persuadida de que, si Adán se dejó algo por nombrar, es al consejo de pomposos gerontócratas al que corresponde paliar el parental descuido-, acecha con su patético dardo envenenado cada síntoma de que alguien se toma libertades con el castellano, que para ellos sigue siendo un objeto de posesión Patriarcal. El inglés no ha sufrido nunca esa opresión. El resultado es que su flexibilidad y potencial expresivo son de tal magnitud que, de hecho, la lengua se crea y se recrea en cada acto de habla. Pero Blake llevó estas posibilidades a un límite. Creó términos, creó ritmos, pervirtió la sintaxis e infundió un significado tan singular a palabras tradicionales que hasta la frase más aparentemente simple está cargada de un sentido que elude, o se burla de, la interpretación convencional. Cierto que la comunicación con su lector falla muy a menudo... demasiado a menudo, incluso. Cierto que ese taxón de lectores sesudos llamados críticos literarios ha debido desarrollar sofisticados instrumentos hermenéuticos para acercarse siquiera a Blake. Pero es que con Blake pasamos de una dimensión utilitarista del lenguaje a otra que podríamos llamar esencialista y en la que el acto comunicativo que verdadera, esencialmente importa no es el que tiene lugar con otros mortales y para las cosas prácticas de la vida, sino con la misma fuente de la que mana la palabra y a fin de comulgar con la Visión original, inmortal y real de las cosas. Para Blake esa fuente es un estado de consciencia suprarracional al que llama Imaginación. Y decimos aquí ‘estado’ de un modo un tanto ilegítimo, como concesión al lenguaje común. Porque para Blake la Imaginación ya no es un ‘estado’, no es una abstracción, es algo perfectamente corpóreo y personal: es la Individualidad por excelencia, la Identidad Suprema, la Existencia misma, el Hombre, la Divina Humanidad en cuya unidad fundamental y fundamentadora se resuelve toda la diversidad y multiplicidad de este universo pluridimensional. Es ese núcleo de vida divina que debe ser reconocido en un acto de discriminación que para él es la clave y el fin de la existencia del hombre en la tierra. Un acto al que llama en ocasiones Juicio Final o Perdón de los Pecados y que consiste en despojar al Ser de sus ‘estados’. Un acto que es un ejercicio simultáneo e integrado de ‘Ira’ y de ‘Piedad’ que, si aniquila la vestimenta (o mejor, mortaja) natural y perecedera, es para dejar al desnudo el cuerpo divino e inmortal de la Realidad.
   La palabra implica para Blake, antes que cualquier otra cosa, un compromiso con la Imaginación y sólo secundariamente la reconoce como un vehículo de comunicación con sus congéneres. Y si esa comunicación falla con frecuencia, como hemos advertido, no se debe a ningún defecto inherente de su lengua, sino a que su mundo de referencia no es posesión común. De ahí que aprender la lengua de Blake no sea un esfuerzo gratuito, sino el emerger a una nueva forma de Visión en la que uno desaprende las constelaciones para poder ver las estrellas.