
| DVD Ediciones Los Cinco Elementos, 37 Barcelona 2005 205 pgs. |
| DVD Ediciones Los Cinco Elementos, 37 Barcelona 2005 205 pgs. |
Empecé a estudiar ruso por una única razón: poder leer a Dostoyevski en su propia lengua. Cierto, en aquellos tiempos de la Facultad de Filología, en segundo y tercero, era obligatoria una lengua moderna distinta de la de tu propia especialidad. Yo estaba en el departamento de hebreo y arameo; me interesaba el hebreo clásico y, gracias al estímulo de un profesor excepcional, Gregorio del Olmo, me sumergiría luego en el ugarítico y el acadio, cada uno con su propio y mesmerizante sistema cuneiforme. Por mi lado y totalmente aparte del programa académico estudiaba sánscrito, desde siempre mi pasión secreta, y de las lenguas modernas que me ofrecían podía leerlas todas con relativa fluidez a excepción del ruso. Pero aparte de estas razones estaba Dostoyevski... y Dostoyevski pesaba más que cualquiera de ellas. La profesora de ruso del turno de mañanas de Filología vino la primera mañana del curso a decirnos que ella “de mañanitas nada”, que la clase sería por la tarde. Como ocurre a menudo en la universidad española, la buena mujer no iba a cambiar sus horarios sólo por ser la titular matutina de la insigne Academia. Y como yo no podía ajustarme a su horario porque tenía mi propia escuela de karate que atender, y ya el profesor de hebreo moderno (la asignatura más aburrida y peor dada de la carrera, si exceptúo la de historia de los judíos que impartía —¡aguanta!— el catedrático de italiano y que jamás nos habló de la historia de los judíos) nos había relegado a las tardes, vi frustrada mi ilusión hasta que la flexible e inspirada mujer me dio, como solución, el teléfono de una posible profesora particular. ¡Apáñate, chico!... lo que también es típicamente académico en este país. Pero la profesora fue Coral Climent, mi colaboradora en esta traducción, y a pesar de todo mi sarcasmo anterior estoy infinitamente agradecido de que las cosas fueran de esta tercermundista manera. Así que, en cuanto tuve aprobado el ruso de segundo y de tercero, le propuse a Coral leer y traducir a Dostoyevski en clase. Yo sé que la he desesperado un tanto durante mis años de pupilaje con ella. Para exasperación suya, sacrifiqué la fluidez en el hablar y la agilidad del oído en aras de la lectura. Pero, al fin y al cabo, ¿dónde voy a encontrar un interlocutor como Dostoyevski? Casi todas mis lenguas las he aprendido por los ojos, quizás porque me interesa más dialogar con los muertos (esto es, los inmortales) que con los vivos, las sombras pasajeras. La geografía del globo está en mi biblioteca. El Petersburgo que me interesa de verdad está en las estanterías ahí delante, en esa otra dimensión a la que entras por el portal de un libro. No es una actitud ni mejor ni peor que la del que prefiere la vida ahí fuera. Es distinta. En cierto modo más solitaria. Es la mía. Así que Coral y yo empezamos en aquel entonces por Noches Blancas y seguimos con el cuento del “Gran Inquisidor” en Los Hermanos Karamazov, que hasta hoy día me sigue pareciendo la pieza cumbre de la literatura rusa. En ocasiones, incluso fuimos infieles a Fiodor con Lermentov, Kuprin, Leskov y Tolstoi... Pero al final volvíamos —y hemos vuelto— a él. La atracción de abismo, supongo. Esta doble traducción de Memorias del Subsuelo y Timorata es, pues, para mí, la culminación de un proceso. Desde Septiembre del 2003 hasta Febrero del 2004 (entre mis traducciones del Preludio y del Paraíso Perdido), Coral y yo estuvimos reuniéndonos en su casa un día por semana: leíamos el original, comentábamos los términos más problemáticos, las trampas, trucos y viscosidades del autor, comparábamos las soluciones de los traductores franceses y anglosajones, y a la siguiente sesión de trabajo yo volvía con un primer borrador del capítulo; Coral lo examinaba, lo enmendaba, y yo preparaba después una versión más definitiva que quedaba para el repaso final. El resultado otros lo juzgarán. Trabajamos por el gusto de hacerlo, sin ningún contrato previo ni una idea muy clara de quién podría estar interesado en publicarlo al final; de modo que agradecemos a Sergio Gaspar su interés en nuestra edición y la inclusión de la misma en la colección Los Cinco Elementos de DVD Ediciones. |
A pesar de la distancia que las separa en el tiempo, Memorias del Subsuelo (1864) y Timorata (1876) forman un importante díptico narrativo en el que se manifiesta el lado más ácido del existencialismo de Dostoyevski. Su publicación conjunta pone de relieve, por tanto, aspectos de ambas obras que pasan desapercibidos de otro modo, como la insaciabilidad de amor del “hombre del subsuelo”, la eterna insuficiencia de ese amor y la sorda violencia que surge de todo ello. Estas dos novelas cortas son una concentrada destilación del mejor Dostoyevski. Lo que este autor hizo con amplitud monumental en Los Hermanos Karamazov, Crimen y Castigo o Los Demonios, lo hace aquí al modo minimalista, con la quirúrgica precisión que caracteriza a este sabio analista de la psique humana. .
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