Incluso en nuestra nación, una de las
menos imaginativas que existen cuando se trata de literalizar otros
mundos, se es condescendiente con el relato fantástico
y no se le condena, tan irreflexivamente como a las novelas que no
se ajustan a la lógica realista, a formar parte de los subgéneros
de la ficción narrativa. Quizás ello se deba a que es
todavía reciente el efecto de tres grandes maestros del relato
en lengua castellana: Cortázar, Bioy y, sobre todo, Borges.
Pero quizás se deba también, en parte al menos, a las
peculiaridades de este género literario, cuyo carácter
compacto —su unidad de efecto, que diría Poe—,
al mismo tiempo que tiende a librarlo de la extravagancia sostenida
de la novela fantástica, lo aproxima al poema. Y el poema apenas
puede ser poema sin resquebrajar la lógica cotidiana.
Borges, en una de sus astutas maniobras literarias, abría su famosa antología del relato fantástico relacionando este género con la Biblia y el Zend Avesta. La sugerencia me parece extraordinaria. El bordón de Moisés convertido en serpiente, la zarza ardiendo o la separación del Mar Rojo son temas propios de Las Mil y una Noches o de la épica norteamericana contemporánea. No es que pretenda degradar los libros revelados; por el contrario, quiero ahondar en el carácter de la así llamada fantasía. La fantasía es la textura de la Realidad, es el océano en el que flota a la deriva la isla del mundo realista. Cuando la física, la más realista de todas las ciencias, toca el mundo subatómico, la materia se le desmenuza entre las manos y desde el otro lado del velo llega un susurro fantástico; si por el contrario vuelve la mirada hacia los astros, la atracción de los vórtices galácticos la convierte en ciencia ficción. Cuanto más consciente de sí se hace la filosofía, más ve disolverse la realidad exterior en una granulada fenomenología de paradojas y perplejidades. Cuanto más avanza la biología, más cerca se halla de los mundos anunciados por las mentes que concibieron a Frankenstein y al Blade Runner. Cuando la psicología traspasa los estrechísimos márgenes de la consciencia frontal humana, choca con el misterio de los sueños, el surrealismo de la demencia o la profundidad insondable de la experiencia mística... Querer reducir todas estas inmensas regiones oceánicas que nos circundan a la vieja lógica realista es un esfuerzo heroico pero vano; quizás descubramos otra forma de realismo, pero no será el de las acostumbradas series causales. La literatura fantástica tiene el privilegio de adelantarse a las ciencias en la exploración de esas otras lógicas porque, a su naturaleza, le es indiferente la demostración empírica. La Verdad literaria es una verdad racional, o estética, o espiritual... con tan poca necesidad de un referente físico como para Descartes podía tenerlo la verdad filosófica. A diferencia de la literatura realista, la fantástica es la que legítimamente puede preguntarse, por ejemplo, qué estados de consciencia supraintelectuales encarnará el hombre en su evolución y cómo será el mundo contemplado desde ellos... cuestión que sin duda tiene muy poco interés para la personalidad centrada en los culebrones de su emotividad, pero apasionante para el espíritu de miras más amplias. Esta misma audacia de su naturaleza hace de la literatura fantástica el caldo de cultivo de los logros más fascinantes y de los fracasos más estrepitosos. En un sentido romántico, no sólo existe la Imaginación, una forma de Revelación, sino también la fantasía, que pasea la mirada por dédalos erráticos. Tolkien, retornando a Luis Vives, invirtió la terminología de Coleridge y llamó Fantasía a la forma de composición superior mientras dejaba imaginación para la inferior; no vamos a entrar aquí en cuestiones semánticas, pero sí es interesante recordar que la asociación —casi podría decirse simbiosis— entre esta forma superior de literatura imaginativa y la Revelación se remonta a los mismos Vedas, acaso el documento literario más antiguo de la humanidad, y que fue insistentemente reivindicada por los Románticos. Para su esfuerzo misteriosófico, la fantasía (o Imaginación) cuenta con un arsenal de instrumentos bien establecidos: el símbolo en todos sus aspectos, el desarrollo de secuencias causales anómalas o la estructuración de un tiempo acausal, el reflejo eidético, diferentes formas de violar la sintaxis, creación de conceptos y terminología, etc. De todo ello encontrará el lector en estos relatos, siendo los más atrevidos, quizás, los cuatro que culminan la serie. Mientras “Pneuma” es una especie de poema en prosa sobre la escatología gnóstica, “El Río Circular”, por ejemplo, es una pieza un tanto oscura. Amigos benevolentes han empezado a apreciarlo sólo tras comprender que sus personajes son realidades tipológicas y caleidoscópicas y que los tiempos verbales, unívocamente asociados a cada uno de ellos, pretenden establecer una jerarquía ontológica. Por supuesto, no reclamo para estos relatos el logro misteriosófico, eso es algo que cada lector debe decidir por sí mismo, pero sí el esfuerzo. En cuanto a las influencias literarias que me han acompañado, creo que son tan evidentes que apenas merece la pena nombrarlas: Borges ha sido siempre para mí uno de los dos autores más admirados en lengua castellana. Yeats y Mallarmé siempre han ocupado un puesto de privilegio en mi horizonte.
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