UNA PORCIÓN
DE OCÉANO EN UN TUBO DE CRISTAL |
‑Usted
nos ha llamado. Las
palabras fueron dichas no con el tono de una orden, sino con el de la
cualidad de consciencia de la que emerge el imperativo del verbo. Desde
el otro lado del umbral me contemplaban los ojos grandes y profundos
de un joven de color, fulgurantes y serenos en un rostro de misteriosa
belleza. Su acento era cálido, caribeño, pero su figura hablaba de la
milenaria Nubia, que dio héroes y faraones a Egipto... también villanos.
‑Disculpe,
su nombre es... ‑inquirí. ‑Georgos,
Georgos Salcedo ‑respondió rápidamente. Georgos,
pensé, el que trabaja la tierra, el obrador de la materia, el sacrificador
del dragón. Sí, ese nombre repite el color de su piel. ‑...y
mi compañero es Ignatios, Ignatios Paguro. Paguro,
pangere, παγoς, fijo, firme, compacto. Un
rostro del renacimiento bajo una cabellera blonda, ígnea, en un cuerpo
pequeño y menudo cuya configuración sugiere secretas habilidades, secreta
fuerza; un rostro de piel muy blanca, difícilmente reproducible, con
un perfil que contradice la primera impresión que provoca su imagen
y conduce el recuerdo al gnomo, de sabiduría telúrica y peligrosa. Apareció
junto a Georgos cuando él lo nombró, como si se hubiese cristalizado
a partir del aire. Ambos
hombres vestían monos rojos de pintor y gorras blancas. En el bolsillo
derecho, a la altura del corazón, un nombre comercial: Múltiples,
y un símbolo: un capitel jónico. ¿Los
había llamado, era eso posible? Aquel catorce de Marzo era el octavo
día de mi retiro. En mí los retiros son frecuentes, intensos. Advierto
a los cuatro o cinco amigos con los que todavía tengo un trato cercano
y creativo, me encierro en La Ascensión, la vieja casa que heredé
del tío abuelo de mi padre en una aldea apartada, en la montaña, y dejo
que la Vida interior viva al fin, poderosa, triunfal y absorbente,
sin los influjos a veces desastrosos del mundo exterior. En ocasiones
la experiencia de los mundos interiores es tan arrasadora que sólo puedo
retornar a los recuerdos de mi personalidad externa con esfuerzo, sólo
comienzo a recobrarlos con vacilación e inseguridad. ¿Los
había llamado? Era cierto que aprovechaba muchas de mis estancias en
La Ascensión para transformar lentamente la morada de acuerdo
con la vida que yo buscaba y hallaba en ella, para convertirla en el
cuerpo material que exigía cada vez con mayor rotundidad e intransigencia
mi experiencia interior. Iris, amiga y decoradora, que había ido aprendiendo
con el tiempo a responder a mis extraños requerimientos sin acabar
de comprender verdaderamente si éstos surgían de la sutil genialidad
que concibió las pirámides o de la mera locura, contrataba entonces
especialistas pulcros, silenciosos, de acción vertiginosa y eficaz,
un simple apéndice del mundo físico en mi eremitorio‑entre‑los‑mundos
durante los primeros días de cada uno de mis retiros. El resultado de
su trabajo era siempre limpio, correcto, pero desde el punto de vista
del que yo contemplaba las cosas, insatisfactorio: aquellos artesanos
habían obedecido a un plano; no habían sido inspirados y movidos por
la Idea, no habían comulgado con ella. Sin embargo, en esta ocasión,
no lograba recordar un encargo semejante. Contemplé
a Georgos con la atención de que es capaz no el ojo exterior sino la
consciencia de la que el ojo es manifestación. Era una coagulación de
fuerza tectónica; su cabeza estaba rodeada por una llama azul marino
de color fuerte y homogéneo que ascendía y se estrechaba hasta convertirse
en un hilo muy fino, añil, de matiz cada vez más claro, cielo, lavanda,
azul casi cande como el destello de la luna, dorado en la cúspide. El
centro de su ser lo dominaba un rojo intenso, compacto, que se tornaba
púrpura hacia los pies, un púrpura límpido, organizado. Tras él, el
aura de la tarde, un rito de rosas, el descenso del oro rojo por una
corriente difuminada de arcilla dejando a su paso una estela de fuego.
Percibí que su ojo interior me contemplaba a mí, veía a través del cuerpo
que visto, impermeable para el ojo mortal. ‑Pasen
‑les dije. La vista
de Georgos se paseó por las paredes, los suelos. Miraba no como el extraño
que explora y descubre un ámbito nuevo, un espacio no habitual, sino
como el dueño de una mansión que ha estado lejos algún tiempo y revisa
al retornar el estado de aquello que encomendó al cuidado de un sirviente. ‑Estas
paredes están dormidas, no tienen profundidad ‑le comentó a su
compañero con voz apianada. Ignatios,
levemente, asintió. Su mirada
se detuvo en el pergamino enmarcado en oro, sobre terciopelo rojo, que
advertía al visitante desde una de las paredes del recibidor: Desde
allí su vista derivó hacia la derecha, hasta la puerta blanca que conducía
a la estancia principal de la planta baja. ‑Ahí
debe de estar el gimnasio ‑comentó. Tomó
la escalera hacia el primer piso, observando, palpando la pared gris
con un gesto suave que se parecía más a la caricia que al examen...
Caricia a la madre dormida, al coma de la Materia, pensé. Alcanzó el
gran salón, que junto con el dormitorio y la cocina conforman esta planta.
A la derecha, unos grandes ventanales y una terraza saludan al Oriente;
al fondo, a ambos lados de la chimenea, las estanterías de la biblioteca,
ahítas de libros en muchas lenguas, se remontan hasta el altillo donde
cambian su carga contemporánea por la de viejos códices, piedras y estatuillas:
un saber de dos pisos de altura. Opuesta a la librería, una escalera
de haya, ligera y espiral, conquista el tercer nivel de la casa ‑el
cuarto, si se tiene en cuenta el sótano con su amplio garaje y sus dos
estancias‑. La escalera muere junto a una columna de hierro con
la que Iris creyó necesario afirmar la vieja estructura del techado
a dos aguas. Allí está el escritorio, frente a la biblioteca de la chimenea,
delante de un nuevo panel de estanterías que cierra por la mitad el
vasto espacio del altillo; un escritorio cómodo y muy amplio, para poder
trabajar con varios libros al mismo tiempo, a veces gruesos diccionarios
a través de cuyos laberintos persigo curiosas, ambagiosas, místicas
etimologías. Georgos
observó todo lo que podía verse desde el salón, la escalera de madera
clara, la columna de metal, el barandal del altillo bordeado de plantas
desde el que se domina el salón... Prosiguió su ascenso, palpó el pilar,
fijó su vista en la librería tras el escritorio. ‑Ahí
debe de estar la sala de meditación. Se acercó
a las estanterías, accionó un mecanismo apenas visible y empujó con
su mano derecha. Todo un módulo de la biblioteca se movió abriéndole
el paso al rincón más secreto y más sagrado de mi morada. Yo le observaba
en su armónico y sutil hacer, preguntándome si los recién llegados eran
ángeles del Cielo o del Infierno.
Contemplo el trabajo minucioso de Georgos, la ligereza inconcebible de sus manos. Al ver su sabio y ligero movimiento se diría que son de la naturaleza del aire; sin embargo son densas, tan densas como la materia a la que guían por el camino de las transformaciones; densas pero conscientes, tan conscientes que parecen individualizadas, mentalizadas. El ojo interior las ve rodeadas de un halo azul marino, como el océano. ‑El
trabajo llevará una semana ‑me dijo ayer cuando hubo examinado
toda la casa‑. Quizás más, pero nosotros sólo podemos dedicarle
siete días. Vio
la indecisión en mis ojos. ‑Oh,
no se preocupe; lo que quede por hacer, si llega a quedar algo, será
sencillo entonces, usted mismo podrá terminarlo. Pero
mi indecisión no nacía de ahí; lo que yo me preguntaba era qué trabajo.
Me preguntaba... pero no quería preguntar. Me he acostumbrado a una
relación especial con lo oculto, con lo misterioso, y desde que Georgos
e Ignatios penetraron en La Ascensión sentí que la inmersión
en mi mundo interior, lejos de verse perturbada, se hacía más y más
honda. El contacto con lo oculto exige otro sentido de percepción, otro
órgano de decisión, otra guía que la que nos proporciona la mera mente
racional; el cálculo de las ventajas y los inconvenientes personales
de un movimiento no nos llevará más que a la confusión, la obcecación
en una dirección determinada acabará en perdición. El buzo de lo oculto
debe aceptar lo que las corrientes del océano misterioso le traigan:
tesoros y grutas encantadas no tienen valor en sí mismos, sino sólo
en la medida en que transforman al buscador y lo preparan para un viaje
aun más audaz; tiburones y monstruos de las profundidades pueden ser
en realidad verdaderos tesoros, los instrumentos del Guía Desconocido
para provocar en el peregrino una transformación más rápida, decisiva
y poderosa. Y yo acepté lo que la corriente de las horas había traído
hasta mi umbral, acepté sin preguntar, acepté la inquietud de mi ignorar
porque mi corazón interno le susurraba al resto de mis miembros: “Evolución”. ‑Temo
no poder instalarlos cómodamente... ‑No
se preocupe ‑interrumpió Georgos‑. Dormiremos abajo, en
el gimnasio, sobre el tatami donde usted practica artes marciales. Cualquier
lugar es bueno para aparcar el cuerpo mientras se accede a los mundos
del reposo, de la fantasía o de la inspiración; ¿no le parece? ¿Podría
estar más de acuerdo? Mi dormitorio es sencillamente eso, un lugar donde
dejar mi cuerpo bajo un aura de protección durante las tres horas diarias
que dedico a la experiencia de dormir y de soñar. Y esta pasada noche
el sueño ha sido especialmente luminoso. Pienso que hace tiempo ya que
no visito el sótano de la mansión; sigo el caracoleo de la gran escalera;
hasta llegar a la puerta que abre el paso a la planta subterránea no
me fijo en nada, ni en las paredes, ni en los cuadros, ni en los escalones;
al abrir la puerta tengo la sensación de haberme sumergido en el océano,
la estancia que me recibe es azul, azul obscuro, un azul profundo, de
muchos tonos, un azul que impone una extraña vibración a mi cuerpo,
como si éste reajustase de pronto su densidad para adaptarse a la densidad
mayor del nuevo medio. La puerta al garaje por la izquierda y el acceso
al cuarto de herramientas frente a mí han desaparecido, sólo queda
la puerta de la derecha al trastero que, servil, recoge y acepta todo
lo que al resto de las habitaciones de la casa les resulta indeseable.
Pero ha cambiado. Lo descubro sin asombro, comprendiendo que lo que
ahora es es lo que esta alhanía siempre quiso ser. Los objetos que la
colman están ordenados, limpios, aletargados... ya no parecen trastos,
indeseables, sino entes que aguardan inconscientes una hora y un lugar
en el mundo de la manifestación. Las paredes son de un púrpura ensombrecido,
más denso que el azul anterior; a él mi cuerpo le responde adensándose
aun más; la sensación es opresiva, pero no sofocante. Una cenefa recorre
los muros a la altura de mi mirar, tiene la forma de una serpiente,
la anchura de un codo, su recorrido transporta símbolos caldeos, milenarios.
La serpiente cruza una puerta en arco a mi izquierda. La sigo, la veo
prolongarse en la nueva cámara de un profundo rojo sombrío, decorar
sus cuatro paredes con símbolos egipcios, circundar las herramientas
que reposan sobre las mesas de trabajo y el suelo, en los armarios,
honrándolas como a héroes dormidos, los instrumentos de una nueva transformación.
Al contacto con el rojo, mi cuerpo se ha hecho más compacto, mis células
se han apretado unas contra otras, desaparecen los intersticios de mi
carne, la fuerza de atracción entre los núcleos celulares crece, como
si estuviesen dispuestos a reventar las membranas y a fundirse en una
sola masa palpitante y viva aniquilando todas las nadas de mi ser. Sigo
a la serpiente a través del segundo arco en la pared del fondo, que
forma un ángulo recto con la del arco anterior. Los símbolos de su piel
son, en la nueva sala, atlantes. Lo sé por un recuerdo que emerge de
las honduras de mi memoria, ésas que están tapadas por el légamo de
muchas vidas. Hay libros en las paredes azules, un azul casi atramento,
como el cielo de la noche, libros vacíos que aguardan los trazos de
una escritura aún ignorada y libros que repiten hasta la saciedad unas
pocas frases, como cuadernos de una infantil caligrafía. La presión
interior de mis células es insoportable, me siento el cuerpo de un
universo cuyas masas estelares se arrojasen unas contra otras con fulgor
de cometas para fundirse en el Huevo Primordial y restaurar el Tiempo
Eterno. Me pregunto si mi forma exterior estará cambiando, si estaré
perdiendo todo relieve, convirtiéndome en el huevo opalino de la serpiente.
Pero la sigo, a la serpiente, a través del tercer arco, presiento que
el último. Cada paso me cuesta siglos, eones de movimiento, de esfuerzo
cósmico. Pero el arco está ahí para que yo lo alcance, nada puede impedirme
llegar. Y llego. En otro tiempo. Ya no se cuál. El del nuevo ser que
soy. Uno en fusión absoluta, múltiple en posibilidad de manifestación.
En el umbral la presión desaparece, soy un soplo de brisa, un ave, ingrávido.
La última cámara es irisada, todos los colores se han fundido en un
solo destello, las paredes no son sino los extremos del aire. No, no
se han fundido, el ojo aprende poco a poco a ver la luz como un torbellino
de infinitesimales soles de todos los colores: juntos, crean el resplandor
irisado; pero ninguno ha perdido su individualidad. En el centro de
la cámara hay una mesa de cristal y sobre ella una piedra negra, un
cubo perfecto, un terrón de noche. Junto a ella meditan tres personajes
cubiertos por capas negras, capuchas negras. El del medio alza la frente,
se descubre, me mira con ojos de índigo sobre añil; es una mujer, antigua
como la Tierra. Su sonrisa es infinita, amorosa pero ambigua, perfecta
en su belleza pero pícara, revelación de un poder invencible, de una
inconcebible esperanza: es la Madre de los Mundos. “Visita
Interiora Terrae...” ‑recita ahora la figura a su derecha. “Rectificando
Invenies Occultum Lapidem” ‑responde antifonalmente la otra figura.
Son
las voces de Georgos e Ignatios. Múltiples ‑Vea
‑dice Georgos. Su voz
de demiurgo satisfecho me saca del recuerdo del sueño que me absorta.
Lo busco con la mirada, busco con la mirada lo que debo mirar. ‑No,
desde ahí no; baje al salón, es mejor esta perspectiva. Obedezco.
Georgos e Ignatios están junto a la chimenea, de espaldas a ella, mirando
hacia arriba. Me uno a su contemplación. ‑Vea
‑repite‑. Es como una porción de océano en un tubo de cristal. Es cierto.
La columna de hierro que la pintura blanca había convertido casi en
un ausente nos impone ahora su presencia azul, azul océano como el azul
que me recibe en el sótano de mi sueño. Las aguas que forma la pintura
dan al pilar la textura del mármol, un mármol a la vez sutil y titánico.
Es como si el Ausente se hubiera materializado; ahora preside no sólo
el altillo, no sólo la atmósfera que comparten el altillo y el salón,
preside toda la casa, su casa, y exige cambios drásticos en su morada. ‑Seguiremos
por la madera ‑dice Georgos‑. Observe, el roble de estas
estanterías parece muerto; sobre ellas, los libros son cadáveres. La
biblioteca es un sepulcro. Esperamos no perturbarle demasiado. Su voz
es portadora de un encantamiento, sus últimas frases han operado un
extraño cambio en mí: los libros han perdido de pronto todo el valor
que les dieran años y años de reunirlos cuidadosamente, siempre las
mejores versiones, siempre versiones originales cuyas lenguas me preocupaba
de aprender como un nuevo, fascinante ejercicio mental. Sí, eso es,
el universo mental ha sido velado por su voz... o ahuyentado, como se
ahuyenta a un ave demasiado etérea y luminosa con un gesto incluso
dulce y casual; ahora es la madera, la materia, la que reclama de mí
el valor y la atención. Es curioso,
pero de algún modo esta constatación me remite a la experiencia de esta
mañana, al despertar, cuando un hormigueo ha inundado mi espalda, ha
ascendido por mi columna vertebral, ha trascendido el vértice de mi
cabeza coagulándose por encima de ella... una nube de consciencia añil
que poco después me ha abandonado como reabsorbida por el mundo desde
el que descendió. Es el fenómeno que precede a la clausura del Portal
Interior, es el naufragio que me deja en la isla sórdida de mi consciencia
física. Pero hoy... sí, el umbral a los mundos sutiles de la Vida y
de la Mente había desaparecido bajo la mole del infranqueable Portal
pero, oculto hasta ese instante, se abría un postigo: un Poder desconocido
me invitaba a descender al mundo interior y simbólico de la Materia. Y ahora
los veo en el suelo. Los dioses de mi universo literario han descendido
al polvo. Dostoyevskii, Tolstoi y Liermentov... Göthe y Heine... los
poetas románticos ingleses... los montruos del pasado griego y latino,
del renacimiento italiano, del medioevo chino y nipón, del clímax sánscrito,
del clasicismo hebreo y árabe, de los siglos de oro, ingleses y españoles...
Borges, Tolkien y Aurobindo entre los que cabalgan este siglo y el siglo
que le sirve de escabel... Kiran y Gaspar entre los que aplaudirá el
futuro... todos han descendido al suelo desde su Parnaso o su sepulcro
de madera; dóciles, se dejan cubrir por una sábana que Ignatios extiende
sobre ellos casi amorosamente. La mente se dispone a dormir. Mis manos
vibran, vibran...
Contemplo
el quehacer milagroso de Georgos y de Ignatios. La jornada parece empezar
verdaderamente cuando cobro consciencia de esa contemplación. Hoy son
dos daimones extraños y disertos empeñados en devolver la madera de
la biblioteca a su condición de bosque, un bosque adormilado en un Otoño
rojizo entre la vida y la muerte. Sus brochas cubren ahora las estanterías
de cera blanca, la textura de la madera desaparece bajo un velo regenerador...
se diría que de leche cuajada, o de febril apoyadura, o de nieve, o
de talco. Después sus lijas y pulidores despercuden la superficie, desmenuzan
o funden o desgarran el velo, desnudan nuevamente la madera... pero
ahora sus vetas son de plata, su textura es suave, el roble torna a
ser joven, una nueva aura de vida lo envuelve, apenas puede dudarse
de que el muérdago vaya a habitarlo otra vez. Vibran... Mis
manos vibran. Mi mente está muda. Mi pensamiento es una rueda que gira
con dificultad. Yo he descendido de la mente a mis manos, a mi piel,
a mis sensaciones, percibo con partes desconocidas de mi ser. Ayer todo
contacto físico era el mismo contacto; con leves variaciones, todos
los objetos, todos los materiales, le parecían el mismo elemento a mi
mano: un útil de piel neutra que por razón de su utilidad había que
tocar... con precaución. Hoy percibo el más indeciso repliegue de la
materia, mi mano palpa... mundos, presencias, y en la diversidad de
sus configuraciones lee y goza los mensajes secretos de la Madre Dormida. ‑Por
favor... ‑Georgos me tiende un burujo de lana metálica desde la
escalera de pintor a la que ágilmente se encarama‑. Sostenga esto
mientras aplico el pulidor, no quiero dejarlo caer al suelo. Enciende
la máquina, la rueda gira cubierta por un delgado cilindro de borra
suave, Georgos la acerca al fondo desnudo de la librería, presiona con
ella la madera blanqueda y deja que la cera vaya difuminándose bajo
sus rápidas, precisas evoluciones. En mi mano, la lana metálica ha
producido un curioso efecto, ha dado a la vibración de mis manos un
sentido y una dirección, ha canalizado la energía extraviada y expectante
de mis manos que se manifestaba poco antes en ese estremecimiento ineficaz:
ahora saben, sabe, sé lo que debe hacerse. Cuando Georgos detiene el
pulidor, yo, encaramado a una silla infirme, repaso con mi instrumento
las nubes de albura que todavía conserva la madera como innecesarias
concentraciones de humo galáctico. Lo hago a conciencia, con suave
fuerza, con rara maestría, hasta que sólo las vetas atesoran la huella
del relámpago. Miro hacia lo alto para verificar la obra. Se me antoja
que muchas vetas sucesivas se unen ahora en una línea vertical que se
pierde en las alturas: La Vía Láctea, pienso, el Camino del iniciado. Georgos
me mira sin extrañeza. Me he
transformado en su aprendiz.
Creía
que eran imaginaciones. Esta
madrugada, al levantarme y pedirle al espejo mi imagen para un nuevo
día de labor ‑de labor y conquista, como reza la fórmula que
repito en mi interior cada alborecer‑ me hallé frente a un rostro
joven, semejante al que yo fui, al que yo tuve, quizás, a los veinticinco
años, hace ahora veintiuno. En la cabellera que lo embellecía no había
el rastro de una cana; el pelo era liso, de un brillante castaño, casi
bronce, con visos dorados; también en la piel había una huella del oro,
pero lo que más me llamaba la atención era la ambigua picardía que dejaban
traslucir las comisuras de sus párpados y de sus labios. Me recordaba,
pensé en un primer momento, a la Gioconda; pero después comprendí que
más intensamente, más inquietantemente traía a mi memoria la mujer
de mi sueño. Comprendí de pronto, también, que había despertado, que
estaba en mi cuerpo físico, que aquella no era una de tantas experiencias
nocturnas en las que me enfrento a un espejo onírico para ver reflejadas
en él las muchas faces que de mí aún desconozco. Creí
que eran imaginaciones. Encendí otra luz, más potente, más ofensiva
a esa hora de la madrugada que todavía quiere conservar un cierto sabor
de la noche. Era un rostro más joven. Yo era un rostro, un cuerpo más
joven. El agua de la ducha no borró esta impresión, esta evidencia.
El curso de las horas no ha desdicho la evidencia de esta regeneración.
Georgos lo ha constatado en silencio, como el signo que al profesional
le confiere la certeza del trabajo bien hecho. ‑El
arte es una cristalización o no es nada ‑había dicho mientras
tomábamos la última taza de té del desayuno, ésa que se presta a dejarnos
recuperar el hábito de la conversación cada nueva mañana, cuando convivimos
con semejantes. Le contemplé
sorprendido, emergiendo de mí mismo, de esas reflexiones que se insinúan
y desmadejan mientras paladeamos la dulce amaritud de un té. ‑La
cristalización... de un poder. Extrañamente,
la voz de Georgos tomaba el hilo de mis pensamientos. ‑Piense
en un cuadro, un poema, un relato, una composición musical. Cada una
de estas piezas es una concentración de Fuerza, no una concentración
cualquiera, amorfa, bruta, sino una sutilmente, casi diría divinamente,
organizada por la Visión del artista, que ha "plegado", por
así decirlo, en una estructura de escasas dimensiones, a escala humana,
la belleza o el poder inconmensurables del nuevo horizonte de la Realidad
descubierto por él. Observe: en el arte existe un momento de Visión
y un momento de traducción de lo visto a la fórmula material... o,
para seguir con nuestra imperfecta terminología, de "plegamiento"
de esa Realidad sutil. El primer momento es el del místico o el visionario
que necesariamente amansiona todo verdadero artista, el Kavi,
el vidente de la Verdad; el segundo es el del técnico, el τεχvήτωρ,
el artífice, el obrador en el que necesariamente aboca todo artista.
Pero ese proceso circular que llamamos arte no acaba ahí, exige ahora
de un segundo artista, un artista pasivo que en su pasividad visionaria
"despliegue" ahora la fórmula material concebida y efectuada
por su complemento activo, el creador, y se remonte, en una triple experiencia
de gozo, poder y conocimiento, de hálito contenido, hacia la Realidad
desvelada, incorporando definitivamente, en ese mismo acto de retorno
y redescubrimiento, el nuevo Horizonte al universo humano. "Como
ve, la metáfora de la cristalización nos es útil hasta cierto punto,
esto es, mientras no la entendamos como fosilización, como anquilosamiento,
exceso de simetría o inercia, porque no hay nada más contrario a todo
esto que el arte. El arte es precisamente la llave que nos saca de la
prisión de una realidad y una experiencia demasiado limitadas, rompe
el hechizo del hábito, la fijeza y rutina que el doble embrujo de nuestros
sentidos y nuestra razón nos imponen. Cuando el arte contempla el mundo
cotidiano, lo transforma, lo hace más profundo, le obliga a confesar
su alma; pero más a menudo, cuando el arte es Arte, hace trizas la
membrana con la que nos protegemos del Infinito y nos abre a una nueva
Luz... eso o no es nada. Bebió
un largo sorbo de té. ‑¿Cuánto
de ese Arte sobrevivió al Renacimiento? ‑le pregunté pensando
en las monstruosidades a las que nuestro tiempo otorga ese título. ‑Poco,
muy poco ‑respondió‑. El arte ha sido desde entonces una
planta poco común, un huésped infrecuente del artista. Y lo que hoy
llaman arte es el cuento del idiota anunciado por Shakespeare, colmado
de grito y de furia. Es el clamor del desconsolado, la protesta pueril
del inconforme, el aborto del innovador... La mayor parte de las veces
el creador ya no es clarividente sino miope, ya no obrador sino obrero,
ya no asciende a la cumbre de la Visión para traernos una parte del
universo que los demás aún no hemos imaginado o intuido sino que clama
desde la cima del endeble minarete de su deseo o de su miedo, de su
queja o su reproche, exigiéndonos que le contemplemos a él, que nos
interesemos por la ridiculez de su minúsculo mundo. Por su parte, el
espectador ya no se acerca a la obra como artista, sino como crítico
o como pedante. Y no es su razón la que le permitirá el "desplegamiento"
de la obra; la obra es una puerta y un camino al Monte de la Visión,
pero la llave que abre la puerta es la suspensión del hálito, el deslumbramiento,
el amor. Ignatios
asiente, en silencio, como saliendo de su estupor. Ignatios calla, siempre
calla, como si su saber secreto, ese saber intemporal que se adivina
en su penetrante mirar de gnomo, pudiese expresarse sólo en la acción...
quisiese expresarse sólo en la acción. El visionario y el obrador,
pienso. Los
ojos de Georgos brillan. Desde que ha cesado su discurso, no ha dejado
de mirarme fijamente a las pupilas. Se me ocurre que Georgos no me ha
hablado del arte, su conversación no ha sido casual, el efecto del saboreo
de una taza de té: Georgos me ha transmitido, mediante el lenguaje simbólico
con el que se le habla a un iniciado en los misterios, la razón y el
propósito de su estancia aquí. ‑Sin
embargo, hay un Arte superior al que nos lleva a Ver: el que nos hace
Ser. Con
estas palabras aparta la mirada de mis ojos y contempla el reloj. ‑Hoy
nos ocuparán las paredes ‑concluye. No sé
por qué la última reflexión de Georgos me ha devuelto el recuerdo de
mi sueño... quizás algo en su manera de pronunciar, en esta ocasión
concreta, la palabra “Arte”. Y ese recuerdo, por resonancia, ha despertado
otro, el de la experiencia de esta última noche, borrado de pronto esta
madrugada por mi asombro frente al espejo. Mientras doy a las paredes
que el salón prolonga en la escalera una capa de pintura blanca castigada
con ocre, el recuerdo toma cuerpo en mi carne, se hace absorbente, intolerante,
terrible en su arrasadora potencia de transformación. Estoy en la cámara
de herramientas del sótano. No sé cómo he llegado aquí. Todo en ella
es como en el sueño anterior: el rojo púrpura de las paredes, los símbolos
egipcios, los arcos de las puertas... Pero las herramientas han despertado;
silenciosas, despiadadas y eficaces, actúan sobre mí. Yo estoy acostado
sobre una mesa de madera tosca, como la de un carpintero, el taladro
me perfora hasta la raíz de mis vísceras; instrumentos para los que
carezco de nombre penetran hasta el fondo de mi carne, hasta el seno
de mis huesos, cortan, hurgan, limpian, lijan, arrancan, aplastan, clavan,
cosen... Manejándolos, siempre la misma mano blanca. Sé que tras esa
mano hay un ser... no me atrevo a decir un hombre. Quizás alguien que
fue un hombre y ahora es más; quizás un ángel. Mientras ocurre este
tormento, trato de remontarme más allá de la mano siguiendo el curso
de la visión, violar la niebla que envuelve en misterio al Amo de la
acción. La bruma es penetrable, permeable, pero lo es como una esponja
que absorbe y devuelve vacía el agua de mi mirar. La niebla es esponjosa,
gris, azulada, una trampa para los ojos. No, la niebla surge como una
excusa ahí donde los ojos se niegan a ver más. Detrás
de mí, Georgos e Ignatios han trabajado la pared tres veces. Le han
dado una piel azur, violeta, roja. El resultado es un oro indefinible,
irisado. Las paredes de La Ascensión ya no son límites, pero
no han rendido su tarea leal de protección, estructuración, consolidación,
cimentación. Se diría que son una coagulación del arco iris: una puerta
y un camino para el habitante de la morada; un escudo y un laberinto
para el extraño. Georgos
había dicho que hoy nos ocuparían las paredes. Es verdad, me siento
ocupado por el arco iris.
Vitriolo.
He despertado paladeando esta palabra tal como la boca juega distraídamente
con un caramelo. De pronto he comprendido, en el baño, frente al espejo:
Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem;
VITRIOL es el acróstico de las palabras que como una oración o un ensalmo
pronunciaron Georgos e Ignatios en mi primer sueño. Ahora recuerdo su
origen: el paradigma de la Obra Alquímica tal como lo acuñó Basilio
Valentin. Ahora sé por qué la última reflexión de Georgos, durante el
desayuno de ayer, me devolvió a mi primer sueño: Arte es por excelencia
el símbolo de la alquimia. Ahora intuyo lo que significan las estancias
de mis sótanos oníricos: sobre un mismo plano, reproducen con lábiles
variaciones la jerarquía de mundos que crea La Ascensión, el
gimnasio físico y vital; la primera planta, vital e intelectual, con
su salón de lectura, su dormitorio y su cocina; el altillo, intelectual
y espiritual, con su despacho y su sala de meditación. En el inframundo,
la pura materialidad de los objetos dormidos, la vida material de las
herramientas, la mente material de los libros, ahítos unos de incesante
monotonía, otros vacíos; por último, la Materia pura... ¿transformada,
regenerada? Un mismo
eje une el santo de los santos en la planta superior con el núcleo del
núcleo en la profundidad de esta morada. Una misma vibración. Arriba
como abajo. La serpiente es hermana del fénix. Visita
los Interiores de la Tierra, Rectificando Hallarás la Piedra Oculta. ‑Es
lo que distingue al Artista ‑dice Georgos mientras iluminamos
con focos la alcoba, disimulada tras uno de los paneles de la biblioteca,
que acoge, maternal, silenciosa y discreta, mis horas de meditación. Hasta
hoy sólo velas o candiles con el sabor de lo añoso habían aluciado esta
cámara sin ventanas que, por su situación bajo el punto de confluencia
de tres planos del tejado, tiene la forma de una pirámide imperfecta,
cortada al frente por el panel vertical de la librería, a través de
la cual, secretamente, se accede al interior. El suelo es de parqué,
lo cubre en parte una alfombra sencilla pero muelle, blanca como un
vellón de cordero. La alfombra ofrece almohadones y dos asientos bajos,
orientales, con respaldo. Entre el suelo y el techo piramidal hay un
zócalo de un codo de altura, blanco. La sala está, por lo demás, desnuda. Artista.
Georgos ha dicho Artista. Pero a mí ya no me confunden sus palabras.
Artista, agricultor, navegante ¿no son todos éstos símbolos que revelan
y ocultan al alquimista? Y ¿qué otra cosa es el alquimista sino aquel
que sigue un camino de perfección... el camino de perfección que no
desprecia a la Materia? La metáfora de los metales y las operaciones
químicas es justa: el alquimista no quiere la perfección a costa del
sacrificio, el abandono y la aniquilación del mundo de los elementos;
ha visto o ha intuido la Verdad que oculta la apariencia del Dragón
y ha comprendido; acaricia a la Madre Dormida, a la Materia Inconsciente,
a la Materia Terrible, al Monstruo en la Hondura, con devoción de hijo.
Hijos del Cielo por el cuerpo de la Tierra..., rezan los Vedas. ‑El
Artista ‑prosigue Georgos con el fulgor del taumaturgo en sus
ojos antes de su creación‑ infunde a su material la Idea, una
Idea viva, sabia, poderosa, una Idea capaz de transformar el cuerpo
que la recibe, tal como el alma consciente y antigua transforma al hombre
que la encarna. Piense en las pirámides, las catedrales. Cuando el Artista
construye, su resultado es inevitablemente el Laberinto, el Palacio,
el Templo, moradas del iniciado, del Rey, del Dios, espacios de la búsqueda
y el esfuerzo, la realización, la Manifestación. Cuando es el arquitecto
quien construye, su resultado es una habitación para el reposo y el
alimento, para la cópula y el sueño, para la procreación, la dispersión
de la vida y el encuentro definitivo al final de la calle de la vejez.
Lo que el arquitecto encarna en su materia es una concepción vital que,
en el mejor de los casos, contiene y aisla, protege, apacigua y sostiene.
Pero el Artista encarna en su construcción una Idea trascendente y una
exigencia, un desafío, un peligro y una culminación; sea pirámide, catedral
o castillo, la morada erigida por él es siempre Puerta y Puente y Vehículo
y, aun firmemente clavada en sus cimientos, recorre incesante las sendas
del Tiempo y la Consciencia y el Todo. La creación de un arquitecto
puede poseerla un hombre; quien habite la de un Artista será siempre,
sólo, su guardián. Dos
días hemos dedicado Ignatios y yo a serrar y ensamblar maderos para
una estructura que nos permita adelantar los tres planos del zócalo,
de alturas dispares, a una línea que sane su irregularidad. Georgos,
abajo, en el salón, pinta los paneles que sostendrá esa estructura.
Cuando desciendo para la comida, para una taza de té o un corto descanso,
hallo los paneles, indefectiblemente, cubiertos por un lienzo blanco
manchado de ocre, rojo y azul. Pero bajo éste percibo las palpitaciones
cada vez más inequívocas y constantes de un cuerpo naciente, el poder
aún quieto y silencioso de una secreta simbología. Hoy,
por primera vez en estos cinco días de trabajo, mi acción ha experimentado
verdadera paz y verdadero gozo. A ellos abrazada, descendió hasta mi
persona una pericia inusual: en mis manos, las herramientas se tornaban
rápidas, precisas, intuitivas, alegres, la estructura crecía con vertiginosidad
y perfección, las tablas se ensamblaban en ángulos exactos. Sólo mi
mente, hasta el inicio de este inesperado proceso, podía hablar de la
experiencia de una eficacia semejante, de una calma y un gozo parejos
descendidos desde un mundo superior. Mi trato con la materia era torpe,
impaciente, aséptico, temeroso de contaminación; mi mano llegaba a
ella siempre desde otro mundo, el de la mente, llegaba sin abandonar
su mundo totalmente, para partir de nuevo, cuanto antes, sin demora,
tras su tarea, su servicio, su misión. La paz descendía hoy hasta mi
piel, hasta mis uñas, la mente le abría sus portales y la dejaba pasar,
sumisa, arrobada; las emociones eran la blanda arena, la arena muelle,
suave, en la que se sumerge un río hasta sus ojos. Pero este río de
paz no tornaba a emerger, penetraba hasta la carne, aquedada, hasta
las células, los átomos, fluía hacia el mundo exterior... Y detrás de
esta majestad serena, de paso triunfal y parsimonioso, bajaba un séquito
de gozo, cruzando los mismos umbrales, pero aplayándose en todas las
tierras. Un clavo
atraviesa entonces mi mano derecha. De pronto. Golpeado por el error
de Ignatios, con un martillo que a mis huesos, en un primer instante,
les parece atroz. En mí, el dolor es una ola como un potro que quiere
alzarse con su clamor... pero nada en mi cuerpo la teme, nada la observa,
el viejo hábito de responder a esta agresión con cólera, ofensa y daño
se ha desvanecido: mis nervios, conscientes, hacen su opción entre la
ola furibunda, arrasadora, y la calma compacta y ecuánime... y eligen
el sosiego. La sensación vacila un momento, el ardor se funde en un
calor amable, deriva luego hacia un sereno placer, y aun hacia una dicha
intensa. El clavo deja la huella de un tenue estigma, que tomo por un
signo de iniciación... la iniciación del fuego, la iniciación Ignacia. El
dolor es la apropiación de la ofensa y sus consecuencias ‑el
derecho al consuelo y a la venganza‑ por el ego físico en forma
de sensación. Esta
frase la ha traído el golpe a mi pensar. Mi mente la observa, presiente
que no ha nacido ahora, como cristalización conceptual de la experiencia;
presiente que, más bien, ha presidido oculta la experiencia para revelarse
sólo al final. Mi mente la observa en un flujo de energía concentrada,
sabe que es el producto de una realización interior y ahora quiere hacer
consciente esa realización, remontarse hasta esa conquista y entrar
en posesión de todo su capital. A través de ella, como de una puerta,
llego al sueño que llenó la pasada noche. Estoy
en la tercera de las cámaras, mi recuerdo empieza ahí. Mi recuerdo empieza
con la contemplación aturdida de los códices contra el fondo azul. Los
miro e intuyo que de mí se espera un acto, no sé cuál. Los miro y son
innumerables, inextricables. Pero están ordenados, una Voluntad ha dispuesto
a mi derecha los libros de infantil caligrafía; a mi izquierda, los
de páginas desnudas. La decisión no pasa por mi pensamiento: la mano
blanca del sueño anterior se encarna en mi mano, toma un códice de la
derecha, se diría que al azar... se diría que el azar quiere disfrazar
un secreto propósito. Mis ojos pasean su interior: frases simples, infinitas
en la multiplicación de sí mismas, con la que una mano insabia hubiese
buscado la perfección del trazo... sin lograrlo jamás. Ahora borro una
de esas frases, páginas y páginas de una de esas frases. Cuando desaparece
su último clon, siento que una de las tablas del destino se ha hecho
pedazos: la que impone al cuerpo la mecánica inexorable de sus respuestas
ante el paso de la vida, cansancio y sufrimiento, humillante decadencia,
angor y destrucción. Ahora mi mano elige un volumen de la izquierda,
mi ojo deambula por páginas y páginas de vacío, lo aprehende, como si
de ese vacío tuviera que llegarle la indicación y el saber de lo que
se espera de mí. Por fin mis manos recuerdan haber pintado una pared
y en las aguas y reflejos, la profundidad de la pintura, descubren el
secreto del Trazo Verdadero: con él escriben las frases de un destino
inmortal.
Esta
mañana, la del séptimo día, Georgos me ha ordenado descubrir los paneles
de la cámara de meditación, la Pirámide, tal como la llama. Los paneles
fueron instalados ayer por Georgos e Ignatios, mientras yo limpiaba
el sótano y lo preparaba para su inminente transformación. Devotamente,
he arrancado el papel que los protegió de la pintura con la que los
dos demiurgos dieron al techo piramidal color y luminosidad. Lo he hecho
a obscuras, sin querer ver más que con mis manos en ese primer encuentro
con el Misterio. Después he salido de la cámara, silenciosamente, cerrando
la puerta secreta tras de mí. He pulsado entonces el interruptor, bajo
mi escritorio, y he vuelto a entrar... con sigilo de ladrón. Un tubo
luminoso, delgadísimo, recorre toda la estancia oculto por una pequeña
cornisa dorada sobre los paneles; dos focos iluminan desde el suelo
la cúspide de la pirámide bañando en luz la arena, el azur y el oro
de sus tres planos. Pero al entrar en la sala lo primero que he visto,
o que me ha visto, ha sido el Ojo. Un ojo fiel a su modelo egipcio vigila
desde el medio del zócalo central; a su derecha un buddha sobre un
loto, Cristo exhausto en su cruz; a su izquierda la Nave alquímica,
el Grial, el caballero de la espada. En el zócalo de la derecha, la
Escalera alquímica; Akhenatón y Nefertiti con sus brazos alzados bajo
el almo Sol de manos incontables; el Paradigma de Basilio Valentín.
En el zócalo de la izquierda, el sello templario, el Ankh, la flor
de Lis. Cada símbolo bajo un arco románico, entre pilares de oro, sobre
un fondo de arcilla. Bordeando el zócalo por su línea superior, la cornisa
luminosa y una cenefa que multiplica una estrella de seis puntas y un
círculo. El conjunto lo posee una pátina de antiguo, de intemporal;
la cámara es una pirámide arrancada al Tiempo. Me he sentado en su
centro, bajo la cúspide; los símbolos me han cerrado los ojos, me los
han abierto a otra atmósfera. Su orden es una constelación precisa,
el centro de la estancia cataliza su fuerza, la potencia de su irradiación,
coagula el Destino al que empuja esta poderosa astrología. Me uno
a Georgos e Ignatios en la cocina. Saben que he Visto. Mis ojos, iluminados
aún por el poder de la Visión, confiesan que he Visto. Me siento con
ellos para un trozo de pan, un poco de miel, el té del nuevo día.
‑Hoy
es el séptimo ‑dice Georgos. ‑Sí. ‑Hoy
partimos. Le miro
atónito, sin comprender, o acaso porque empieza a despertar en mí el
pulso de una comprensión más honda, algo que no he querido saber hasta
hoy. ‑Le
dije que más de siete días... ‑Creí
que el sótano... ‑replico. ‑Son
siete días. ‑También
dijo que el trabajo quedaría acabado. ‑O
que lo que quedase... ‑Sí. Habla
de un compromiso humano que debe atender, de esta o de aquella servidumbre;
aduce razones comunes, ordinarias, como si de pronto el Artista quisiera
aplebeyarse, ocultarse tras el artesano o el trabajador. Pero el pulso
de la comprensión se hace potente, un saber que durmió encovado alza
la cabeza en su gruta y nada hacia el alba de la consciencia. Me dice:
"El demiurgo obra seis días, al séptimo descansa; al octavo deja
la Obra inacabada en manos del hombre... herencia de aventura, desafío
y culminación". ‑Sí. Desde
la terraza los veo partir, hacia el Norte. Luego llaman a mis ojos las
Alturas. Nubes de arminio en el cielo, y de rosa y arcilla en el precipicio
de la tarde; el azul lavanda perfuma la luz del aire, y el jardín añilan
los iris, los ojos azuran... cuando cae el crepúsculo, cuando solo
y entero contemplo el caer del crepúsculo.
He vuelto al cuerpo con la consciencia luminosa de un sueño, acaso el definitivo. Entro en la cuarta cámara del subsuelo, la Madre me recibe con su mirada azul, la piedra en el centro es un cubo de oro, un cubo perfecto de Sol. La Madre toma mi cabeza entre sus manos y la ayuda a reposar en su regazo. En un susurro, le oigo decir: Has
erigido la Casa, ahora construye el Día. Y dice: Un
Poder empuja desde detrás de la vida. El verde cubre el gris y las flores
se abren acopadas para recibir el ícor del Sol. Los seres saludan a
la Luz y el Daimón los posee, a unos para la generación exterior, a
otros para la interna regeneración. Hasta la piedra tiembla... Empuja
el dios desde detrás de la vida para nacer a la Vida... dios‑génesis,
Dios‑Primavera. Apoyo
mis manos en la columna azul, acaricio la porción de océano en su tubo
de cristal. El Camino es largo, aventurado... unos objetos esperan en
el sótano, dormidos, un lugar y una hora en el mundo de la manifestación.
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