No me avergüenza confesar que desde
muy temprano en mi vocación literaria caí bajo el
embrujo de Tolkien y que sigo bajo él, especialmente ahora
que Peter Jackson ha convertido la historia en un auténtico
poema cinematográfico. Quien lo haya sufrido, sabrá
que tan poderoso es ese sortilegio como el deseo de emular al mago
creando todo un universo narrativo de valores y aventuras en el
que el ser de carne y hueso quisiera templarse. Yo he escrito mucho
desde la desesperanza, pero mi saga en ciernes El Sacrificio
Peregrino es mi esfuerzo más positiva, obstinada y quizá
ingenuamente idealista. Tolkien es insuperable en su terreno. Pero yo me atreví a pensar que, si en lugar de crear una gran aventura moral, una épica homérico-miltónica, como había hecho Tolkien, utilizaba este género para narrar y dramatizar el emerger de un nuevo nivel de consciencia en el ser humano, una consciencia divina, y si, por otra parte, me fundaba no en las mitologías céltica y germánica, sino en la védica y la semítica, que me resultaban mucho más familiares, el resultado podría no ser desdeñable. Durante gran parte de la década de los ochenta escribí guiones, desarrollé lenguajes y mitemas, y escribí historias que luego destruí. La primeras que conservé llegaron en el 90: “De Ilânu, Que Fue Llamado Amigo de los Hombres” y El Don, a las que siguieron poco después La Hija del Leviatán y Las Tres Montañas y la Fundación de un Imperio. Ninguna de estas narraciones se ha publicado y siguen todas ellas pendientes de revisión. En cambio, El Titán y el Bosque y El Círculo de Koria, que nacieron sobre el magma de todo lo anterior, vieron la luz en la colección “El Silmaril” de Ediciones Apóstrofe. Ambas están lejos del lenguaje épico lírico que me proponía encontrar, pero son un pequeño paso hacia él. |