Espiritualmente, la Biblia me ha parecido
siempre, en el mejor de los casos, un libro insuficiente y, en
el peor, una antología detestable. No veo ahí nada
de la auroral intuición de los Upanishads, ni
del grandioso desafío de los Vedas, ni de la magnífica
visión del Savitri o del Bhagavad Gita;
los malabarismos de la Cábala para arrancarle su sentido
profundo acaso no sean más que eso, malabarismos; y, si
hay allí un sentido auténticamente revelador y espiritualmente
transformador más allá de lo moral, está
todavía por descubrirse.
Pero, cuando pude leer el Antiguo Testamento en hebreo clásico,
durante mis años de universidad, lo que sí constaté
es que posee episodios de gran belleza literaria. El David nació
de mi admiración por la épica davidiana del Libro
de los Reyes; pero, en lugar de escribir una novela histórica
al estilo del David de Carlo Coccioli o de la Betsabé
de Torgny Lindgren, seguí una vía experimentalista:
por una parte, me dediqué a romper y recomponer el lenguaje;
por la otra, tomé al rey David no por figura de la historia,
sino por mito universal y —porque el mito, en lo que tiene
de arquitectura de los arquetipos, es una constelación
de significados muy flexible— hice de ese mito una sonda
para la psique.
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